Contando el día de hoy, la tarde fría y gris de este otoño catamarqueño en la que escribo esta columna, llevo unos 16.000 días esquivando exitosamente rayos. El mérito de esta racha puede objetarse por el hecho de que muchos de ellos –la mayoría, tal vez- cayeron lejos de mí, pero una elusión por amplio margen es, si se quiere, todavía más exitosa que una ajustada.
Pero, así como yo me encuentro en un extremo de la escala, existe gente que no ha sido tan exitosa en la materia y ha tenido la desgracia de fallecer a causa de la caída de un rayo. Y al seguir por ese derrotero encontramos que algunas personas han tenido incluso la mala fortuna de ser alcanzados por más de uno en sus vidas, y llegamos así a la verdadera razón por la que quería hablar de rayos, y esa razón tiene nombre y apellido: Roy Sullivan.
El señor Sullivan tiene la plusmarca mundial en lo que a recibir rayos se refiere. A lo largo de su vida le cayeron siete, sobreviviendo a todos ellos. Esta circunstancia fue certificada por el libro Guinnes, pero a pesar de la intachable fama de semejante entidad, me permito dudar, pues vaya uno a saber cómo se acreditó este número ¿Acaso Sullivan se manejaba en la vida diaria con un escribano público a su lado, que labraba un acta cada vez que era alcanzado por una descarga celestial? Está claro que no, por lo cual es inevitable la sospecha de que el tipo pudo haber sufrido electrocuciones de andar por casa no más, como cualquier hijo de vecino, y haberlas hecho pasar por el épico golpe de un rayo. Sullivan abría la heladera descalzo, por ejemplo, y a los paramédicos les decía que le había pegado un rayo. Quería solucionar un cortocircuito y tocaba un cable pelado, rayo. Le fallaba el disyuntor, rayo. Es un tema que me preocupa, pues si en algo valoro la rigurosidad es en lo atinente al registro de caída de rayos.
No cabe duda además de que la mala suerte de este hombre era doble, dado que no solo era alcanzado por un rayo, sino que no adquiría poderes extraordinarios como fruto de ello. Una sola araña picó a Peter Parker y le cambió la vida, a Bruce Banner lo alcanzó radiación una sola vez y ya nadie lo hace enojar. A Sullivan, en cambio, le cayeron siete rayos y no existe registro de que haya adquirido súper poderes a partir de ello.
Por otra parte, qué amarga lección le reservaba la vida a Sullivan. Murió por su propia mano, se disparó a causa de un desengaño amoroso. Vale decir entonces que cuando Cortázar decía aquello de que el amor era como un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado se quedaba corto, muy corto. El amor es mucho peor que un rayo, como lo demuestra la triste historia de Roy Sullivan.