Cada procedimiento en el que las fuerzas de seguridad secuestran estupefacientes en tránsito por territorio catamarqueño constituye, sin dudas, una noticia positiva. Las incautaciones realizadas sobre la Ruta Nacional 38 y otros corredores estratégicos impiden que importantes cantidades de droga lleguen a sus destinos. Sin embargo, sería un error confundir esos éxitos operativos con una estrategia integral y eficaz contra el narcotráfico.
La reiteración de estos procedimientos revela una paradoja evidente. Si la mayor parte de los controles se realiza de manera aleatoria o a partir de información circunstancial, resulta razonable suponer que por cada cargamento detectado existen muchos otros que continúan viaje siguiendo los itinerarios cuidadosamente diseñados por las organizaciones criminales. Los decomisos permiten exhibir resultados concretos, pero difícilmente reflejan la verdadera dimensión del fenómeno.
El narcotráfico opera con una lógica empresarial. Para estas estructuras, la eventual captura de un vehículo o de un transportista constituye muchas veces un costo asumido dentro de un negocio de enorme rentabilidad. La organización permanece intacta mientras conserve su capacidad financiera, logística y de reemplazar rápidamente a quienes cumplen funciones secundarias.
Celebrar cada operativo antidrogas es legítimo. Pero también lo es reconocer que esos procedimientos representan apenas una parte de una batalla mucho más amplia. Celebrar cada operativo antidrogas es legítimo. Pero también lo es reconocer que esos procedimientos representan apenas una parte de una batalla mucho más amplia.
Por ello, la lucha contra este delito no puede agotarse en los puestos de control ni en la persecución de quienes trasladan la droga o la comercializan al menudeo en las ciudades. Esos eslabones son, en la mayoría de los casos, los más visibles y también los más fácilmente reemplazables.
Este problema, además, no es exclusivo de Catamarca. Se trata de una dificultad que atraviesa a buena parte de la Argentina y de América Latina. Las estadísticas suelen exhibir un elevado número de procedimientos y detenciones, pero con mucha menor frecuencia logran desarticular las organizaciones que coordinan el negocio o alcanzar judicialmente a sus máximos responsables.
Una política verdaderamente efectiva exige avanzar en investigaciones de largo aliento, apoyadas en inteligencia criminal, análisis patrimonial y cooperación entre distintas jurisdicciones. El objetivo no debe ser únicamente interceptar cargamentos, sino comprender cómo funcionan las organizaciones, identificar sus circuitos financieros, establecer sus vínculos con otras bandas y descubrir las relaciones que eventualmente mantienen con sectores del mundo empresario, operadores económicos o ámbitos de la política. Allí reside el verdadero núcleo de poder del narcotráfico.
Los grandes golpes contra estas redes no suelen producirse por azar en un control rutero, sino como resultado de investigaciones complejas que permiten reconstruir toda la cadena de responsabilidades. Cuando ello ocurre, el daño infligido a la organización es mucho mayor que el simple decomiso de una carga.
Celebrar cada operativo exitoso es legítimo y necesario. Pero también lo es reconocer que esos procedimientos representan apenas una parte de una batalla mucho más amplia. Mientras el Estado continúe concentrando sus mayores esfuerzos en capturar a quienes ocupan los escalones inferiores de la estructura criminal, las organizaciones conservarán intacta su capacidad para regenerarse.