viernes 12 de julio de 2024
Análisis

Todas las Noritas, memorias contra el miedo

Por Manuel Fontenla

El día que murió Norita, el momento exacto en que leí la noticia, recordé dos momentos que compartí con ella, que atesoro y tengo siempre presentes. Luego de leer la noticia, a las pocas horas me senté en la computadora, busqué las dos fotos de esos momentos con Norita, abrí un Word en blanco, igual al que abrí recién, y pasé un largo rato buscando las emociones para escribir. Pero no paso. No escribí nada. Ni una nota, ni un post, ni una simple frase para acompañar esa foto en Instagram o X. Nada. Sentía inabordable el simple nombre “Norita”. La austeridad del monitor, la soledad de mi hogar, la aspereza de la silla, el hartazgo de lo virtual, todo eso, me hizo imposible también conectar una emoción con mi recuerdo de Norita, con su enorme vida, con su conmovedora vida, con su sonrisa y su energía indestructible.

Pero ahora, escribo con una emoción y una sensación muy fuerte. No clara, pero si fuerte. Una emoción que me tomo por arrebato, por sorpresa, el sábado pasado a la noche. El contexto era radicalmente diferente al que me ubica ahora frente a la pantalla de nuevo. Ese sábado a la noche, a unas cuadras cerca de mi casa, en el Centro de Cultura y Trabajo Comunitario de Villa Dolores, se dio un encuentro hermoso, HER-MO-SO: el encuentro “Sonoras. Ciclo de Cantoras”. El ciclo, organizado por las enormes artistas que son Itatí y María Paula Godoy, que tuvo tres fechas en esta primera mitad del año, con otras tres enormes cantoras: Laura Aroca, Vane Martínez y Belén Parma.

En ese contexto musical y sonoro, a mitad del concierto, María Paula hizo mención a la memoria de Norita, a su vida y su lucha. Y luego canto “Como la Cigarra”, misma canción que cantó una multitud a capela en el velatorio de despedida a Norita en un momento increíblemente emotivo.

Y ahí sentado escuchando esa letra, esas frases tantas veces repetidas, “Tantas veces te mataron, tantas resucitarás”, “Tantas veces me borraron, tantas desaparecí”, entendí, o sentí, o imaginé, que claro, Norita ya había muerto otras veces. Su primera y más terrible muerte habrá sido cuando secuestraron y desaparecieron a su hijo Gustavo. Pero Norita, no se dejó morir ahí, en esa brutalidad de tristeza y dolor que debe ser perder a un hijo de esa manera. Norita, como muchas otras madres decidió enfrentar el miedo y caminar y organizarse y seguir, y ponerle a todo eso una palabra: memoria.

Entonces, siguiendo esa emoción, me pregunté cuantas otras muertes habrá tenido Norita, ya no, Norita la madre de Gustavo, luchadora por la memoria de los desaparecidos en el terrorismo de Estado, sino Norita la madre de los muertos por la fumigación con agrotóxicos. Norita la madre de las mujeres muertas por los abortos clandestinos. Norita la madre de los vecinos muertos de sed sin agua en Jáchal. Norita la madre de Santiago Maldonado. Norita la madre de las comunidades mapuches perseguidas. Norita la madre de los pibes con gorra asesinados por el gatillo fácil. Norita la madre…, la canción no termina, y yo sigo mentalmente repasando, cada una de las luchas que acompañó Norita a lo largo de toda América Latina. No me da la memoria ni el tiempo para terminar la lista. Y sigo pensando, ¿Cómo hizo para seguir, para conocer cada una de esas historias de dolor, para acercarse a ellas, para digerirlas, para acompañarlas, para abrazarlas? ¿Cuánto amor pudo tener su cuerpo para caminar todas esas injusticias? ¿Cuántas veces murió Norita?

En Catamarca, la violación actual a los derechos humanos tiene un nombre muy claro: “Dictadura Minera”. Ese nombre designa la violencia que gobiernos y empresas ejercen sobre los territorios y los cuerpos. A su manera, esa dictadura minera, también genera desaparecidos: desaparecen los ríos, las montañas, los animales, los campesinos, los pueblos indígenas, las vidas de todos aquellos que pueblan nuestros territorios. Esos desaparecidos también tienen nombre, el pueblo Vis-Vis, desaparecido por la genocida Alumbrera; la vega trapiche, desaparecida por la genocida Livent-Arcadium; el Rio Choya, en vías de desaparecer, por la genocida Agua Rica.

Norita Cortiñas, por su propia historia de padecer y luchar contra las dictaduras, supo entender y sensibilizarse con nuestra historia de manera inmediata. Lo hizo en el año 2018, para la Cumbre Latinoamericana del Agua para los Pueblos, a la que asistieron organizaciones sociales, asambleas, pueblos indígenas y campesinos, organismos de ddhh, que dieron cuerpo a las casi mil personas de aquel encuentro inolvidable.

Allí, nadie tuvo que describirle el extractivismo a Norita, no hizo falta mostrarle pruebas de que la minera contamina, no hubo que mostrarle números de la pobreza y la desigualdad para desmitificar el progreso, jamás nos pidió informes técnicos de impacto ambiental para saber cuánta era el agua que usaban las mineras. No, nada de eso.

Norita, en su larga historia de lucha, había aprendido perfectamente a identificar la muerte. Sabia a donde estaban los agentes de la muerte, cuáles eran sus rostros, y cuales los lugares que asechaban. Por eso volvió en 2019 a Catamarca, a Andalgalá, para acompañar a la Asamblea el Algarrobo en las caminatas por la vida, por eso escucho a sus vecinos, se abrazó con sus defensores y, una vez más, atravesada por todas esas historias de dolor, persecución y destrucción, volvió a morir, ahicito no más, al pie del Aconquija.

Veo las fotos con Norita, su potencia y su sonrisa se escapan de la pantalla. Mi sonrisa y puño en alto también. Pero no logro reconocerme en esas fotos. Desde hace un año más o menos, siento que no soy el mismo. En algún momento empecé a percibir un lento y profundo cambio al que hace apenas unas semanas puedo ponerle palabras. Podría escribirlo de una manera muy simple, con tan solo dos palabras, pero que por supuesto comprende una complejidad mucho mas grande: tengo miedo.

No el miedo anticipado ante una experiencia concreta. No el miedo a decir lo que pienso, no el miedo a la policía y la represión. No el miedo a perder el trabajo. No el miedo a perder los amigos que ya perdí. No el miedo a los conflictos de todos los días, los importantes y los intrascendentes. No. Tengo un miedo, un miedo muy real y sincero, que incluso me angustia y empaña los ojos ahora cuando escribo, que es el miedo a que la realidad no se pueda cambiar. Que tal vez, realmente, en lo que me queda de vida, solo viviré derrotas.

Tengo miedo a un futuro lleno de derrotas. Derrotas contra gobiernos que nos sumergirán en mayor desigualdad y violencia, derrotas contra empresas que seguirán secando ríos y explotando montañas, derrotas contra medios de comunicación que nos pudrirán el alma a base de racismo y odio, derrotas contra pequeñísimos grupos de ultra-multimillonarios enajenados en su deseo de riqueza, derrotas contra nuestra propia tristeza y aislamiento, derrotas contra nuestra multitudinaria indiferencia. Miedo a no poder hacer nada, frente a cada una de las muertes que vendrán.

El sábado a la noche, después del último verso de la canción de María Elena Walsh y de los aplausos emocionados, María Paula dijo algo sobre Norita, sobre la lucha y sobre que no es momento para tener miedo. Lo dijo de otra manera y con otras palabras, pero yo lo recibí así, y mientras lo recibía, de repente, como suele suceder con las ideas que viajan por adentro nuestro, todo lo que venía pensando y sintiendo sobre Norita y sus muertes, se conectó con todo lo que venía pensando y sintiendo sobre mi miedo. Y de esa conexión surgió una idea a todas luces obvia (ahora), pero que durante todo este tiempo había estado negada para mí.

Y en ese momento, la sentí de manera muy real, la sentí como algo cálido, como una temperatura en la piel, como un abrazo interior, una caricia, una sensación de amor y alivio… la obvia idea de que esos dos pequeños e ínfimos momentos compartidos con Norita, podían ser un refugio contra el miedo. O tal vez no un refugio, tal vez otra cosa, un amuleto, un talismán, un escudo, una velita prendida, un combustible, una energía, un algo, para recordar que ella también debe haber tenido un miedo inmenso, un miedo enorme, un miedo terrible, y que, sin embargo, siguió. Y tal vez, no siguió porque pensó que en el futuro había una victoria, porque algún día se acabarían las derrotas, sino, exactamente, por lo contrario, porque sabía que la violencia continuaría, porque sabía que habría más historias de dolor, porque sabía que habría otros y otras con miedo, con el mismo miedo que yo tengo hoy.

Escribo entonces, este pequeño homenaje a su memoria, mas abrazado que nunca a mi miedo y a su recuerdo, escribo lleno de lágrimas, escribo con vergüenza y desesperación, pero escribo, porque de las muchas memorias que se pueden escribir, las memorias de luchas, las memorias de resistencias, las memorias de esperanza, también, hay que escribir las memorias contra el miedo. En esa memoria, Norita Cortiñas, ocupa un lugar que siempre, siempre, siempre, resucitara, igual, que la cigarra.

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