En tiempos donde la grieta parece haberse transformado en una forma permanente de vivir la política, volver a la figura del Beato Fray Mamerto Esquiú no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una necesidad profundamente actual.
Por Guillermo Alejandro Bordón
En tiempos donde la grieta parece haberse transformado en una forma permanente de vivir la política, volver a la figura del Beato Fray Mamerto Esquiú no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una necesidad profundamente actual.
Muchas veces se recuerda a Esquiú únicamente desde su dimensión religiosa. Sin embargo, reducirlo solamente al púlpito sería quitarle una parte esencial de su legado. Porque ser hombre de Dios, para Esquiú, significaba también ser ciudadano de la tierra. Y lo fue plenamente.
Vivió en una Argentina desgarrada por enfrentamientos sangrientos, por guerras entre hermanos, por sectores políticos que parecían incapaces de construir una patria común. Y frente a ese contexto, Esquiú tuvo una claridad admirable: ninguna revolución puede justificarse si necesita derramar sangre. Cuando la violencia se convierte en lenguaje político, ya no hay revolución; hay destrucción.
Por eso su postura fue tan firme como incómoda: “ni unitario ni federal”. No porque despreciara las ideas o la discusión política, sino porque comprendía que cuando una identidad partidaria se vuelve más importante que la nación misma, lo que termina naciendo es la fractura social.
Hoy llamaríamos a eso grieta.
Es probable que en estos tiempos Esquiú volviera a repetir lo mismo: ni de un bando ni de otro cuando los intereses políticos terminan poniendo en riesgo el bien común. Porque su preocupación nunca fue la existencia de pensamientos distintos, sino el odio que transforma las diferencias en enemistad.
Y acaso allí radique una de las enseñanzas más urgentes para nuestro presente. La Argentina no se rompe solamente por las diferencias ideológicas. Se rompe también cuando dejamos de respetar las leyes, cuando la Constitución Nacional se convierte en un discurso vacío y cuando la corrupción deja de ser únicamente un problema de la dirigencia para convertirse también en una práctica cotidiana de la sociedad.
Esquiú entendía que una nación solo puede sostenerse si existe un verdadero anclaje en la ley y en la responsabilidad moral de sus ciudadanos.
Pero hay otra dimensión de su vida igual de necesaria para este tiempo: su humildad.
En una época donde la política muchas veces se alimenta del ego, de la necesidad permanente de reconocimiento y de la construcción narcisista de figuras públicas, Esquiú hacía exactamente lo contrario. Huía de los elogios. Buscaba el silencio. Intentaba esconderse de la vanagloria porque comprendía que quien se cree dueño absoluto de la verdad termina alejándose de Dios y también de los hombres.
Tal vez por eso su figura sigue interpelando tanto.
Porque nos recuerda que la fe no puede vivirse desde la indiferencia frente al país que habitamos. Pero también nos enseña que comprometerse con la realidad no significa alimentar odios ni fanatismos.
Ser hombre de Dios, para Esquiú, era comprometerse con su tiempo, defender la unidad nacional y comprender que ninguna idea vale más que la vida humana.
Quizá allí esté la lección que todavía no terminamos de aprender.