martes 5 de mayo de 2026
Opinión

El trabajo, ¿dignifica?

Por Guillermo Alejandro Bordón

Decir que “el trabajo dignifica” se ha vuelto casi un lugar común. Se repite con facilidad, como una verdad indiscutida. Sin embargo, basta mirar la realidad para advertir que la afirmación, tal como suele formularse, es al menos incompleta.

Desde una perspectiva bíblica, el trabajo posee una raíz profundamente noble. El ser humano es llamado desde el origen a “cultivar y cuidar” la creación. No se trata de una carga impuesta, sino de una vocación: participar en la obra creadora, transformar la realidad, hacerla habitable. En ese sentido, el trabajo expresa algo esencial del ser humano: su capacidad de construir, de responsabilizarse, de dar continuidad a la vida. También tiene un valor existencial concreto: el pan que llega a la mesa como fruto del propio esfuerzo no es solo alimento, sino signo de dignidad, de autonomía y de sentido.

Pero esa no es toda la historia.

Cuando el trabajo se desarrolla en condiciones injustas —cuando hay explotación, precariedad, salarios insuficientes o ausencia de reconocimiento— deja de ser un camino de realización para convertirse en una experiencia de desgaste y, muchas veces, de humillación. En esos contextos, repetir que “el trabajo dignifica” no solo resulta ingenuo, sino que puede volverse una forma de encubrir situaciones que atentan contra la persona.

El problema, entonces, no es el trabajo en sí mismo, sino las condiciones en que se realiza. La dignidad no proviene del trabajo como tal, sino de la persona que trabaja. Y es precisamente por eso que toda organización laboral debería estar al servicio de esa dignidad, y no al revés.

Tal vez haya que animarse a reformular aquella frase tan instalada. No todo trabajo dignifica. Dignifica el trabajo que reconoce al otro como persona, que respeta sus derechos, que permite crecer, que no reduce al ser humano a una pieza más de un engranaje. Lo demás, aunque se llame trabajo, es otra cosa.

En tiempos donde muchas personas viven el trabajo más como una carga que como una posibilidad, la pregunta deja de ser retórica y se vuelve urgente: no si el trabajo dignifica, sino qué estamos haciendo para que realmente lo haga.

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