¿Somos solidarios los argentinos?, ¿lo somos los catamarqueños? El debate sobre un tema de estas características sería arduo y sin la posibilidad de conclusiones inobjetables. Un eventual repaso por la historia nacional, desde los primeros pasos hasta la actualidad, arrojaría conclusiones contrapuestas, según sean los episodios que se analicen, respecto del interrogante planteado.
Muy complejo, además, sería pensar a la solidaridad como una tarea que se acomete colectivamente, que es la opción deseable, a menos que sea el Estado el organizador de esa gesta que involucra a la sociedad en su conjunto y que es más abarcativa, y con resultados más consistentes a largo plazo, que las acciones de individuos que se sensibilizan ante situaciones particulares y deciden comprometerse con los que sufren, con los que necesitan. Estas actitudes empáticas particulares son muy valorables, pero inocuas para producir transformaciones sociales de fondo que impidan que las injusticias se produzcan para que sea necesaria la solidaridad.
La solidaridad ejercida individualmente lleva contención, parcial y acotada, a personas que viven momentos angustiantes. Deben celebrarse que existan, por cierto, pero no debe perderse de vista que es la cabal comprobación de la vigencia un sistema que genera permanentemente estas situaciones de injusticias. Y es ese sistema el que debe cambiar.
Estas reflexiones vienen a cuento del Día de la Solidaridad, que en la Argentina se celebra todos los 26 de agosto en conmemoración del nacimiento de la beata Madre Teresa de Calcuta, una de las personas más emblemáticas del ejercicio personal de la solidaridad durante el siglo XX. Solidaridad que asumió como un compromiso de vida, entregándolo todo en función del prójimo sufriente. Su mano cálida y bondadosa fue consuelo y alivio para los más empobrecidos y los más vulnerados.
La caridad, la empatía, la solidaridad individual, si se convierten en acción y asumen una potencia colectiva y organizada, se transforman en justicia La caridad, la empatía, la solidaridad individual, si se convierten en acción y asumen una potencia colectiva y organizada, se transforman en justicia
Practicó un amor que no se quedó en la pasividad del sentimiento, en el gesto leve, en la mera contemplación. Ni en la simple enunciación de sus víctimas. Dijo Teresa de Calcuta: “El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.” Y también: “Hoy en día está de moda hablar de los pobres. Por desgracia no lo está hablarle a ellos”.
Caridad y Justicia son dos conceptos que parecen estar en tensión permanente. Pero en realidad son complementarios. La caridad es un sentimiento que mueve a las personas a ser empáticas, a ponerse en el lugar de los demás y hacer algo para menguar o suprimir, si se pudiese, el sufrimiento ajeno. Lo contrario es el egoísmo, la indiferencia, la preocupación exclusiva por el destino individual o del pequeño entorno afectivo y la indolencia por la situación del resto.
La caridad, la empatía, la solidaridad individual deben valorarse pero no alcanzan. Pero si se convierten en acción y asumen una potencia colectiva y organizada, se transforman en justicia. Como dijo Teresa de Calcuta: “Yo sola no puedo cambiar el mundo, pero puedo lanzar una piedra a través del agua para crear muchas ondulaciones”.