viernes 6 de noviembre de 2026
Cara y cruz

La deshonra de esos papelones

En pocas semanas, el mapa político internacional cambió de manera visible. Ninguno de los hechos por separado alcanzaría para hablar de un cambio de época, pero, sumados, configuran un escenario adverso para el bloque ideológico al que el gobierno argentino decidió atarse sin reservas y dejan a la Argentina en una situación de notoria incomodidad.

Un repaso de los acontecimientos lo muestra con claridad. En Brasil, Lula da Silva fue reelecto en el balotaje y derrotó a Flávio Bolsonaro. En los Estados Unidos, las elecciones legislativas del martes fueron un duro revés para Donald Trump, al punto que los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y también el del Senado. En Israel, Benjamin Netanyahu obtuvo una votación inferior a la esperada, con un bloque propio que quedó lejos de los 61 escaños necesarios. Hoy se ve impedido de formar gobierno y es muy probable que pierda el cargo en manos de la oposición. En Hungría, Viktor Orbán había sido desplazado del poder en abril, después de dieciséis años, por una amplia mayoría opositora. Y en las últimas horas se sumó otro acontecimiento impactante e inesperado: el paraguayo Santiago Peña, aliado regional del Gobierno, renunció a la presidencia acorralado por la crisis del Ueno Bank y ante la inminencia de un juicio político.

Todos estos nombres integran la constelación de líderes con los que Javier Milei construyó su identidad internacional y con la que se alineó de manera incondicional, particularmente con Trump y Netanyahu.

Insultar a los mandatarios de países con los que la Argentina comparte historia, comercio y amistad no es una muestra de carácter sino un exabrupto diplomático. Insultar a los mandatarios de países con los que la Argentina comparte historia, comercio y amistad no es una muestra de carácter sino un exabrupto diplomático.

Es lógico que lo que ocurre afuera repercuta adentro. Pero una política exterior sólida debe sobrevivir a los vaivenes de los gobiernos ajenos si se apoya en intereses permanentes del país, en vínculos diversificados y en una paciente tarea de construcción institucional. La del gobierno libertario es todo lo contrario por que se fundamenta en un capricho ideológico con escasísima consistencia diplomática.

El esquema de alianzas que Milei empezó a armar aun antes de asumir tiene ahora su costo. La Argentina quedó encerrada en su propio fundamentalismo, con muy poco margen de maniobra, en el momento en que el bloque de poder al que adhirió, y en el que ocupa un lugar claramente subalterno, se encuentra debilitado en extremo. Un país que apuesta todo a una sola carta, sin construir puentes alternativos, no tiene a quién recurrir cuando esa carta pierde valor. Para una Argentina que necesita inversiones, mercados y financiamiento, esa falta de opciones condiciona inevitablemente su desarrollo.

El problema, sin embargo, no se agota en el alineamiento. Hay en la conducta del Presidente un ejercicio permanente de la agresión. Ya no se limita a dirigentes de la oposición, periodistas, economistas o cualquiera que tenga una mirada crítica de su gestión. Alcanza también y esto es extremadamente grave, a presidentes y jefes de Estado de otros países. Ocurrió con Pedro Sánchez en España, con Lula en Brasil y con Gustavo Petro en Colombia, por citar solo algunos ejemplos. Insultar a los mandatarios de países con los que la Argentina comparte historia, comercio y amistad no es una muestra de carácter sino un exabrupto diplomático que le cuesta al país credibilidad y confianza.

Milei debe entender que cuando habla en el exterior o sobre política internacional no lo hace a título personal. Lo hace como presidente de la Nación Argentina y sus palabras comprometen al país entero, incluidos quienes no lo votaron y quienes piensan distinto. La política exterior no es un territorio para el desahogo ni el escarmiento a los adversarios, mucho menos un club de amigos. Argentina no se merece la deshonra de esos papelones.

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