“Quiero creer
Por Pía Cabral
“Quiero creer
que mis antepasados
fueron príncipes del sol
de mirar oblicuo
para no lastimar la tierra
que cocinaban
dándole forma
de animales imprecatorios
del sigilo
de la sangre...”
En la noche del 1 y 2 de noviembre, Santiago del Estero celebra una tradición ritual que enlaza dos campos de percepción: el de los vivos y el de los muertos. El rito se conoce como “La alumbrada” y se mantiene vivo principalmente en cementerios rurales. Coincide con el “Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos” de la tradición católica, aunque combina también la cosmovisión indígena.
Durante “La alumbrada”, las familias se trasladan a los mausoleos o tumbas de sus parientes, abren sus puertas y comparten momentos de distensión. Sentados en reposeras, alumbran con velas y hasta comparten comidas y bebidas frente a los restos de sus ancestros. Fuera de los cementerios, se instalan ferias de comidas. El hecho se vive como un festejo que mantiene viva la figura de los difuntos en la memoria de sus seres queridos. Una forma de darles presencia en el mundo de los vivos a quienes ya no están.
“... y entonces comían
en ceremonias de reparto celeste
y a las viandas las sazonaban
con tierra amarilla
y en las festividades
el ají les abría una sed
que calmaban con fermentos de maíz
y la tierra les amamantaba y cuidaba
ganados y sembradíos
y vivían cubiertos por divinidades
terrestres y celestes
que siempre los protegían...”
“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa se han unido en una Santa Alianza para acorralar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales de Francia y los polizontes de Alemania”.
En 1848, Karl Marx y Friedrich Engels opusieron el Manifiesto del partido comunista a las conjeturas y relativismos acerca de las ideas de su partido.
“¿Qué oposición no ha sido acusada de comunismo por sus adversarios en el Poder? ¿Qué oposición, a su vez, no ha lanzado a sus adversarios de derecha o izquierda el epíteto zahiriente de comunista?”, interpela el célebre escrito.
De algo estaban seguros los alemanes: “El comunismo está reconocido como una fuerza por todas las potencias de Europa”, afirmaron. Había llegado el momento de exponer “a la faz del mundo su manera de ver, sus fines y sus tendencias”.
“...pero a veces lastimaban para hacerlos más suyos
El mirar oblicuo se me despintó
sin embargo aún lo conservo
como un anterior dominio
pero hay hermanos
de la luz y de las siembras
que miran desde el centro
pasando por los costados del alma
cuyo tiempo no es el de las recolecciones
ni el de las siembras
ni el de las cacerías...”
El fantasma del comunismo dio vuelta al mundo. Las clases dominantes temían su aparición. Aún hoy, aunque con malicia y ficción, gobernantes como Javier Milei evocan al comunismo como una fuerza capaz de alterar el orden existente. Una amenaza que nuestro Presidente desentierra y materializa en cualquier figura que contradiga su aturdido desequilibrio. El fantasma del comunismo vive.
Con la victoria demócrata, o lo que es más preciso: el tajante revés que sufrieron Donald Trump y sus acólitos aspirantes al Congreso de Estados Unidos, el líder republicano deberá convivir sus últimos dos años de gestión, con el fantasma de su derrota.
¿Cómo hará para no licuar su poder frente al nuevo escenario?
Trump es su propio fantasma. El norteamericano promedio le dijo no a su política, pero también las mujeres y los hijos de los inmigrantes jugaron un papel fundamental en los resultados electorales. Texas logró una Gobernadora y un senador demócrata, tras 30 años de hegemonía republicana. Mujeres indígenas, negras, hispanohablantes al poder. Trump lo hizo.
“... y se me ocurre
que en ellos navegan
como en un mar encapotado los destellos del sol divino
enterrados por las basuras del alma acumuladas
en las travesías del desamparo...”
Aquella población a la que le cortaron los cupos de alimentos, los adultos mayores, los discapacitados, los usuarios del sistema de salud, los latinos; el electorado sobre el cual Trump construyó su poder, ya no existe. Nada diferente a la Argentina de hoy.
De este lado del Ecuador, el presidente libertario que arribó al poder en Argentina con la promesa de generar una revolución económica, ha desamparado a sus votantes. El Gobierno no encuentra nuevas excusas que justifiquen el escenario de estancamiento. La actividad económica vislumbra un horizonte de recesión, próximo a confirmarse en el tercer trimestre de este año.
Un mapa muy diferente al proceso virtuoso proclamado en abril de este año, en el que Luis “Toto” Caputo prometía que “los próximos 18 meses serían los mejores que se hayan visto en la Argentina en las últimas décadas”.
Aunque medios oficialistas se empeñan en reproducir declaraciones sobre la confirmación de una candidatura en 2027, Milei, por su parte, ha dejado traslucir en reiteradas oportunidades que “el proyecto está por encima de las personas”.
El fantasma de Milei acecha. La pregunta es si las y los argentinos estamos en condiciones de desprendernos de las taras que hicieron posible la llegada de los libertarios al poder.
¿Querrá la Argentina encender la vela de sus muertos, o alumbrará el camino de un nuevo plano político?
“Y un desierto de humos fríos colándose por las rendijas de los siglos se extiende como disonancia antigua
y en ese desierto pájaros amarillos
con lenguas vacías de canto despliegan el silencio
y en ese silencio el viento enreda sombras ancestrales
y las sombras son espejos de otras sombras huecos donde apacentó
el corazón de Pachacamac...”
Entrelíneas, “Antepasados”, un poema del escritor catamarqueño Leonardo Martínez.
“... y el día como un cristal eterno hunde en un légamo de luz humos fríos sombras y silencios
y el Dios se refleja en el espejo del aire y camina por los senderos del sol”.