martes 31 de marzo de 2026
Análisis

Antes que sea tarde con los adolescentes

Por Rodrigo Morabito

¿Estás hablando con tu hijo?¿Sabés qué hace en la escuela o cuando se junta con sus amigos?¿Lo ves cambiado? ¿Triste? ¿Callado? ¿Enojado?¿Sabés qué consume, qué mira, con quién habla en el celular?¿Tenés miedo de que sea víctima de maltrato o de bullying?¿Te animás a preguntarte si también podría ser victimario?¿Sabés si tiene acceso (directo o indirecto) a un arma de fuego?

Son preguntas incómodas. Pero son las preguntas que importan.Porque lo que pasó en San Cristóbal no empezó ayer. No empezó cuando un adolescente entró a una escuela con un arma y disparó. No empezó con la tragedia, ni con la sirena, ni con la noticia que nos sacude y nos indigna.

Eso fue el final.

El problema empezó mucho antes. En silencios que se hicieron largos. En palabras que no se dijeron. En miradas que no se sostuvieron. En adultos que, por miedo, por cansancio o por falta de herramientas, dejaron de preguntar.

Los adolescentes no se vuelven violentos de un día para el otro. Tampoco se vuelven invisibles de golpe. Hay señales. Siempre las hay. Pero verlas implica estar. Y estar implica tiempo, escucha, presencia real.

No alcanza con compartir el mismo techo. No alcanza con preguntar “¿cómo te fue?” como una rutina vacía. Los chicos necesitan algo más difícil; adultos disponibles, atentos, capaces de incomodarse.

Porque también hay que animarse a lo que cuesta; preguntar de verdad, escuchar sin juzgar de inmediato, sostener conversaciones que no siempre tienen respuestas fáciles.

Y también asumir algo que incomoda aún más; nuestros hijos pueden ser víctimas, pero también pueden ejercer violencia. Negarlo no los protege. Hablarlo, sí.

En un tiempo donde las pantallas median gran parte de sus vínculos, donde la violencia circula sin filtros y donde el acceso a ciertos contenidos —y a veces a armas— ya no es impensable, el rol de la familia se vuelve irremplazable.

No para controlar todo. Eso es imposible.Pero sí para acompañar. Para advertir. Para intervenir a tiempo.

Porque cuando un chico llega al punto de empuñar un arma, el fracaso no es solo individual. Es colectivo. Es de la familia, de la escuela, del Estado, de todos los que no llegamos antes.

Por eso, frente al dolor, la respuesta no puede ser solo la indignación pasajera. Tiene que ser un compromiso. Hablar más. Escuchar mejor. Estar presentes de verdad. Porque hay tragedias que no empiezan con un disparo. Empiezan mucho antes.

Y ahí (mucho antes) es donde todavía estamos a tiempo.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar