Señor Director:
Señor Director:
Así se leía en un letrero en una de las oficinas en Disneylandia, Los Ángeles, California. Era el lugar donde uno podía recuperar lo que había extraviado o perdido al recorrer aquellas estupendas instalaciones de recreación creadas por la mente brillante de Walt Disney.
En mis 19 años que pasé en Japón, unas cinco veces dejé olvidadas cosas en aquel país en varios medios de transporte. En todas ellas recuperé cosas, de diferente tamaño y valor, pero fueron todas recuperadas. Lo único que había que hacer era llamar por teléfono a alguna de las terminales de micros o de trenes. Allí se me informaba cómo llegarme para recuperar mis pertenencias con solo presentar mi DNI. A todos aquellos cinco objetos extraviados los recuperé sin problemas.
En 1962, después de mis primeros 11 años de estadía en aquel país, regresé a la Argentina para visitar a mis parientes. En mis recorridos aprovechaba toda ocasión para dar conferencias por los colegios e iglesias. Mi herramienta era un pequeño proyector de diapositivas. En una de esas idas a Buenos Aires, olvidé ese pequeño proyector dentro de un taxi. Lo único que recordaba era la marca del taxi, una Mercedes color azul oscuro. Apenas me di cuenta del hecho volé a una dependencia policial e hice la correspondiente exposición. Cuando terminé mis dichos le pregunté al que me atendió: “En cuánto tiempo, más o menos, podría recuperar mi proyector”. Me respondió, como algo normal: “¿Recuperar? Olvídese”.
Mi reacción fue inmediata: “Antes de hacer mi exposición debiste decirme que la recuperación del proyector en un taxi sería imposible. Así me hubieras ahorrado mi valioso tiempo”. Y agregué: “Vengo de Japón. Allá las cosas son diferentes”, casi le grité.
Pero yo no podía quedar sin mi proyector. Me era necesario para mis charlas. Entonces me dirigí al diario Clarín a poner un aviso que diera cuenta de lo ocurrido. En 3 o 4 días recibí una llamada. Era de la esposa del conductor del taxi que me decía que el proyector estaba en su casa y que podía pasar a retirarlo en cualquier momento.
Era tiempo de Navidad. Con un pan dulce y una botella de sidra en mis manos me presenté en la casa del taxista. Él no estaba. Me atendió su señora. Me hizo pasar. Cuando se dio cuenta de que yo era sacerdote se alegró y me invitó a saludar a su mamá que estaba postrada, muy enferma. La anciana también me saludó con gran alegría. Me la gané cuando con palabras conciliadoras traté de hablarle del amor de Dios y de su gran misericordia. Inclusive, rezamos juntos algunas oraciones.
Se me ocurrió comentarle que la Providencia de Dios había permitido que a mí me pasara lo del extravío del proyector para que ella pudiera tener a su lado a un sacerdote. En aquel momento me acordé de aquel dicho que dice: “Dios escribe derecho sobre renglones torcidos”. Y que nada ocurre sin algún propósito ajeno a nuestras mismas intenciones. A la anciana la traté como si fuera mi propia madre. Le sugerí aceptar ésta su situación animándola a soportar lo que le estaba pasando. Finalmente, le pedí que me tenga en cuenta en ese ofrecimiento a Nuestro Señor. A su hija se la veía agradecida y feliz por mi intervención.
El 7 de enero de 2018 me encontraba en la terminal de micros aquí en Catamarca con el boleto en la mano, una valija mediana, un portafolio y un banner de unos 0,70 cm por 1,80 m. de alto, esperando al micro que me llevaría, primero, a Santiago del Estero; luego a Posadas. Como tenía mucho tiempo de espera aproveché para exhibir el banner al boletero y a otras personas cercanas. Pero, al final, hice otras cosas y me olvidé el precioso banner del circuito de manejo en algún lugar.
En el hall había dos policías de turno. Se me ocurrió preguntar si en la Terminal había algún lugar donde hacer reclamos de cosas extraviadas. Los dos se miraron y me respondieron lapidariamente que en la Terminal no existía un lugar donde hacer ese tipo de reclamo. La actitud de los dos policías era como afirmar que esos hechos, el de los objetos que se extravían, no se dan en una terminal y que, por lo tanto, no sería necesario ninguna oficina que dé respuestas a esa supuesta necesidad.
En Japón, en los colectivos, micros, en los mismos trenes al acercarse a cada estación intermedia se van repitiendo una y otra vez la invitación: “Por favor, no olviden nada en las unidades”. Lo mismo pasa en las líneas aéreas o si uno viaja en barco.
Lamentablemente esa costumbre todavía no existe en la Argentina. Es como si en el país nadie necesitara que le recuerden la posibilidad de algún olvido. Sería muy conveniente implementar tal necesidad para ayudar a tanta gente que, a veces, suele olvidar cosas. Por ejemplo, al extraer plata de un cajero automático. O como me pasó a mí cuando perdí un micro que me llevaría a Posadas, Misiones. Igualmente cuando se utiliza un bastón o un paraguas y sin querer uno se olvida en algún lugar.
También, nos vendría bien que existiera esa oficina en las terminales de micros, en los supermercados, en los hospitales, en las peluquerías, en las parroquias, etc. etc. Esto nos ayudaría a utilizar con mayor frecuencia el “MUCHAS GRACIAS” que se está volviendo cada vez más raro.
Aprovecho la ocasión para dar a conocer a quienes lean esta nota la necesidad de recuperar el banner que extravié en la Terminal de Catamarca. Alguien debe haber visto aquel banner que me resulta de gran importancia en las charlas que con frecuencia suelo hacer sobre cómo evitar todo tipo de siniestro vial. Por si acaso, le doy a conocer mi número de teléfono fijo 0383-4429635 o el celular 0383-154648844 a nombre de Cabrera Wilson. Y, por último, mi sincero agradecimiento a quien me dé una mano.
Juan Servera
DNI 18.784.103