ENTRE SER DUEÑOS DE LA HISTORIA O APENAS INQUILINOS DE ELLA
Lic. Ezequiel Sosa
Hay palabras que no se pronuncian: se forjan. Nacen del barro, del río, del tiempo que resiste. Entre esas palabras que el pueblo carga sobre la espalda, una se alza como promesa y advertencia: soberanía. No se trata de una mera consigna ni de un eco de guerra. Es una respiración antigua que aún nos pregunta quiénes somos y quiénes queremos ser.
Viene del latín superanus/superana: aquello que está por encima, no en jerarquía sino en conciencia. Lo soberano es lo que se alza sin humillar, lo que permanece en pie aun cuando todo alrededor se inclina. Ser soberanes —decirnos soberanes— es vestir el alma de dignidad. Es mirar el mundo de frente, sin pedir permiso para existir.
Pero cuando la soberanía se delega, el pueblo se vuelve inquilino de su propio destino. Y esa es, tal vez, la herida más profunda de nuestra historia: cuando otros piensan, deciden y nombran por nosotros; cuando la palabra patria se reduce a trámite, y la independencia a discurso.
En las orillas del Paraná, aquel 20 de noviembre de 1845, la soberanía cobró sustancia. Los cañones, el humo, el barro, los hombres mal armados que enfrentaron a la flota anglo-francesa en la Vuelta de Obligado no sólo defendían una posición militar: defendían el germen de una comunidad política que todavía no se llamaba nación, pero ya latía como tal. En esa trinchera donde el plomo se mezcló con el coraje, se escribió una página que no pertenece sólo al siglo XIX. Pertenece a todos los tiempos en los que un pueblo dice “no” a la prepotencia del más fuerte.
Juan Manuel de Rosas —tan controvertido como decisivo— entendió que aquella batalla no era una confrontación entre caudillos, sino un acto de autodeterminación frente a los imperios de turno. Tulio Halperín Donghi sostuvo que “la política rosista fue una respuesta criolla a un mundo que se abría a la lógica del capital extranjero” (Revolución y guerra, 1972). Y José Carlos Chiaramonte complementa: “La idea de soberanía popular en el Río de la Plata fue una construcción tensa, disputada entre la herencia colonial y el deseo de autodeterminación” (Nación y Estado en Iberoamérica, 2004). En esas tensiones se gesta nuestro presente: el dilema entre ser dueños de la historia o ser apenas inquilinos de ella.
La Vuelta de Obligado fue una derrota militar, pero una victoria moral. Las cadenas tendidas sobre el río —esas mismas que hoy figuran en el escudo de la provincia de Buenos Aires— se convirtieron en símbolo de resistencia. Detrás de cada bala estaba la afirmación de un derecho: el de vivir sin tutelas, el de comerciar sin permiso ajeno, el de decidir sin la sombra de la metrópoli. Fue, en palabras de Norberto Galasso, “una de las pocas veces en que la Argentina dijo su nombre de pie, frente al imperio” (Seamos libres y lo demás no importa nada, 2010).
Pero la soberanía no se clausura en una fecha. No se guarda en los manuales ni se agota en el bronce de los monumentos. Es un músculo que se atrofia si no se ejercita cada día. En el presente, la batalla continúa: ya no contra cañoneras, sino contra otros imperios, más sutiles y más silenciosos. Los de las finanzas, los del algoritmo, los del relato único que modela el sentido común. Hoy, los barcos no surcan el Paraná: cruzan los mares digitales y en sus bodegas no traen fusiles, sino deudas, nuevos deseos de consumos e intrépidos lenguajes.
La soberanía cultural es la que permite mirar el mundo sin bajar la cabeza. Es la que defiende las palabras de un pueblo frente al rebosante marketing de las corporaciones. Es la que nutre una escuela donde todavía se apela a pensar y dirimir con la razón. Es la que habita en los agricultores que siembran sin agrotóxicos y en los científicos que investigan sin permiso de las matriculas del mercado. La soberanía económica, por su parte, no es un número en la balanza de pagos: es el derecho de un país a definir qué produce, cómo lo distribuye y a quién beneficia su esfuerzo colectivo.
En este punto, conviene recordar que “los imperialismos ya no necesitan territorios: necesitan mentes”, como advirtió el historiador Eric Hobsbawm (Naciones y nacionalismo desde 1780, 1990). Las nuevas formas de dominación no llegan con ejércitos, sino con tratados de libre comercio, con aplicaciones que saben más de nosotros que nosotros mismos, con medios que dictan qué pensar, qué temer y qué olvidar.
Por eso, hablar de soberanía hoy es hablar de educación, de memoria, de justicia social y de comunicación. Es preguntarse quién cuenta la historia y para qué. Es entender que una nación que olvida sus batallas está condenada a repetirlas bajo otros nombres. Que no hay independencia económica sin soberanía cultural, ni soberanía política sin igualdad social. Que no hay bandera posible si los colores se destiñen en la pobreza y la resignación.
Quizás por eso Eduardo Galeano decía que “la independencia es todavía un territorio en construcción” (Las venas abiertas de América Latina, 1971). Porque en cada época hay nuevas cadenas que romper, y nuevos barcos que pretenden entrar sin permiso. En un mundo que naturaliza la dependencia, la soberanía se vuelve un acto de desobediencia lúcida.
El siglo XXI nos enfrenta a la pregunta esencial: ¿quién decide sobre nuestros recursos, nuestra palabra, nuestros cuerpos, nuestros sueños? Cuando el precio del litio lo fijan las bolsas extranjeras, cuando las noticias se deciden en oficinas lejanas, cuando la inteligencia artificial se programa desde el Norte global para modelar la mente del Sur, la soberanía vuelve a ser una trinchera. No con fusiles, sino con pensamiento crítico, con participación, con conciencia de pertenencia.
En definitiva, ser soberano hoy es atreverse a imaginar un futuro propio. No el que dictan los mercados, sino el que nace del trabajo, la dignidad y la memoria. La soberanía, entonces, no es un punto de llegada, sino un verbo en presente: se ejerce, se defiende, se cultiva. Es el modo en que un pueblo se dice a sí mismo: “Todavía estamos aquí”.
La historia enseña que las cadenas pueden ser de hierro o de deuda, de fuego o de información. Pero también enseña que toda cadena puede quebrarse cuando un pueblo asume su nombre, su terruño y su destino.
Porque la soberanía no se proclama: se vive.
Y esa sigue siendo, aun hoy, la más difícil de todas las batallas por librar.
CAJONES
En cada época hay nuevas cadenas que romper. En un mundo que naturaliza la dependencia, la soberanía se vuelve un acto de desobediencia lúcida.
La soberanía no es un punto de llegada, sino un verbo en presente: se ejerce, se defiende, se cultiva. Es el modo en que un pueblo se dice a sí mismo: “Todavía estamos aquí”.