sábado 18 de julio de 2026
Cara y cruz

Pulsión destructiva

Pulsión destructiva

La capacidad de la política argentina para contaminar todo con sus reyertas no deja de asombrar.

Ya en los prolegómenos del Mundial, la vocación por involucrar a la Selección argentina y a Messi en las rabiosas disputas se había manifestado en un minué de ridiculeces y absurdos iniciado a partir de algunas declaraciones críticas hacia el elenco deportivo de referentes del kirchnerismo, que las usinas libertarias se ocuparon de magnificar y multiplicar para adjudicarle el sentimiento a la totalidad del sector.

Conviene detenerse en el funcionamiento de una dialéctica que no se priva de viralizar por plataformas virtuales desde recortes de declaraciones despojados de todo contexto hasta mentiras lisas y llanas –las célebres “fake news”- para tratar de sacarles provecho faccioso.

Las maniobras requieren un minucioso trabajo de patrullaje para detectar cualquier nimiedad que pueda echarse al insaciable caldero de las animadversiones, que se retroalimenta además con las estériles aclaraciones de los sujetos comprometidos, el acoso de movileros periodísticos, las severas reflexiones de “influencers” que se postulan como faros intelectuales y los vituperios masificados por estos epígonos de las SS que son las pandillas virtuales.

El carácter fantochesco del espectáculo se advierte en cuanto se toma un poco de perspectiva, pero para hacerlo hay que hacer esfuerzos cada vez más grandes.

La bandera artesanal con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” que los jugadores de la Selección exhibieron tras la épica victoria sobre Inglaterra desencadenó otra oleada de polémicas y sobreactuaciones inconducentes y nocivas.

Lo que hicieron fue manifestar, en un escenario de alcance ecuménico imposible de igualar, un sentimiento colectivo que arraigó más entre los argentinos desde la desgraciada derrota en la guerra en 1982 y la conciencia de la canallesca utilización que de semejante tragedia hicieron los jerarcas de la dictadura.

Se trató de la noble contribución de los idolatrados astros a una causa que forma parte de la identidad argentina, adicional al triunfo deportivo y desde la autoridad de un talento y un corazón a esta altura indiscutibles.

La Argentina tiene derecho a expresarse y hay que decirlo: la Selección representa a la Argentina con mucha mayor eficacia que la caterva de politicastros que pretenden servirse de ella. Si a los ingleses no les gustó y sólo tienen para oponerle a Messi y sus muchachos declaraciones de ignotos funcionarios y maniobras burocráticas en la FIFA, mala suerte para ellos.

Pero tuvo que salir el presidente Milei a hacer convocatorias a la prudencia diplomática, recomendar no mezclar peras con manzanas y cuestionar el “patrioterismo berreta” para precipitar las proverbiales controversias tóxicas.

Y como Messi, además, se permitió ofrendar la victoria a la gente, a los argentinos que la están pasando mal y no llegan a fin de mes, el Gobierno se sintió a obligado a darle la razón, pero con la aclaración de que todo es culpa del kirchnerismo.

Estos grotescos ejercicios acrobáticos podrían evitarse muy sencillamente limitándose a celebrar unas victorias deportivas cuyo exacto alcance la gente tiene muy claro: son fuentes de felicidad que por fortuna la politiquería no puede opacar.

Al controvertido “Chiqui” Tapia, otro que bien baila, se le abrió espacio para meter un comunicado de la AFA.

La lucidez del Gobierno lo eximió de la tarea de referirse a los hechos puntuales, pero la declaración resaltó el valor simbólico de la Selección y su innegable aporte al prestigio del país. Título impecable: “El fútbol argentino, un activo estratégico de la Nación”.

Cualquiera sea la opinión que se tenga sobre Milei, Tapia y el resto de la fauna que protagoniza la tragicomedia argentina, sería importante tener en cuenta ese concepto: “activo estratégico”.

Hay que cuidarlo, sobre todo, de una cada vez más evidentemente estúpida pulsión destructiva.n

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