Cánticos para nombrarte, de Salvador Chaila (Tucumán)
Hilda Angélica García
Porque todo pasa, pero no el tiempo de haber amado, de seguir amando todavía, hasta ese aliento último, esa postrer palabra cercana y terrible -como dijera Aragón- estos cánticos de Salvador Chaila nos llegan desde la soledad atravesando las estaciones de la piel, de la memoria y del olvido, para encender “brasas de eternidad”:
dice, y el dolor se adentra en la palabra para recorrer los silencios, la hondura de la sed, las sonoras sombras que golpean un sueño enajenado, herido.
El poeta ha encendido las “Cigarras de la nostalgia” para cantar al amor y en esa música descubre los registros de sus desnudeces de cuerpo y alma.
De su mano -o mejor, de su voz- entramos a una historia suspendida en el tiempo, fiesta para los sentidos, misterio para el corazón. Hermosa gradación de sombras, esta poesía es un sostenido salmo de fuerte sensualidad. Imágenes y metáforas nos sumergen en un mar de sensaciones contrarias que revelan los estadios del alma del poeta:
“Nos tiene amanecidos
el galope ritual de los demonios
el Paraíso
habitado por un ángel pequeño…”
El fuego nos transporta por “los caminos de la sangre”, a “molinos sedientos”, a la “seca canción de las chicharras”. Esta poesía despierta los sentidos, miradas, dedos, labios y en la palabra quedan fundidos, estremecidos, resucitados, los cuerpos.
Desde el comienzo al final Salvador Chaila marca un itinerario de fina sensualidad y un lirismo denso, profundo, conduciéndonos por las gradas de un escenario ascendente, rico. Escenario con un solo personaje: el autor-protagonista.
Él, siempre él: él sufrido, él amante, él desnudo. Un yo lírico con un interlocutor absorto: el recuerdo. Y en él la evocación de la amada. Ella, paradojalmente la innombrada, pasajera de un olvido que no es de nadie, “sombra errante”, “senos derramados sobre el mundo”, “herida que no cierra”. Ella, la nombrada sin voz, llegada desde la soledad y los suspiros, desde los besos dispersos ya en el tiempo, desde el vuelo del sueño entre los pájaros. Innominada, ausente, “prendida en un cielo cerrado/ que llora lejanías”… Ella como letanía en estos versos compuestos solo para nombrarla, hecha de amor y desamor, de claridad y de ausencia.
Desde el principio, el poeta se consume en el fuego de la pasión idealizada por el tiempo. Un escenario de oscuridad va abriéndose a la luz merced a la incursión en el cuerpo amado, “por un vientre despoblado de flores”, por la sangre, por los labios deshabitados. Los elementos naturales potencian, ausentes de un simbolismo inmediato, el erotismo original. El tiempo marcará el ocaso de la experiencia, el paso a una geografía transparente de recuerdos.
El aire, el agua, la tierra, el fuego, se instalan en la sangre de la vivencia. El poeta ha quedado devastado frente a ese mar de soledades, rememorando el momento y el suceso amoroso, a la vez que entregado a la contemplación. Pasaje dual y externo, asentado en la temporalidad del entonces y el ahora. Dice:
“Me deshago en el agua de los ríos
de la sangre
y vuelco mi soledad
en los oscuros mares
del silencio”
Salvador Chaila en este Libro ha pasado a mirarse en la memoria poética, haciendo brotar los sueños para asir una piel que se escapa en el tiempo- Resurrección de amor en la palabra.