Por Rodolfo Schweizer, especial para El Ancasti- septiembre de 2026
Para una sociedad mundial mayormente desinteresada en los desastres naturales que no la efecten directamente, la catástrofe de Nepal del pasado 26 de agosto, no ha pasado de ser un episodio más de la mala suerte que nos toca en la vida a algunos y a otros no. Para los gobiernos, en general, mucho menos. Ya sabemos cuáles son sus intereses. El desastre en esa nación, a los pies del Himalaya, mató casi instantaneamente a 1.300 personas e hizo desaparecer a otras 5.300, destruyendo a su paso varios pueblos, todas las rutas, puentes, viviendas y, como si ello fuera poco, arrastrando todo el suelo para dejar la roca pelada, borrando así todas las referencias y marcas propias de las propiedades familiares o personales, al punto de que salvo los que vivian en edificios hoy destrozados, nadie de los que vivían en casas normales puede retornar al lugar para reconstruir las mismas, porque no hay rastros de dónde estaban, ni de dónde sembraban, dónde criaban sus animales, donde jugaban sus hijos. Nada! Todo borrado por la catástrofe.
Pero ¿acaso esto es algo nuevo? En absoluto. Asistimos así a otra tragedia causada por un río de montaña, no estudiado a fondo y subestimado en su peligro por muchos, sociedad y gobiernos, no peparados para prevenir, confrontar y mitigar efectos de desastres naturales. Salvando las distancias y la magnitud del desastre, ¿acaso no es esto lo mismo que lo que se vivió en 2014 en El Rodeo, donde también una creciente repentina sorprendió a una sociedad no preparada para afrontarla?
En este país, la primera indicación del desastre del 26 de agosto pasado se tuvo a las 8:37 de la mañana, cuando el suelo comenzó a temblar. Todos, informados por el Servicio Geológico de EE.UU. (USGS) en base a los datos de su red internacional de monitoreo, creyeron que era un sismo normal de 5,2 grados en la frontera entre Nepal y China. Sin embargo, al rato se comprobó vía satélite que el temblor no era el producto de un roce o choque entre placas tectónicas, sino un sacudón producto del choque con el suelo de inmensos trozos de hielo de un glaciar de 600 metros de ancho que se llevó además unas 300 metros de laderas montañosas a cada lado, para dejar una zanja de 1.200 metros de ancho.
Otras informaciones lo definen como una avalancha de 200.000 metros cuadrado de superficie y 110 millones de metros cúbicos de hielo y nieve, que se había desplomado desde unos 5.200 metros de altura, cayendo verticalmente unos 1.200 metros, generando con su impacto un evento sísmico de magnitud igual a 5,2 en la escala Richter. Su caída generó una cascada de rocas y hielo triturado de 9 metros de altura, lo cual erosionó y se comió la ladera de los cerros de dos ríos, el Lhende Khola, tributario del Bhote Koshi, que fluyen entre Nepal y China. En este último río, el material de arrastre taponó su curso formando un embalse, el cual, al colapsar generó una riada a lo largo de 20 Km, la cual se llevó por delante unos 5 pueblos importantes, entre ellos el pueblo de Rasuwa, que es un punto de cruce fronterizo hacia el Tibet, en donde murieron instantaneamente unas 400 personas y destruyó varios proyectos hidroeléctricos en construcción. El siguiente video en castellano de la BBC ilustra el desastre.
Nepal es hoy identificado como el “punto caliente” del cambio climático, porque expone y demuestra las consecuencias a que se expone un planeta en pleno proceso de sobrecalentamiento. En efecto, según India, un país donde el 20% del PBI depende de las fuentes de agua, informa que tiene 21 de los 40.000 glaciares que existen en la región hindú entre Afghanistan y Myanmar y que de esos miles de glaciares, unos 200 son de “Alto Riesgo” y otros 56 de “Muy Alto Riesgo”. La información sale de estudios conjuntos entre Systemiq una firma dedicada al desarrollo sustentable y India's G.B. Pant National Institute of Himalayan Environment, una agencia oficial dedicada a promocionar el conocimiento científico para el desarrollo sostenido de la región himalaya.
Aunque todavía algunos dudan, el desastre de Nepal expone con una claridad meridiana la situación que vive el planeta a causa del incremento del calentamiento global. En efecto, según dos investigadores originarios de Nepal, Tenzing Chogyal Sherpa de la Universidad de Utrecht y Pasang Yangjee Sherpa de la Universidad de British Columbia, en estas cumbres los glaciares vienen derritiéndose sin parar desde hace 10 años, lo cual, evidentemente, obedece al aumento de la temperatura global. Ya no es el ruido de un goteo intermitente lo que indica la fusión de un glaciar, sino el ruido continuo producido por una corriente o chorro de agua que va zocabando al glaciar por dentro, lo cual rebela la dinámica continua y rápida del proceso de fusión de los glaciares que se está dando. Ahora se sabe a ciencia cierta que este proceso, en su dinámica interna, termina generando lagos artificiales en las alturas, apenas sostenidos por piedras sueltas y hielo y por lo tanto inestables en su estructura, a cuyos pies se encuentran poblaciones indefensas que ignoran el peligro en que viven.
Una de las cosas que más llamó la atención a los científicos, fue la dinámica de la creciente y su inexplicable volumen de agua. En efecto, la creciente conformada por agua, hielo pulverizado y roca de todo tamaño, descendio los primeros 22 Km a una velocidad de 193 Km/h, según cuenta el científico Jeffrey Kargel, del Instituto de Ciencias Planetarias. La creciente hizo 22 Km en 6 minutos y 50 segundos. Pero, la causa de semejante volumen, según lo explica Liz Stephens, meteoróloga de la Universidad de Reading, es que una inundación repentina no es causada en una montaña por la tormenta en sí, sino también por la complejidad y combinación de otros factores que influyen en el tipo de creciente, entre los cuales están los tipos de terreno, el trazado que siguen los riachos, los deslizamientos de tierra y las avalanchas que caen en un cauce. Esta complejidad, según la científica, explica lo del volumen inusual y complica la posibilidad de advertir el peligro a tiempo. Obviamente, esta observación es también válida para nuestros ríos en Catamarca.
La conclusión es que si bien el colapso de los glaciares y los deslizamientos de tierra son temas complejos por la cantidad de variables debidas a las características del terreno, no hay dudas de que el cambio climático juega un rol. Lo demuestran los glaciares en la zona de la catástrofe, Nepal, donde la disolución o fusión del hielo de los glaciares en agua se da a pleno. No como un goteo intermitente, sino como un escurrimiento constante. En efecto, la perdidad de hielo en esta zona Hindu Kush del Himalaya, que incluye a Nepal, se ha duplicado desde el 2000 a la fecha, con grandes riesgos para 2 millones de personas que viven a lo largo de los cauces de ríos de montaña.
Como dice el hidrólogo del Imperial College de Londres, Wouter Buytaert, mientras se siguen estudiando las causas exactas del desastre en Nepal, no hay ninguna duda de que el evento fue causado por el cambio climático. El aumento de la temperatura ambiente rompió la estructura interna del glaciar facilitando su partición en pedazos. Sabiendo esto, en este momento se está tratando de establecer la cadena de causas en detalle que generó el desastre y de dónde salio tanta agua, algo que sorprende.
Volviendo a Catamarca
Obviamente, no somos Nepal. No tenemos glaciares descomunales que amenacen nuestra provincia, ni una situación que nos haga parecer al Himalaya. Aquí el causante del desastre fue una masa de hielo, de 110 millones de metros cúbicos, viajando a unos 50 metros por segundo, o sea a 180 Km/h cuesta abajo. Las palabras sobran.
Pero, sí estamos frente a la misma crisis climática producida por el sobrecalentamiento del planeta como causante, lo cual, por un lado, nos coloca frente a la posibilidad de tener catástrofes hídricas causadas por crecientes inusuales, que pueden llevarse por delante a la población viviendo en los márgenes de los ríos de montaña y, por otro nos coloca frente a olas de calor que, obviamente, pueden derivar en sequías e incendios que comprometan el abastecimiento disponible de agua para la población, la agricultura, la industria, etc. Peor aun si consideramos que estamos frente al Super Niño, un fenómeno en marcha en el Pacífico a la altura de Perú que, segun estimaciones científicas, reserva la posibilidad de una sequía con olas de calor e incendios para nuestra región del NOA, sobre todo entre noviembre y febrero 2027. De esto ya hablamos en este mismo medio el 2 de julio reciente.
Para visualizar el efecto de una creciente, tengamos en cuenta que una lluvia de 1 milimetro significa 1 litro por metro cuadrado. Esto, en una hectarea o manzana significan 10.000 litros de agua y en un kilómetro cuadrado significan 1 millón de litros. Si consideramos que el Río El Tala tiene unos 45 kilómetros cuadrados de cuenca, una lluvia de 1 milímetro le aportaría 45.000.000 de litros. Pero, una tormenta de 10 milímetros en toda su cuenca le mandarían 450 millones de litros. Que esta cantidad de agua llueva en pocos minutos o en una hora o más, definirá si estamos ante un posible desastre o no. De esto ya hablamos en el pasado en este mismo medio. Entonces dijimos que una lluvia de 50mm en toda la cuenca, a la cual le redujimos un 30% por agua absorbida por el terreno, la creciente tendría una altura de 2,50 metros por encima del puente de Ruta 4, a la salida de la ciudad. Todo esto suponiendo que fuera un diluvio de agua de lluvia en mas o menos una hora. Quizás no ocurra nunca, pero, si ocurre, el tema es cómo se enfrentaría, lo cual demanda una planificación, tarea en la que nuestros gobiernos no muestran mucho talento y la sociedad se mantiene al margen.
Por otro lado, para visualizar los efectos de una ola de calor, simplemente veamos lo que ella causó en Europa este año a partir de junio. Aquí, el causante fue la formación de un domo o cúpula de calor estable en la alta atmósfera, inamovible al estar flanqueado por dos depresiones entre el oeste y el este del continente, lo cual evitó que entrara viento desde el Atlántico, el cual lo hubiera desplazado y neutralizado. Las temperaturas estuvieron 18 grados por encima de lo habitual para esta época del año. Unas 193 millones de personas estuvieron expuestas al desastre. Se estima que unas 35.000 personas murieron por su efecto, con 14.000 solo en Alemania y 5.000 en España. Además, su efecto se trasformó en una cadena imparable de incendios incontrolables en Francia y España, más sequías en el este europeo que pararon el tráfico fluvial por los ríos Danubio y Rin. Las olas de calor no son cosa extraña en nuestro país, sin embargo. En Enero de 2022 más de 50 ciudades estuvieron por encima de los 40°C. San Juan llegó el 11 de enero de aquel año a 48°C. Como decimos más arriba, ya en julio advertimos del posible efecto de El Super Niño al respecto.
Pero, no somos el único país sometido a esta amenaza en la región. Chile es otro. Por eso, quizás sus medidas para enfrentar la situación mejorando su infraestructura sea una buena inspiración a tener en cuenta para enfrentar el peligro. Dignos de destacar allí son el proyecto de Codelco, la mayor empresa minera en las Américas, consistente en un acueducto de 160 Km que sube 3.000 metros para mover 840 litros de agua desalinizada por segundo desde el Pacífico, para abastecer Chuquicamata y otras empresas, con el fin de aliviar la presión sobre los acuíferos de esa región. También el Proyecto Aquatacama para construir un acueducto submarino para llevar agua de los ríos del sur de chile hacia el norte del país, para regar 100.000 hectareas de agricultura y abastecer a las empresas mineras. Y qué decir del proyecto Enacap, que contempla una planta desalinizadora alimentada por energía solar para llevar agua por acueductos a distancias entre 70 y 250 Km a las minas altoandinas de la región. También el proyecto de Aguas CAP que suministra agua a las mineras alrededor de Copiapó y a la población en la zona de Puerto Caldera y Agua Amarilla, justamente el lugar donde murio nuestro Felipe Varela. ¿Qué proyectos equiparables a los de Chile tiene nuestro país o nuestra provincia al respecto? No lo sabemos.
En conclusión, de nosotros depende que no seamos arrasados por una naturaleza que sigue sus propias leyes o que mitiguemos sus efectos. El precio del descuido lo vivimos en El Rodeo hace 12 años. Lo vimos en Nepal, hace un mes atrás. También en Europa, incendiada de punta a punta en una ola de calor hace poco. La naturaleza sigue sus propias reglas y no tiene ninguna obligación hacia nosotros. Es nuestra responsabilidad adelantarnos a su dinámica natural. De nuestra actitud personal y colectiva depende el futuro.