En una de mis presencias periódicas a San Antonio de La Paz, dpto La Paz, Catamarca, NOA, mí pueblo natal, para visitar el mausoleo que guarda los restos de mí madre, Faride Sabagh de Avellaneda, compartiendo unas empanadas árabes preparadas por mis primas Kuky y Marisa, les conté de mí sorpresa al encontrarme en el cementerio de Icaño con una sepultura con restos de un cajón para adultos y un cajoncito hecho con maderas de envases de aceite para máquinas de la empresa Mexicana Oil que, según el relato de la prof. de historia Valle Oyola, habría pertenecido a un ermitaño que aparecía cada mes a buscar provisiones en los almacenes.
Lo interesante de la conversación con la docente se centraba en el cajoncito que habría contenido los restos de un niño y que en una de sus tapas laterales tenía grabada una cruz esvástica, símbolo en la Europa de la segunda guerra mundial del régimen nazi de Adolf Hitler.
Al concluir con mí relato fui sorprendido por las exclamaciones de mis primas preguntando si la sepultura de Icaño no sería del amigo linyera de su padre, Nicolás Sabagh.
Pero está historia tiene más datos y sorpresas!
192fd76a-8088-4baf-af1c-c460091cdbb1
Cómo toda buena historia tiene un inicio pintoresco que arranca en San Antonio de La Paz, departamento La Paz, Catamarca, NOA.
Por las décadas del 40 y 50 del pasado siglo era habitual observar en los trenes de carga del ferrocarril Gral Belgrano la presencia de linyeras. Uno de ellos tenía la costumbre de bajar en la estación de trenes de San Antonio y visitar el almacén de la familia Sabagh que estaba ubicada al frente en la calle oeste de la población. Lo hacía por haber desarrollado una interesada amistad con Nicolás, segundo hijo varón del matrimonio de Halím Sabagh y Flora Boacar.
Digo interesada por cuánto Nicolás, sorprendido por el enrevesado castellano del visitante, lo alentaba mediante un generoso sandwich de mortadela y queso a contar sus andanzas.
Así descubrió que el linyera de apellido Opovich era un oficial del ejército alemán de Adolfo Hitler y que llegó a la Argentina vía marítima en un vapor que partió desde el puerto italiano de Nápoles.
Opovich, luego de peregrinar como linyera en los trenes, acepta la invitación de Nicolás a quedarse en San Antonio para ofrecer sus conocimientos como mecánico de motores diesel, estableciéndose en el domicilio de Caro Garbe, hermano de Hipólito "Muse" Garbe casado con Gringa, hermana mayor de Nicolás, haciendo changas y servicios de reparación de vehículos y motores. Lo que no dejaba de hacer era pasar a buscar el sándwich de mortadela y queso que le preparaba Nicolás.
Conocido con el apelativo de Mati Mati, sus ansias de trashumante lo impulsaron a desaparecer de San Antonio. ¿Destino? Esa ya es otra historia
83d91781-4815-4015-91be-cbc9b3799380
En esta parte de la historia del oficial alemán Opovich, recurro a las conversaciones mantenidas con el desaparecido amigo Rodolfo Robin, mientras cafeteábamos en la esquina de Avenida Belgrano y Junín bajo el tinglado metálico del bar Timoteo al frente de la Facultad de Humanidades de la UNCa.
Rodolfo era un conversador de memoria exquisita que le gustaba recrear sus recuerdos de infancia de San Francisco y de juventud del Chorro, ambas localidades del departamento Ancasti, en Catamarca, NOA. De más está decir que mis investigaciones sobre el Ermitaño estuvieron presentes en nuestras conversaciones y arrojaron de parte del amigo nuevos e inquietantes datos.
Los abuelos de Rodolfo, luego de dejar el caserón que la flia habitaba en Ancastillo, se instalan en una importante propiedad con un frente de labradas mayólicas en la esquina norte de la plaza de San Francisco.
Nuestro trashumante Ermitaño, en el relato de Robín, se presenta en la casa de sus abuelos ofreciendo trabajos de reparación de utensillos de cocina a cambio de comida y alojamiento en el galpón de herramientas.
Un día, mientras remendaba ollas en el patio, observa, tras la ventana abierta por la abuela, un hermoso piano. Pregunta quién lo utilizaba y el abuelo Robín le cuenta que era simplemente un adorno, ya que estaba desafinado y le faltaban los percutores a algunas teclas. Opovich pregunta si le pueden facilitar un destornillador, una pinza, un trozo de alambre de fardo y algodón en rama y pide permiso para arreglarlo.
A partir de esa intervención cada vez que el oficial alemán visitaba San Francisco los acordes de la música de Bach y Beethoven se escuchaban en el caserón de los Robin.
El 7 abril 1919 con el guía Pablo Sosa ubiqué finalmente la casa o Alero del Ermitaño, en el Complejo Arqueológico de la Nueva o Altos de La Resfalosa, dpto. Ancasti, Catamarca, NOA.
Personaje que como linyera desembarcó en la Estación del Ferrocarril Belgrano de San Antonio de La Paz. Se hizo amigo de Nicolás Sabagh, y en su almacén de ramos generales, en un castellano duro, lo entretenía con relatos de su experiencia como oficial del ejército alemán en la segunda guerra mundial, mientras era recompensado con un sándwich de mortadela y queso.
No pude encontrar en las localidades de Icaño, San Francisco y Río Chico de los dptos. de Ancasti y La Paz, personas mayores que aporten testimonios sobre los últimos años de El Ermitaño, ni como el cajón con sus restos aparecieron en el cementerio de Icaño acompañado de un cajóncito de un infante.
Lamentablemente esta historia del trashumante oficial alemán termina de un modo trágico. Las autoridades de la municipalidad de Icaño, en la gestión del intendente Carleta, en un afán de no se qué, metieron una topadora y arrasaron la antigua tumba, borrando los restos materiales que nos podrían haber ayudado a completar la trayectoria del enigma del Ermitaño y del cajoncito con la cruz esvástica.