miércoles 27 de mayo de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Regalos

Por Rodrigo L. Ovejero

Hace unos días tuve la feliz ocasión de encontrarme con mi buen amigo BA, por los laberínticos derroteros de esta ciudad catamarqueña. Ocurre de vez en cuando que transito los pasillos de tribunales y él aparece como por arte de magia y procede durante los siguientes cinco minutos a proporcionarme máximas de vida que voy aprendiendo a valorar con el paso de los años. En esta oportunidad, me comentó que recientemente su sobrino había cumplido años y él había decidido regalarle su propia guitarra eléctrica, la que se comprara él mismo en su juventud, con toda la carga sentimental que ello implica.

Mi primera reacción fue de estupor, no imaginé que fuera capaz de semejantes despedidas por ahorrarse el dinero. Pero luego me puse a pensar en el peso de un regalo, en la responsabilidad que implica. Uno no se detiene a pensarlo como es debido, pero resulta que a veces un regalo puede cambiar una vida. A lo largo de nuestros días regalamos muchas cosas y perdemos de vista el significado que pueden llegar a tener, incluso nos abandonamos a la inercia de los regalos seguros, esos con los que no se erra, pero tampoco se acierta. En cambio, algunos presentes son para siempre. Hace muchos años un tío me regaló “El misterio de la casa de piedra”, un libro de la colección “Elige tu propia aventura”, y en efecto aquel regalo cambió mi vida. La hizo más miserable, por supuesto, pues inculcó en mi persona el vicio de la literatura, actividad que me requiere tiempo y dinero y pocas veces me otorga grandes satisfacciones (como el casino para otras personas, supongo).

El sobrino de mi amigo ahora tiene un instrumento fantástico para perder el tiempo, su vida no será igual, pues se la han sumado múltiples posibilidades a partir de este momento. A lo largo de la historia miles de personas han agarrado una guitarra y visto cómo sus destinos se torcían irremediablemente, para bien o para mal.

Es por eso que decidí que desde ahora en adelante me voy a tomar mi tiempo para elegir los regalos que haga (no será mucho trabajo, hago pocos, no soy muy desprendido). Hace años que vengo en piloto automático con la elección de presentes y esa dejadez se ha terminado. Basta de vinos y libros elegidos sin la más breve consideración, suspendiendo la reflexión, un lujo para el que no hay tiempo en la vorágine cotidiana, haciendo regalos como quien diligencia trámites burocráticos. Desde ahora en adelante elegiré libros que conviertan a sus lectores en aficionados a la literatura, y vinos que empujen a los agasajados al alcoholismo. Elegiré concienzudamente, poniendo en la balanza todos los aspectos a considerar, con la esperanza de provocar un impacto duradero en la vida de esa persona. Todo ello, por supuesto, en la medida en que sea posible hacerlo dentro de un presupuesto razonable, no es cuestión de exagerar tampoco.

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