martes 21 de julio de 2026
Cara y Cruz

Estímulos a la timba

Entre la euforia por el desempeño mundialista de la Selección argentina, pasó casi desapercibida la fuerte advertencia de la Sociedad Argentina de Pediatría sobre el avance de la ludopatía entre niños y adolescentes, en alas del bombardeo publicitario constante en redes sociales.

Según una encuesta realizada por “Kids Online Argentina”, uno de cada tres chicos de entre 9 y 17 años reconoció haber apostado por internet alguna vez en su vida. En el marco del Mundial se hicieron más evidentes malversaciones sobre cuyo alcance nocivo no parece haber todavía una cabal conciencia. El negocio de las apuestas no crea una pasión nueva, sino que secuestra una que ya existe.

Sentimientos genuinos como el entusiasmo por el fútbol y la admiración por los ídolos deportivos se convierten en el insumo principal de la maquinaria publicitaria al servicio de las apuestas. Un Mundial concentra esa pasión como ningún otro evento y es el momento de mayor eficacia para desviarla hacia un vínculo patológico con el juego.

El caso más elocuente de esta edición fue la recreación con inteligencia artificial de la imagen y la voz de Diego Maradona para protagonizar un aviso durante los partidos. El cariño popular hacia una figura histórica se utilizó para transferir confianza emocional a un producto de riesgo.

Pasiones genuinas como el amor al fútbol y la admiración a los astros deportivos se secuestran para estimular la ludopatía Pasiones genuinas como el amor al fútbol y la admiración a los astros deportivos se secuestran para estimular la ludopatía

Las críticas a la maniobra se respondieron con argumentos leguleyos, comenzando por el hecho de que los herederos de Maradona la habían autorizado. Tal patrón argumental se repite en otros frentes: canales de televisión investigados por publicidad encubierta se defendieron argumentando que los comentarios de sus relatores sobre cuotas no son, en sentido estricto, publicidad. La industria responde con subterfugios a preguntas de fondo relacionadas con el estímulo a una adicción.

Las operaciones se van instalando como algo normal. Cada Mundial suma una capa: patrocinios de clubes que asocian el escudo con la marca de apuestas, microapuestas en tiempo real sobre un córner o una tarjeta, bonos de bienvenida como anzuelo, presencia constante en redes sociales y ahora “deepfakes” de ídolos fallecidos. En cualquier momento aparece San Martín promoviendo un bingo, o Favaloro recomendando las emociones de la timba para robustecer el corazón.

Ninguna pieza aislada parece escandalosa; es la acumulación la que construye un paisaje donde apostar deja de percibirse como riesgo y pasa a ser, simplemente, parte de ver un partido.

Esa naturalización penetra con mayor profundidad entre los adolescentes. Empiezan a apostar en promedio a los 13 años y muchas veces llegan al juego como llegan a hablar de música o series, un tópico más de conversación entre amigos, no una conducta peligrosa.

Pero la ludopatía es una adicción, con el mismo estatuto clínico que cualquier otra dependencia. No se trata de una debilidad de carácter ni de una cuestión moral: es un trastorno de salud mental reconocido, con mecanismos neurobiológicos de refuerzo similares a los de otras adicciones. Tratarla como un desliz de conducta, o como un tema que se resuelve con una leyenda de "+18" y una función de autoexclusión, es desconocer su gravedad clínica y sus peligrosas proyecciones sociales.

Los testimonios de quienes trabajan en organizaciones de acompañamiento lo confirman: consultas de madres angustiadas, chicos de once años con deudas, un aumento sostenido de adolescentes llegando a tratamiento psiquiátrico en los últimos años, familias enteras endeudadas y vínculos rotos.

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