Toda la violencia es machista (y Brizuela no quiere verlo)
Por Juan José Sánchez*
Las declaraciones del diputado nacional Adrián Brizuela (LLA) acerca del asesinato de Agostina Vega no solo muestran una profunda desinformación sobre la violencia de género, sino que, además, es un catálogo de los estereotipos de la cultura machista y de las estructuras institucionales del patriarcado. No es teoría, es práctica profunda y dolorosa.
En nuestra nota: “Es el patriarcado, estúpido…” de El Ancasti 9 de febrero de 2025 ( https://www.elancasti.com.ar/opinion/es-el-patriarcado-estupido-n576345 ) mostramos, con datos contundentes, que la violencia física (toda violencia física, no importa quien la ejerza) es un componente esencial del patriarcado y que los varones somos responsables de la abrumadora mayoría de los homicidios, femicidios y suicidios a nivel global.
Brizuela sostiene que el feminismo “no le interesa ni Agostina ni la violencia contra la mujer”, y que solo busca “justificar sus curros con el Estado”. Esta afirmación no solo es gratuita, sino que ignora el trabajo, desde hace más de un siglo, de organizaciones feministas que han visibilizado la violencia estructural que sufren las mujeres. Como señalamos en la nota anterior, el 98% de los autores de delitos violentos por razones de género en Argentina son varones, y el 83% de las víctimas son mujeres. ¿Acaso esos números son un “curro”? Son la evidencia empírica de un sistema que forma varones violentos y mujeres sumisas.
Además, Brizuela desestima la teoría del patriarcado calificándola de “delirio teórico del feminismo hembrista”. Pero nosotros mostramos, citando a Luigi Zoja, que la identidad masculina se construye históricamente en torno a la dominación y el control. Esa construcción no es biológica ni natural: es cultural. Y cuando el rol tradicional del varón (proveedor y protector) entra en crisis por cambios económicos y sociales, muchos varones exacerban la violencia física como respuesta. No se trata de “odio a los hombres”, como insinúa Brizuela, sino de comprender que el patriarcado daña tanto a mujeres como a varones, siendo estos últimos los principales perpetradores de violencia y también quienes más se suicidan (a nivel mundial, 7 de cada 10 suicidios son varones).
De hecho, la imagen proyectada que Brizuela tiene de la familia ideal nos exime de cualquier comentario. Para Brizuela una familia bien constituida es un matrimonio con hijos, en los que el padre varón es el jefe de hogar, proveedor económico y protector frente a las agresiones externas (rol político del varón), mientras que la madre mujer es la cuidadora hacia adentro del hogar y la que brinda el afecto para que los hijos se críen como buenas personas, y donde aprendan los roles de varón-padre y de mujer-madre, perpetuando hasta el infinito, como si todo esto fuera natural y en la sociedad nada cambiara con el tiempo.
Según Brizuela, la familia ideal se caracteriza por:
1. Presencia activa de ambos padres, en especial del padre. Critica explícitamente “un padre ausente (no sabemos si por decisión propia o impedimento)”, dando a entender que la ausencia paterna es un factor de desprotección y abandono, porque la mujer no lo podría hacer (no es su rol estereotipado).
2. Roles parentales claros y complementarios. La madre debe ejercer cuidado y vigilancia. El padre debe cumplir un rol central como figura de autoridad y contención. El padre no puede ser amoroso y cuidador, debe ser severo e implacable.
3. Familia intacta y no “desmembrada”. Para Brizuela, la familia rota (por separación, divorcio o ausencia) es el germen del desamparo infantil. La familia ideal, por el contrario, es aquella que permanece unida y funcional. Condenando así, a la gran mayoría de las familias actuales. La comunidad no participaría, según Brizuela, de las obligaciones del cuidado. El Estado tampoco.
4. Valores tradicionales y figuras de autoridad claras. Menciona “la destrucción de la familia, sus valores y las figuras de autoridad” como un problema grave. La familia ideal, entonces, respeta y reproduce esos valores y jerarquías.
En resumen, para Brizuela la familia bien constituida es un modelo tradicional, completo, biparental (con padre y madre presentes y en sus roles definidos), jerárquico, protector y cerrado sobre sí mismo, donde los padres ejercen autoridad. Cualquier desviación de ese modelo (madres solas, padres ausentes, familias ensambladas o desintegradas) es, en su visión, la causa de la violencia. Pero los femicidios se dan tanto en familias nucleares completas, como en las incompletas, y en todas las clases sociales.
Vivimos en una sociedad en la que el mercado te descarta, el Estado te abandona, la Escuela te expulsa, las familias se desmoronan, los varones se ausentan, y las mujeres la apechugan con el cuidado de los hijos, y salen a rebuscarse el mango y a organizar el comedor comunitario para sobrevivir. En esa sociedad, los varones sobramos. Educados para la apropiación violenta, se supone que debemos ser violentos. Respondemos al estereotipo cultural del macho dueño, con la violencia de la apropiación. Matamos lo que no podemos conquistar: la vida ajena y la propia.
Brizuela también acusa al feminismo de haber fracasado durante el gobierno de Alberto Fernández, señalando que los femicidios “no pararon de crecer”. Sin embargo, el problema no es la existencia de políticas de género, sino la profundidad y continuidad de las mismas. Como advertimos en la nota anterior, los roles de género están marcados “a fuego en el inconsciente colectivo” durante siglos. No se desmantelan en un mandato ni con un ministerio. Y que el vocero presidencial Manuel Adorni (y por extensión Brizuela) pretendan eliminar la figura del femicidio bajo el argumento de “igualdad ante la ley” revela una ignorancia jurídica peligrosa: la igualdad no es tratar desiguales como iguales, sino reconocer que una mujer tiene una probabilidad mucho mayor de ser asesinada por su condición de género y, por lo tanto, para que exista igualdad ante la ley, las mujeres requieren de un trato diferencial. Al final de nuestro artículo anterior decimos: lo que el presidente Milei y sus funcionarios no entienden es que “la posibilidad de sufrir una muerte violenta por causa de ser mujer no es la misma que la que va a tener un varón”.
Finalmente, lo más grave de la intervención de Brizuela es que desvía la atención del responsable. En lugar de preguntarse por qué un hombre asesinó a una adolescente, prefiere interrogar a la madre de Agostina: ¿por qué le pasó el contacto? ¿por qué denunció tarde? ¿por qué la niña no iba a la escuela? Ese ejercicio de culpabilización de la víctima y su familia es una táctica clásica del discurso negacionista de la violencia machista.
En síntesis, la postura de Brizuela no solo es una falta de respeto a las víctimas y a sus familias, sino que constituye un retroceso político y cultural. Ignorar el patriarcado no lo elimina: lo fortalece. Y mientras sigan pensando que el problema es “una familia desmembrada” o “falta de salud mental”, y no la construcción social de la masculinidad violenta, seguiremos lamentando homicidios, femicidios y suicidios, porque toda la violencia es machista (y Brizuela mira para otro lado).
* Juan José Sánchez es Lic. en Administración; Lic. en Comercio Internacional; Especialista en Economía Social; Especialista en Planeamiento Educativo. Forma parte del Instituto de Investigación Cecilia Grierson (La Carrillo) y del Movimiento Nacional Cuidadores de la Casa Común. Es presidente de la Comisión de Asociados del Banco Credicoop Filial Catamarca, y forma parte del Partido Solidario. Integra la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina.