sábado 13 de junio de 2026
Editorial

Desnaturalizar el flagelo

El trabajo infantil constituye una de las expresiones más dolorosas de la desigualdad social. Por ello, el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, que se conmemora cada 12 de junio por iniciativa de la Organización Internacional del Trabajo desde 2002, es una oportunidad para renovar compromisos concretos.

La Argentina ha desarrollado en las últimas décadas un importante marco normativo destinado a proteger a la niñez y a erradicar el trabajo infantil. Sin embargo, la persistencia de elevados niveles de pobreza, la expansión de la informalidad laboral y las dificultades económicas de numerosos hogares mantienen vigente un fenómeno que vulnera derechos fundamentales.

El trabajo infantil no siempre adopta las formas más visibles de explotación. Muchas veces se esconde detrás de actividades que la sociedad termina naturalizando, como la venta ambulante en los semáforos, la limpieza de parabrisas, las tareas agrícolas estacionales o el cuidado permanente de hermanos menores que obliga a niñas y adolescentes a abandonar o relegar su educación. Esa normalización constituye uno de los principales obstáculos para combatir el problema, porque convierte una violación de derechos en una supuesta estrategia de supervivencia.

El trabajo infantil no siempre adopta las formas más visibles de explotación. Muchas veces se esconde detrás de actividades que la sociedad termina naturalizando. El trabajo infantil no siempre adopta las formas más visibles de explotación. Muchas veces se esconde detrás de actividades que la sociedad termina naturalizando.

La realidad de Catamarca ofrece un ejemplo elocuente. Diversos relevamientos estiman que alrededor del 10% de los niños de entre 5 y 15 años participa en alguna actividad productiva, proporción que aumenta significativamente en zonas rurales y periurbanas. En el Gran Catamarca, los casos aparecen asociados al sector informal, con menores que realizan ventas callejeras o tareas ocasionales durante eventos multitudinarios, como la Fiesta del Poncho. En el interior provincial, en cambio, la incorporación de niños y adolescentes a labores agrícolas o ganaderas familiares suele presentarse como una práctica culturalmente aceptada, aunque ello no elimina su carácter de trabajo infantil ni sus consecuencias sobre la escolaridad y el desarrollo integral.

Debe reconocerse el esfuerzo realizado por organismos como la COPRETI y por distintas instituciones que desarrollan campañas de sensibilización, inspecciones y programas en establecimientos educativos rurales. No obstante, esos esfuerzos resultan insuficientes cuando no están acompañados por políticas sociales sostenidas, sistemas de protección eficaces y oportunidades laborales dignas para los adultos responsables del hogar.

Existe una relación directa entre pobreza y trabajo infantil, pero sería un error concluir que el fenómeno desaparecerá automáticamente con una mejora económica. También intervienen factores culturales, educativos e institucionales que requieren políticas activas de largo plazo.

Por ello, la Argentina necesita reforzar una política integral de prevención y erradicación del trabajo infantil. Ello implica fortalecer los mecanismos de inspección, ampliar la articulación entre los sistemas educativo y de protección social, brindar acompañamiento económico a las familias vulnerables y desarrollar campañas permanentes destinadas a desnaturalizar prácticas que aún son toleradas en numerosos ámbitos.

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