Plus médico: la chancha, los veinte y la choricera
Ilegal. El "plus" y sus sucedáneos son prácticas ilícitas. El paciente paga por las prestaciones a la obra social.
La crítica sobre el cobro a los pacientes de montos adicionales a los de las órdenes expedidas por las obras sociales publicada en la edición de ayer no cayó demasiado bien en la corporación médica. Tal efecto anímico era obvio, de modo que la referencia al tema no pretendía lograr la simpatía de tan prestigioso gremio, al que no por cuestionarle prácticas ilícitas de una gran parte de sus integrantes ha de retaceársele el reconocimiento por papel indispensable que desempeña en la sociedad.
Vale la pena detenerse en uno de los argumentos en apariencia más razonables que se esgrimen para justificar la exigencia de abonar un “plus” por la atención y otro más por adelantar turnos, denominado provisoriamente “sobreplus”.
Nadie puede negar que el tiempo y la competencia de los médicos son tan valiosos como los de cualquier otro profesional, trabajador o espécimen humano en general. Tampoco, que les asiste el derecho de cobrar y hacer con ambas cosas lo que les venga en gana.
Lo que se objeta no es tal derecho, sino que cobren de más. El paciente ya pagó lo que corresponde por la prestación al abonar la orden y, eventualmente, el coseguro impuesto por las obras sociales.
Los contratos que los médicos tienen con las obras sociales los inhabilitan para cobrar adicionales, del mismo modo que el vínculo de los afiliados con ellas les da el derecho de acceder al servicio de salud con los profesionales y nosocomios de la cartilla sin tener que pagar montos extra.
En tal marco, “plus” y “sobreplus” configuran un fraude. Que los pacientes no lo denuncien, las obras sociales no los combatan y se hayan naturalizado, es otra milonga.
Si atendieran sin obra social, los médicos podrían cobrar lo que quisieran y administrar los turnos a su antojo. Si atendieran sin obra social, los médicos podrían cobrar lo que quisieran y administrar los turnos a su antojo.
Los médicos y profesionales de la salud disponen de un recurso muy sencillo para administrar sin restricciones sus tiempos y aptitudes profesionales: ofrecer sus servicios sin la cobertura de la obra social.
Esta audacia no solo les permitiría cobrar lo que estiman que sus servicios valen y asignar turnos como mejor les acomode, sino también escapar tanto de las proverbiales demoras en los pagos de las obras sociales, como de las angustias por el no menos proverbial retraso en los valores de las prestaciones.
Sus ingresos pasarían a depender en gran medida del prestigio que consigan granjearse, cosa que, si uno ha de llevarse por el nivel de indignación de algunos amores propios ofendidos por las críticas a los “plus”, a la mayoría no debería costarles demasiado. Lógicamente, esta decisión supondría renunciar a la tajada chica, mediana o grande que cada cual se lleva más tarde o más temprano del multimillonario presupuesto de la OSEP y otras obras sociales y prepagas. O sea, renunciar a la chancha y los veinte que tienen ahora: la chancha con la obra social, los veinte con el “plus” y hay que agregar la máquina de hacer chorizos armada con el “sobreplus” y otros rebusques.
Lo dicho no significa desconocer las complejidades del sistema de salud. Nada es tan sencillo, mucho menos en esta extendida temporada de crisis y caída de los ingresos reales.
Sin embargo el “plus” y sus sucedáneos, que comenzaron justificándose como una suerte de compensación por las pérdidas financieras devenidas de la mora en los pagos de las obras sociales, se han afianzado como un negocio abusivo que no por tolerado deja de ser ilícito, con un añadido: los ingresos provenientes de tales prácticas no se traducen en una mejora de las condiciones de atención a los pacientes, como cualquiera puede advertir con sólo hacer una recorrida por los nosocomios.
Si médicos y sanatorios no tuvieran el seguro ingreso de las obras sociales, tal vez se preocuparían más por procurar mínimas comodidades a sus clientes.