El frío de esta mañana de mayo en el valle no pide permiso; se cuela por las costuras del poncho y te obliga a apretar el jarro de café con las dos manos. Aquí arriba, sentada sobre una piedra laja frente al viejo rancho de mis abuelos, el silencio no es vacío. Es un silencio lleno de voces. Si uno cierra los ojos, todavía se oye el crujir de las alpargatas sobre la tierra seca y el murmullo de los viejos que ya se hicieron cerro.
“Andá, buscá el arca y el poleo, pero pediles permiso antes de arrancarlos, no seás arisca con la planta”, parece que todavía me dice la abuela al oído.
Mientras apuro mis pasos de niña a buscar la medicina, pregunto si hoy nuevamente celebramos a la Cruz Pastrana, mi bisabuela en el cerro, claro hoy es el día de Santa Cruz, me respondo.
De repente...
¿Se acuerdan cómo era la cosa con el almanaque? dice el Tata mientras ataba unos cueros.
Antes no había "elección" de nombre. Si caías un día, ese santo te elegía a vos. Era un contrato sellado con el destino.
Mi bisabuela la Cruz Pastrana llegó un 3 de mayo, con el primer frío fuerte, y no hubo vuelta que darle: Santa Cruz.
Pero en estos valles, la fe del calendario chocaba con la realidad de las distancias. El Registro Civil quedaba lejos, cruzando ríos que a veces venían crecidos o sendas que el invierno cerraba. Podía pasar un año entero antes de que alguien bajara al pueblo.
“Aprovechá que don Nieva baja con la tropa de mulas y decile que me la anote a la guagua”, decía la madre. Y don Nieva, entre el trago de la despedida y el polvo del camino, llegaba al pueblo y decía cualquier fecha.
Por eso somos gente de dos cumpleaños. Festejábamos el "día de la verdad", cuando la vida rompió el aire en el rancho, y el "día del papel", que era cuando el Estado se enteraba de que existíamos.
El Tata se reía: "Cumplo dos veces porque una sola vida no me alcanza para tanto cerro Mija".
Recuerdo especialmente a la Cruz Pastrana, una mujer con la piel color de la arcilla y ojos que parecían ver a través de las piedras. Ella nació un 3 de mayo, y su vida fue el reflejo de ese sincretismo que nos habita: la cruz de Cristo y la fuerza del Apu.
El rito empezaba el día anterior. Salíamos a la "mulla" sentir el monte" o "buscar la vida", pero no era un paseo; era una búsqueda sagrada.
Bajábamos a las quebradas y subíamos a los filos recolectando la medicina que el cerro nos prestaba.
“No todo es para la ofrenda, hija. Hay que saber separar lo que va al fuego de lo que va al alma”, decía mi abuela mientras sus manos, nudosas como raíces de algarrobo, iban trenzando las ramas.
Al llegar a la cima del Apu destinado, el viento de mayo nos azotaba la cara con un rigor que purificaba. Allí armábamos la Cruz Medicina. Era una cruz ancha, robusta, hecha de yuyos frescos que perfumaban el aire frío. Era la misma cruz que protegía nuestro rancho, pero ésta, la de la montaña, era un libro abierto.
Mientras los demás bajaban entre risas y promesas de empanadas, mi abuela se quedaba allá arriba. Se sentaba en el suelo, me hacía señas para que me acercara y señalaba los cuatro puntos de esa cruz de hierbas.
Mirá bien, esto no es solo un adorno de santo, me decía con voz baja, casi en secreto. El Tata te dice que la cruz marca cuándo sembrar el maíz y cuándo guardar la cosecha según las estrellas, y no miente. Pero yo te digo que esta cruz es tu propio mapa.
Tocaba un brazo de la cruz: "Esto es el arriba, el espíritu". Tocaba el otro: "Esto es la tierra, lo que pisamos". Y luego, señalando el centro donde se cruzaban las ramas, me explicaba la Chakana.
Aquí está tu cuerpo, tus ciclos. Hay tiempos de recogerse como la raíz en invierno y tiempos de florecer. Si te duele el pecho, aquí tenés la medicina; si te duele la memoria, aquí tenés el humo de estos yuyos. Ella no veía la cruz como un símbolo de sacrificio, sino de equilibrio.
Me enseñaba qué hierba servía para limpiar la sangre y cuál para aclarar los pensamientos, siguiendo siempre los ritmos de la luna que ella leía en el brillo de las piedras....
Hoy regreso, aquí arriba, con los dedos entumecidos por el frío de mayo pero el corazón encendido, miro el viejo rancho. Las paredes de adobe se están volviendo monte de nuevo, pero la enseñanza de la Cruz Medicina está más firme que nunca en mis manos. Tengo los yuyos conmigo, siento el aroma de la medicina ancestral y sé que, aunque el tiempo pase, este valle no olvida a quienes saben escucharlo.
Escribo esto para ustedes, para que cuando vean una cruz en un techo o en una cima, no vean solo madera. Vean un ciclo, vean una farmacia natural, vean la historia de una gente que nació dos veces y que nunca terminó de bajar del cerro.
¿Ustedes también sienten ese perfume a poleo cuando el viento de mayo sopla del lado de la memoria? ¿Les contaron alguna vez que la salud no está en un frasco, sino en el tiempo justo de recoger la rama?