El regreso del Niño del Chañi es la demostración de que las instituciones pueden corregir sus errores y que la memoria de los pueblos originarios tiene rango de derecho.
El próximo 28 de mayo, un niño de cinco años que murió hace más de quinientos años regresará al suelo donde fue ofrendado. El Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires devolverá a la comunidad kolla de El Angosto de El Moreno los restos del llamado Niño del Chañi, junto a su ajuar ceremonial: las pequeñas prendas tejidas, los peines de espinas, las estatuillas de oro y plata con que fue acompañado al encuentro con los Apus. Tras ciento diecinueve años en Buenos Aires y doce de gestiones formales, este acto de restitución constituye el primero de su tipo en la historia de Jujuy y merece ser celebrado con la misma solemnidad con que la comunidad kolla lo recibirá.
El caso expresa una deuda moral que el Estado argentino y sus instituciones culturales acumularon durante décadas. Cuando en 1905 el teniente coronel Eugenio Pinto encabezó la expedición que extrajo al niño de la cumbre del Nevado de Chañi -donde había sido depositado como ofrenda en el ritual incaico de la Capacocha-, lo hizo bajo una lógica que hoy resulta inadmisible, como es la del despojo científico y la exhibición del otro como objeto. Lo que para la comunidad era un ancestro protector, un vínculo vivo con lo sagrado y con el territorio, pasó a ser una "pieza" de colección universitaria.
La Ley Nacional 25.517, que obliga a poner a disposición de las comunidades originarias los restos mortales de sus ancestros que integren colecciones públicas o privadas, es el fundamento jurídico de este proceso. Se reconoce que hubo un daño, y que repararlo importa.
El regreso del Niño del Chañi es la demostración de que las instituciones pueden corregir sus errores y que la memoria de los pueblos originarios tiene rango de derecho. El regreso del Niño del Chañi es la demostración de que las instituciones pueden corregir sus errores y que la memoria de los pueblos originarios tiene rango de derecho.
El camino recorrido en Catamarca, que comparte con Jujuy riqueza arqueológica y presencia histórica de comunidades puneñas y diaguitas, muestra también algunos mojones. En 2019, la momia de Antofalla fue devuelta a la comunidad kolla atacameña tras décadas en el Museo Arqueológico Adán Quiroga. Fue la primera restitución de un cuerpo momificado en toda la historia del país. La voluntad de esa comunidad es colocarlo en la cumbre del Volcán de Antofalla, a más de seis mil metros, cumpliendo así con su cosmovisión. Ese segundo paso sigue pendiente. También en Catamarca, el Museo de Laguna Blanca retiró de exhibición los restos óseos de ancestros indígenas como gesto de respeto, aunque sin completar aún su restitución formal.
El contraste más inquietante lo ofrece Salta. Los tres Niños del Llullaillaco, hallados en 1999 y exhibidos desde 2004 en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, siguen siendo, para sus comunidades de origen, víctimas de profanación.
La Argentina tiene mucho por recorrer. Hay restos humanos indígenas dispersos en repositorios universitarios, museos provinciales y colecciones nacionales cuyo inventario completo ni siquiera existe. La arqueología de rescate, acelerada por la expansión minera en la puna, genera nuevos hallazgos que demandan protocolos claros y participación comunitaria vinculante desde el primer momento.
El regreso del Niño del Chañi es la demostración de que las instituciones pueden corregir los errores de sus fundadores, que la memoria de los pueblos originarios tiene rango de derecho y que el respeto por la cultura y la historia de nuestros ancestros es un acto de justicia.