A veces, perdemos amores, amigos o conocidos sin comprender la razón, sin saber siquiera el por qué. Nos preguntamos qué puede haber ocurrido, no encontramos respuesta, sacudimos la cabeza y levantamos los hombros resignados a los misterios del destino, a las insondables cosas de la vida. En esos casos, es probable que hayamos sido víctimas de lo que en círculos clandestinos se conoce como la Conspiración Tupperware.
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La Conspiración Tuppwerware
Décadas atrás, la empresa que fabrica los recipientes herméticos advirtió que su buena calidad los hacía irrompibles y, por lo tanto, malos para el negocio, porque la gente solo los compraría una vez. Necesitaban que los usuarios los renovaran sin ceder calidad del producto. Ese es un problema de ser demasiado bueno en algo, la perfección no incentiva la repetición. Por eso yo he elegido la mediocridad, porque me permite continuar caminando las sendas que me gustan al amparo perenne del fracaso.
Pero volvamos al asunto del tupperware y el problema de la perfección. El capitalismo no se rinde en sus ansias de arruinar nuestras vidas, derriba todos los obstáculos en su afán por complicar nuestra existencia, y la solución que encontraron fue disponer agentes infiltrados por todo el mundo, cuya misión consiste en intervenir en las relaciones entre personas para separarlas y así, indirectamente, separar un tupper de su tapa, o dejar un tupper en manos de alguien que no cocina, obligando a su dueño a comprar otro para reemplazarlo.
Sus métodos son insidiosos e impiadosos, mediante rumores, seducciones, instigaciones, separan parejas, grupos de amigos, familias enteras. Apenas una persona llega a una fiesta con el vitel toné alguna de estas células dormidas se activa y da inicio a sus pérfidas conductas. Todo en la inteligencia de que separar personas, más allá de romper vínculos, es separar tuppers y tapas, tuppers y personas. Todo en nombre del libre mercado.
Las madres de cierta edad son las únicas que saben de esta conspiración. Lo saben de un modo instintivo, tal como saben que nos hace frío o que nuestra novia nos ha dejado. Por eso insisten tanto con la devolución de los tuppers, porque saben que aunque el vínculo sea fuerte, los agentes tupperware están ahí afuera, ocultos, preparados, sus ojos brillando de malicia ante la perspectiva de la separación. Es por ese motivo además que una madre puede no reclamar amor, compañía o dinero, incluso puede tolerar con paciencia infinita la ausencia de un hijo desalmado que no la visita en un asilo o pasa Navidad en otro lugar, pero jamás cesa en su reclamo de tuppers.
Por eso, cuando alguna vez pensemos en una persona y no sepamos por qué no hablamos más con ella, tratemos de recordar si le prestamos un tupper con milanesas o arroz. Podríamos haber sido otra víctima de la Conspiración Tupperware.