La Fiesta del Poncho se ha integrado con tanta hondura a la identidad de los catamarqueños, que es necesario cambiar de ojos para advertir su carácter excepcional.
La Fiesta del Poncho se ha integrado con tanta hondura a la identidad de los catamarqueños, que es necesario cambiar de ojos para advertir su carácter excepcional.
Como ocurre con la Cuesta del Portezuelo o la vista de El Manchao, la cotidianeidad conspira en el espíritu de los provincianos acostumbrados contra un asombro que ningún turista deja de experimentar cuando la visita.
Quien no lo ha naturalizado, advierte de inmediato que está participando de un acontecimiento cultural extraordinario, sin parangones en el país por la diversidad de su oferta, su eficacia para mostrar todo lo que Catamarca contiene y lo principal: el masivo y genuino sentido de pertenencia que la sociedad ha edificado a su alrededor desde la primera edición de 1967.
“No es de naides y es de todos”, diría Yupanqui. Casi 60 años de vigencia y crecimiento sostenido convirtieron al Poncho en la construcción colectiva más importante de la Provincia, generadora de trabajo, prestigio y legítimo orgullo.
Crecimiento exponencial
El éxito de cada edición, los récords de asistencia y ventas y el volumen del movimiento económico han dejado hace tiempo de ser novedades para los catamarqueños.
La experiencia de acompañar a un turista en el periplo contribuye a valorar en su exacta medida los alcances que tiene el activo cultural.
Rumbo al Predio Ferial, el catamarqueño contempla como si fueran lo más normal del mundo el Parque Lineal de la Costanera Sur construido a la vera del arroyo Fariñango o la restaurada plazoleta Luis Varela Lezana en la esquina de Belgrano y Arnoldo Castillo. El forastero, en cambio, se sorprende de cómo la gente se ha apropiado de esos espacios públicos y los habita, de la misma manera que pasa en El Jumeal y el Parque de los Vientos hasta bien entrada la noche.
En el Predio, esa sensación estalla. Marejadas de gente arriban sin pausa, en un ambiente general de armonía inusual para tamañas muchedumbres. El turista acaso señale al anfitrión lo raro del fenómeno, más aún cuando el Predio está tan a trasmano, sin que al anfitrión se le mueva un pelo. “Todos los años es así, todos los días”, le explica, aunque empieza a maliciar que el turista nota algo que a él se le escapa de puro habituado.
Al visitante le bastará una corta recorrida para entender la magnitud de la convocatoria.
Con más intensidad desde la asunción al Ministerio de Cultura, Turismo y Deportes de Daiana Roldán, las propuestas del Poncho se han ido multiplicando exponencialmente desde el núcleo inicial de las artesanías, los “ranchos” con la gastronomía regional y la música folklórica, hasta alcanzar una heterogeneidad en apariencia infinita.
Todos los departamentos de la provincia están presentes, no solo en los stands oficiales de los municipios y los puestos, sino entre el público.
Grandes empresas conviven con los emprendedores; los locales gastronómicos, con los puesteros y vendedores ambulantes.
Hay ofertas de todo tipo y para todos los bolsillos, en todos los rubros, desde los finísimos tejidos de vicuña a las más humildes sortijas. Lo más típico junto a lo más novedoso.
Identidad
La cartelera de los espectáculos tiene el mismo eclecticismo. Artistas nacionales célebres comparten jornada con los provinciales, en presentaciones que abarcan prácticamente todos los géneros y escenarios que también se han multiplicado.
Aparte del tradicional y consagratorio Escenario Mayor, el Patio del Poncho, afianzado a partir del Patio de las Provincias creado durante la gestión en Cultura de Roberto Brunello, se ha transformado en un punto de encuentro multitudinario en el que se disfrutan espectáculos de primer nivel. Lo mismo pasa con el Mercado Cultural, las carpas Achalay y de Turismo y otros espacios que incluyen la Casa de la Puna, en las afueras del Predio. El año pasado debutó el Estadio Bicentenario y este repitió una noche multitudinaria el Día del Amigo.
Es otro mérito de la organización del Poncho haber logrado conjugar semejante caleidoscopio no sólo sin perder un ápice de identidad, sino reforzándola. Porque tampoco faltan para los nostalgiosos aquellas entrañables peñas que concluyen con la guitarra circulando entre las mesas.
Todo este inmenso movimiento se despliega en un ambiente de cordialidad, limpio y prolijo.
Que siempre hay cosas por mejorar no caben dudas. El catamarqueño, celoso de la calidad de su fiesta, no dejará de marcarlas, con intención constructiva.
Pero los ojos del visitante, más si ha visto mundo, no fallan: como carta de presentación de Catamarca, al Poncho no hay con qué darle.
Capital invalorable
Para muchos lo señalado será obvio, pero es necesario resaltarlo para arraigar la conciencia del valioso patrimonio que Catamarca ha sabido tejer. Es un capital invalorable que debe cuidarse.
Los artesanos agotan sus stocks, los comerciantes venden como en ninguna otra época del año, las actividades vinculadas al turismo trabajan a pleno. Y el Poncho devuelve con creces lo invertido, porque no arroja pérdidas.
Cumple además con el objetivo que sus fundadores le asignaron en los orígenes: posicionar y jerarquizar las artesanías catamarqueñas en el país y el mundo. Es una meta en la que se ha avanzado muy significativamente, con viajes de nuestros artesanos al exterior incluidos.
Expositores de otras provincias y países concurren cada vez en mayor número a un encuentro que es garantía de público y calidad.
Como “Marca Catamarca”, la Fiesta es insuperable, ejemplar como modelo de sinergia entre los sectores público y privado.
Hoy concluye la 55º edición, hacia los 60 años. Otro año y van…
¡Salud, Poncho nuestro!