lunes 1 de agosto de 2022

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Editorial

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7 de julio de 2022 - 00:10

En el actual contexto de crisis que vive la economía argentina uno de los problemas es la falta de dólares. Las causas son múltiples, pero, además de la principal, que es la fuga de divisas a través de distintos procedimientos financieros, otra es la sangría que se origina por las importaciones de insumos o maquinarias que se podrían producir en el país.

Para este año se proyecta un récord de exportaciones argentinas, pero también de importaciones. La balanza de pagos sería en principio favorable, pero la expectativa era que fuese mucho mayor. Sin ingresar en un análisis minucioso de las razones que condicionan la coyuntura, resulta preciso sin embargo, desde un enfoque estratégico, analizar como restricción que es preciso remover, la excesiva primarización de la economía argentina. Exporta mucha materia prima y pocos productos elaborados. De modo que es necesario trabajar en políticas tendientes a agregar valor a estos productos y a desarrollar ramas de la industria que permitan sustituir importaciones.

Cuando se habla de productos primarios suele pensarse en los de origen agropecuario, pero también debe incluirse a otras ramas de la producción, como por ejemplo la minería. No es lo mismo, por ejemplo, exportar carbonato de litio que baterías de litio. Al respecto, estudios precisan que la incidencia del costo del carbonato de litio en el precio de una batería no pasa del 7%. No sería lógico, en consecuencia, que la apropiación más grande de la rentabilidad del producto ya elaborado sea de un país que produce la batería y no del que cuenta con el recurso natural, como el caso de Argentina.

El tema se debate desde los comienzos mismos de la nación. Y aún antes en épocas coloniales. En 1802, ocho años antes de la Revolución de Mayo y 14 antes de la Declaración de la Independencia, Manuel Belgrano escribió: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse y todo su empeño es conseguir no sólo darles nueva forma, sino aun extraer del extranjero productos para ejecutar los mismos y después venderlos. Nadie ignora que la transformación que se da a la materia prima le da un valor excedente al que tiene aquella en bruto, el cual puede quedar en poder de la Nación que la manufactura y mantener a las infinitas clases del Estado, lo que no se conseguirá si nos contentamos con vender, cambiar o permutar las materias primeras por las manufacturadas”.

Un proceso de sustitución de importaciones y que agregue valor a los productos primarios implica indispensablemente el desarrollo de la tecnología nacional, pues de otro modo sería necesario importarla.

Para lograr estos objetivos es imperiosa la gestación de un modelo productivo, diseñado y ejecutado por el Estado, que favorezca el mencionado proceso, aplicando beneficios fiscales, créditos accesibles y regulando el ingreso de productos extranjeros que compitan con ventajas comparativas respecto de la producción local.

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