Etimológicamente, el vocablo música, deriva de la expresión latina "Ars musica" y ésta del griego, y significa "el arte de las musas".
Por Jorge F. Chayep
Etimológicamente, el vocablo música, deriva de la expresión latina "Ars musica" y ésta del griego, y significa "el arte de las musas".
La música acompaña al hombre desde los inicios de la civilización, porque fue, junto con la pintura, la primera forma que conoció de expresión y de comunicación en todos sus momentos, sean de alegría, de tristeza, de euforia o de desolación. En sus logros, en su diversión o en su melancolía, en la vida. Y en la muerte lo despide, con las fantásticas Misas de Réquiem y Oratorios.
¿Y qué tiene que ver Borges con la música?
Aunque Borges nunca mostró un gran interés en encontrar inspiración o establecer conexiones formales entre su literatura y la música, compuso algunos poemas con ritmo de milonga, luego reunidos en un pequeño libro titulado “Para las seis cuerdas”, y su obra fue un imán para grandes músicos. Estos artistas decidieron musicalizar sus poemas, hacerlos canciones y cantarlos, creando un repertorio que continúa vigente.
Esa música es un rumor de pasos sobre baldosas húmedas; un cuchillo que brilla en la penumbra bajo la luz mortecina de un farol, que titila como si dudara del trágico destino. Es el tango, que proyecta la sombra inconfundible del bardo.
Borges caminó los arrabales como recorriendo infinitas bibliotecas. Cada esquina era un volumen encuadernado en barro; cada compadrito una cita al pie del coraje. Pero no quiso el tango sentimental de la lágrima fácil; prefirió el primitivo, el de los orígenes: el orillero que huele a conventillo, a silencioso duelo de cuchillos. En sus palabras el tango no es lamento sino destino. Una coreografía de épica valentía. Y entonces la milonga se vuelve metafísica: dos cuerpos que giran como símbolos; el tiempo que se bifurca entre el abrazo y la pérdida. Quizás por eso sus versos lo despojaron de todo sentimentalismo y lo devolvieron a su origen de esquina y luna, donde la música era casi un silencio tensado por el acero de las dagas criollas.
No dudó en criticar a Carlos Gardel, nueve años mayor que él, imputándolo de convertir al tango en un cantar “quejoso y llorón”.
La milonga y el tango, con preferencia de la primera, son el lugar de encuentro y convivencia de esos personajes orilleros y marginales tan entrañables para el escritor. Borges fue el primero en sostener, desde las páginas de la revista Martín Fierro en los años 20, que “el tango es la realización argentina más divulgada, la que con insolencia ha prodigado el nombre argentino sobre el haz de la tierra”.
En todos los casos, lo que se vuelve canción no es solo un poema: es una visión del tango. Borges no escribió letras sentimentales al modo clásico; escribió mitologías breves del coraje, elegías del compadrito, meditaciones sobre el destino, con un pulso secreto de guitarras y sombras. Cuando esos versos se hicieron música, el tango se volvió todavía más consciente de su origen.
Diversos famosos artistas han contribuido a la musicalización de los versos de Borges.
El nombre que primero aparece es el de Astor Piazzolla. Algunas de las composiciones memorables incluyen “Milonga de Jacinto Chiclana”, “A Don Nicanor Paredes”, “El títere”, “Alguien le dice al tango”, etc.
Carlos Guastavino musicalizó “Milonga de dos hermanos”
José Basso “Milonga de Albornoz”
Juan “Tata” Cedrón “Fundación mítica de Buenos Aires”
Aníbal Troilo la “Milonga de Manuel Flores”. “Pichuco” respetó el tono narrativo del poema, esa épica mínima del hombre que elige su destino con sobria dignidad. La versión cantada (por Rivero, en una interpretación memorable) conserva el aire fatal que Borges imprimió al texto.
El guitarrista y compositor Roberto Grela musicalizó sus poemas devolviéndolos a la intimidad de la guitarra criolla, más cercana al espíritu que Borges asociaba con la milonga primitiva.
La relación entre Borges y Astor Piazzolla fue compleja y fascinante. Aunque ambos eran figuras icónicas en sus respectivos campos, su colaboración no estuvo exenta de tensiones y desencuentros, porque Borges tenía una visión conservadora del tango y Piazzolla, como sabemos, era un genio innovador de vanguardia.
En 1965, Piazzolla y Borges, por iniciativa del primero, se unieron para crear un álbum titulado “El tango”, aunque, como dijimos, Borges desconfiaba del “nuevo tango” de Piazzolla, más moderno y audaz que el compás tradicional que él prefería. Este disco fue una fusión única, fantástica. Y hoy es una joya de inapreciable valor.
El álbum “El tango” fue un encuentro entre dos genios creativos y un testimonio de la riqueza cultural y artística de Argentina.
Felizmente se encuentra en las plataformas de streaming, para quien se quiera deleitar escuchándolo. La versión de Piazzolla con Edmundo Rivero de la “Milonga para Jacinto Chiclana” es memorable, de antología.
Varios otros cantantes han interpretado estas creaciones, entre ellos Jairo, Carlos Varela y el propio Cedrón.
Carlos Varela fue un músico cubano apasionado que encontró inspiración en los textos de Borges y también logró fusionar la poesía con la música de una manera emotiva y auténtica con el estilo característico de nueva trova cubana, en un álbum titulado “Cantando a Borges 100 Años”. Por esta obra, recibió un premio del Consejo Argentino de la Música y fue declarado de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura de la Nación.
El cantautor Jairo también se sumó a la lista de artistas que musicalizaron los poemas de Borges. Su maravillosa voz y personal interpretación inmortalizada en su CD “Borges y Piazzolla”, añadieron una dimensión diferente a la poesía del vate.
Aunque su relación con el resto de la música no fue tan prominente como con el tango y la milonga, Borges exploró temas relacionados con la música clásica y sus cultores notables.
En su poema titulado “A Johannes Brahms” (del libro “La moneda de hierro”) rinde homenaje a la figura del músico. A través de su lírica, explora la grandeza y la influencia de este compositor en la tradición musical universal.
Además de Brahms, Borges hizo referencia a Ludwig van Beethoven en varios de sus escritos en los que reflexiona sobre la sordera del compositor y su capacidad para crear música sublime a pesar de su discapacidad.
Otro compositor al que Borges admira y aparece en algunos de sus ensayos y cuentos es Richard Wagner. Le fascinaba la ambición de su música, su capacidad de crear universos míticos como el del “Anillo de los Nibelungos” y su intento de integrar poesía, música y drama en forma de arte total. Pero desconfiaba de su nacionalismo exacerbado y su antisemitismo. Decía: “Wagner es una especie de hechicero y uno se deja arrastrar por él, pero su música exige una fe que no estoy dispuesto a concederle.”
Como vemos, la música y la poesía de Borges se entrelazan en un diálogo que sigue resonando en la cultura argentina y universal.