Un reciente informe de una consultora viene a confirmar, con datos, que el deterioro económico está dejando marcas profundas en el tejido emocional de la sociedad. Según ese estudio, elaborado por la consultora Sentimientos Públicos, menos del 20% de la población encuestada cree que el futuro será mejor. Los autores de la investigación no se limitan a constatar el pesimismo, sino que lo vinculan directamente con padecimientos mentales concretos y mensurables.
“El impacto emocional del gobierno de Milei muchas veces se tramita a nivel íntimo –señala la investigación-. Una sociedad más medicada, más endeudada y con esperanzas muy bajas. Depresión, impotencia e indiferencia son los sentimientos preponderantes".
El informe construye también una pirámide de preocupaciones ciudadanas. En el tercer escalón de esa pirámide aparece una frase que debería preocupar a quienes tienen responsabilidades de gobierno: "empecé a tomar medicación para la salud mental".
Son varios los estudios que en los últimos años han relacionado la crisis económica con el deterioro de la salud mental de la población. Son varios los estudios que en los últimos años han relacionado la crisis económica con el deterioro de la salud mental de la población.
Este diagnóstico no es, lamentablemente, una novedad absoluta. Son varios los estudios que en los últimos años han relacionado la crisis económica con el deterioro de la salud mental de la población, que ya venía bastante golpeada como consecuencia de la pandemia de COVID-19. La persistente inflación, la pérdida del poder adquisitivo y la incertidumbre laboral aparecen como los factores que más gravitan sobre el equilibrio emocional de las personas. La imposibilidad de planificar el futuro, de sostener el nivel de vida alcanzado con esfuerzo, de garantizar el bienestar de los hijos, genera un estado de tensión crónica que el organismo no puede sostener indefinidamente sin consecuencias.
Los especialistas en salud mental describen con claridad las principales manifestaciones clínicas de estos procesos: cuadros de ansiedad, depresión y trastornos del sueño encabezan la lista. Pero junto a esas patologías formales, existen otras manifestaciones que, sin requerir un diagnóstico médico, son igualmente evidentes para quien las padece o las observa: la alteración de los vínculos sociales, el repliegue sobre uno mismo, la irritabilidad en las relaciones familiares, la dificultad para sostener lazos de solidaridad y comunidad.
El problema se agrava porque la misma crisis que genera el padecimiento mental erige, al mismo tiempo, las barreras que impiden tratarlo. Los costos de la medicación psiquiátrica han trepado a niveles que los sectores medios y populares difícilmente pueden afrontar. Las obras sociales y prepagas, con coberturas frecuentemente insuficientes, no logran dar respuesta adecuada a una demanda que crece mes a mes. Y el sistema público de salud, históricamente subfinanciado, se encuentra saturado ante el aumento exponencial de las consultas. Quienes más necesitan ayuda son, con frecuencia, quienes menos posibilidades tienen de acceder a ella.
Más allá de las respuestas sanitarias específicas, la evidencia acumulada señala que sin un cambio de rumbo en la política económica, el padecimiento de los argentinos no encontrará alivio genuino.