EDITORIAL

La planilla Excel antes que el corazón

jueves, 16 de agosto de 2018 · 04:00

Cada despido que se produce en el sector público como consecuencia de las políticas de ajuste que implementa el gobierno nacional bajo la supervisión del Fondo Monetario Internacional, tiene tres tipos de efectos inmediatos: un ahorro fiscal, pues el Estado deja de pagar un sueldo y aportes patronales; un impacto negativo en el área donde esa persona se desempeña; y el obvio drama que significa para la persona y su familia quedarse sin trabajo.

La vorágine de la información, en la que aparecen como protagonistas excluyentes conceptos abstractos de índole económica, como el precio del dólar, el riesgo país o el déficit fiscal, orienta la atención generalizada hacia el primero de los efectos, desplazando del foco a los otros tipos de repercusiones.

Los burócratas de los ministerios registran los despidos en términos de ahorro fiscal, pero no los analizan en relación con la afectación de las áreas donde se producen y mucho menos en su dimensión humana. La planilla Excel antes que el corazón.

Los despidos de la Secretaría de Agricultura Familiar, por ejemplo, permiten que el Estado se apropie de cientos de miles de pesos por mes para el pago de intereses de la deuda. Pero también conllevan secuelas perniciosas en la actividad de los agricultores familiares, porque los técnicos despedidos en el área resultaban fundamentales en el acompañamiento de estos pequeños productores en materia de capacitación y apoyo a la producción y comercialización, entre otros aspectos. Es decir, los pesos que el fisco ahorra tienen, como contrapartida, un enorme costo sectorial y personal, que nunca, o rara vez, se evalúa en su justa dimensión.

Este análisis bien puede transferirse a cualquiera de las áreas donde el gobierno nacional aplica el ajuste, porque salvo excepciones de cesantías que recayeron en personas que no cumplían funciones específicas, los despidos, en su inmensa mayoría, afectaron a trabajadores estatales que cumplen eficaces tareas en las áreas a las que oportunamente fueron asignadas.

El otro aspecto pocas veces considerado es el abismo personal y familiar que se genera cuando una persona pierde su trabajo. El problema se agudiza porque no se advierte un Estado capaz de contener, o de ofrecer alternativas laborales, tampoco en la actividad privada, en el corto o mediano plazo.

El horizonte, por lo menos hasta el año que viene, es de una economía recesiva, en la que se prevén más bajas que altas; esto es, una agudización del problema. Y más estratégicamente hay riesgos ciertos de que se consolide un modelo para pocos, con la exclusión de vastos sectores sociales.

Si los que tienen la responsabilidad de gobernar analizaran las múltiples dimensiones que tienen los problemas de la economía, tal vez las conclusiones a las que arribarían serían no solo más enriquecedoras, sino también más cercanas a la realidad. Gobernar con la calculadora que solo registra ahorros en el pago de salarios y no otra variables es un error que suele pagarse caro.

 

 

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