miércoles 29 de abril de 2026
Evocaciones

La hija del viento blanco

Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo

Dicen que el viento blanco no solo trae frío en este tiempo; a veces, trae voces desde la montaña. En Santa María, ser nieta de ese viento es comprender que la vida no se explica, se siente en el pulso de la sangre y en el respeto por lo que respira bajo la tierra. Trae voces de medicina en el Valle Calchaquí, sí, esa medicina que no es un rastro arqueológico ni un papel amarillento en un archivo; es una memoria ancestral que respira viva, una raíz que sigue empujando la tierra.

En el Valle, el pasado no se fue: se quedó sentado a la mesa, en el vapor de un té de burrito, de arcayuyo o en el secreto de unas manos que saben dónde duele el alma. Porque aquí, ¿quién no ha llevado a un niño a curar del susto o la paletilla? ¿Quién no ha buscado el refugio de una mujer sabia cuando la ciencia calla y la fe responde?

Yo crecí, como otras, en ese mundo de silencios profundos y saberes antiguos. Mi abuela, de trenzas largas y piel color vasija, era el eje de la casa y del monte. Tenía el don de la sanación hasta en las cosas mínimas: "curaba" las ollas, los pucos y los yuros de barro con la paciencia de quien bautiza un hijo. Usaba grasa de pella, penca de tuna y un ruego que guardaba entre los labios, sellando los poros de la arcilla para que el fuego no la quebrara.

Detrás de la puerta de entrada, siempre montaba guardia una cruz de chachacoma o de ruda para atajar el mal de ojo. Y cuando los changuitos caían con empacho, ella sacaba su pomada de sebo de vaca o aceite de iguana para sobar la espalda con un ritmo que parecía una plegaria. Si el llanto era mucho y la calma no llegaba, pasaba un huevo de gallina casera con suavidad, limpiando el cuerpo, absorbiendo el "mal de ojo" hasta que el niño quedaba liviano como una pluma de cóndor.

Cuando la vida pedía paso en medio de la noche, la abuela se volvía gigante. Montaba su caballo y salía al galope por el arenal, desafiando el viento blanco para auxiliar a una mujer en trabajo de parto. Allí, en la penumbra del rancho de adobe, ella traía la vida de donde parecía no haber nada.

Sobaba, manteaba y acomodaba el vientre con una precisión sagrada. Usaba un poncho de lana de oveja extendido hacia los cuatro puntos cardinales, conectando el nacimiento con la fuerza de la tierra. Al nacer el niño, lo recibía con el calor de las mantas tejidas en telar, cuidando la mollera como un tesoro y anudando en su muñeca izquierda el hilo de lana roja, mientras bajo el catre abría unas tijeras de hierro en cruz para cortar cualquier sombra o dolor.

"Cuando llore el chiquillo, corran a arrullarlo", decía con voz de mando, "porque las cosas malas deambulan y se alborotan con el llanto". Ella sabía que la vida es frágil; por eso, con respeto infinito, enterraba la placenta en un rincón del patio o bajo un algarrobo, devolviendo a la Pachamama lo que le pertenecía, cerrando el círculo perfecto.

Su sabiduría también estaba en el sabor y en la pureza. Ponía una pizca de ceniza o lejía a los choclos para que el mote saliera tierno; lavaba las servilletas de tela con el agua de la vertiente para que olieran a cerro.

Recuerdo sus historias de las caminatas al Río Santa María, donde las lavanderas se juntaban me decía, en una sinfonía de agua y piedra. Allí, con jabón de campo y mucha fuerza en los brazos, fregaban en las piedras del río hasta dejar los pañales y los manteles más blancos que la nieve, en tiempos de Mozoimano.

Su cocina era un templo de hollín y algarroba, techada con caña y barro. Allí tostaba el grano para el café de higo y palmeaba las tortillas al rescoldo con una maestría única, cuidando que la masa no estuviera ni pesada ni cruda.

Cuando el barro se rompía, esos pucos que tanto amaba, no había desperdicio: los pedazos de cerámica, los tiestos, servían para emparejar el piso o para que los nietos jugáramos a la herencia o la rayuela.

Cada mañana, la abuela se trenzaba el cabello con una cinta oscura, se anudaba el delantal de flores y se cubría con el rebozo o el chal, lista para enfrentar el mundo. Era una mujer previsora. En su pequeña alforja de lana guardaba la farmacia del monte: manojos de ruda, muña-muña, arca y piche; cedrón, tabaquillo y ajenjo. Atados con un tiento, cada ramo era una promesa de alivio.

Hoy, en éste Santa María que sigue desafiando al tiempo, ese relato no se ha detenido. Las que heredamos su nombre y su oficio, las que somos hijas del telar y la montaña, seguimos sintiendo el pulso de sus manos en las nuestras. Somos las herederas de esas Mujeres Sabías que no necesitaba títulos porque tenían la autoridad de la naturaleza.

La historia sigue viva en cada fibra de chala que trenzamos, en cada hierba que hervimos y en cada niño que arrullamos al caer la tarde, sabiendo que la abuela, desde algún rincón del valle, sigue cuidando que el hilo de nuestra memoria no se corte jamás.

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