domingo 24 de mayo de 2026
Opinión

Antes del grito, el temblor. La Revolución de Mayo y el pulso colectivo

Por Ezequiel Sosa

Toda ciudad guarda un instante secreto antes de que algo empiece a desmoronarse. A veces es una conversación perdida en una taberna. A veces, una palabra que alguien pronuncia y ya no puede retirarse. En mayo de 1810, Buenos Aires empezó a llenarse de esas palabras nuevas: soberanía, representación, pueblo. Nadie sabía todavía qué vendría después. Pero algo había comenzado a romperse. Y cuando las viejas obediencias se agrietan, incluso el silencio parece distinto.

Mientras el virreinato seguía intentando conservar la ilusión de estabilidad, comenzó a extenderse una incertidumbre difícil de contener. Las noticias llegaban tarde, deformadas por el viaje y por el miedo, pero alcanzaban para abrir una grieta: si el rey había caído, entonces también podían caer las certezas que sostenían el orden colonial. De pronto, aquello que parecía natural —obedecer a una autoridad lejana, aceptar jerarquías heredadas, vivir al margen de las decisiones— empezó a ser discutido en las plazas, en las casas y en las esquinas. La política dejó de pertenecer solamente a los funcionarios y a los sectores privilegiados. Bajó a la calle. Y una vez que las preguntas empiezan a circular entre muchos, el poder descubre que ya no puede gobernar del mismo modo.

Nada ocurrió de manera repentina. Mucho antes de los cabildos abiertos y de las proclamas, ya existían fisuras que atravesaban al mundo colonial. Comerciantes enfrentados con las restricciones de la Corona, sectores locales cansados de obedecer decisiones tomadas a un océano de distancia, rumores de revoluciones extranjeras circulando en voz baja entre cafés, cuarteles y mercados. La caída de Fernando VII no hizo más que acelerar una pregunta que venía creciendo desde hacía tiempo y que nadie lograba clausurar del todo: ¿quién debía ejercer la autoridad cuando el trono quedaba vacío? Entonces empezó a abrirse paso una idea nueva para estas tierras, una idea capaz de alterar el lenguaje político de toda América: el poder no pertenecía eternamente a un rey, sino que podía regresar a quienes habitaban y sostenían la comunidad.

Pero nadie sabía con claridad hacia dónde conducía todo aquello. Las palabras circulaban más rápido que las certezas. Algunos imaginaban una transformación profunda; otros creían que todavía era posible preservar el vínculo con la monarquía. Durante un tiempo, incluso, se siguió gobernando en nombre de Fernando VII, como si la revolución necesitara esconderse detrás de una fidelidad provisoria para poder avanzar. La independencia no apareció de inmediato ni como una decisión unánime. Fue una construcción lenta, atravesada por dudas, enfrentamientos y negociaciones. Porque las revoluciones no avanzan en línea recta: discuten consigo mismas mientras intentan inventar un orden nuevo. Y en ese movimiento incierto comenzaron a cambiar, poco a poco, las formas de pensar la legitimidad, la representación y la soberanía en estas tierras.

Y, sin embargo, aquella discusión sobre el poder y la representación estaba lejos de incluir a todos por igual. Cuando en esos años se hablaba de “pueblo”, no se hacía referencia a una comunidad donde todos participaran de las decisiones políticas. El orden colonial estaba atravesado por jerarquías, privilegios y exclusiones. El “vecindario” convocado al Cabildo Abierto representaba apenas a una parte reducida de la sociedad: varones reconocidos, propietarios, sectores con influencia. Muchas voces quedaban afuera de las decisiones formales. Pero la historia rara vez permanece encerrada en los edificios oficiales.

Mientras los sectores dirigentes discutían legitimidad y formas de gobierno, en las calles empezaban a circular rumores, discusiones y expectativas. La revolución no ocurrió solamente dentro del Cabildo. También ocurrió en plazas, mercados, pulperías y cuarteles. Y en ese movimiento comenzó una politización más profunda de la sociedad: personas que hasta entonces parecían alejadas de los asuntos políticos empezaron, lentamente, a intervenir, opinar y disputar el sentido del tiempo nuevo que se abría.

Con el correr de los meses, aquella imagen de un pueblo inmóvil empezó a agrietarse. Los sectores populares, las milicias, la plebe urbana y los orilleros comenzaron a intervenir, presionar y descubrir que la política también podía ser objeto de disputa. Pero esa participación emergía dentro de una sociedad profundamente desigual. Cerca de un tercio de la población estaba sometida a la esclavitud, convertida todavía en una institución aceptada por el orden colonial. Al mismo tiempo, persistían formas de sometimiento sobre las comunidades indígenas, atravesadas por mecanismos de dominación, tributos y jerarquías heredadas de la conquista. Todo ese mundo estaba organizado bajo un sistema de castas que clasificaba a las personas según su origen, su color de piel y su posición social. Las mujeres, además, permanecían apartadas de las decisiones políticas y confinadas a una distribución desigual de los espacios y las funciones sociales según el género. Por eso, aunque el proceso fue lento, contradictorio y desigual, algo comenzó a modificarse para siempre: mayo no solo abrió la discusión sobre quién debía gobernar, sino también sobre quiénes podían ser reconocidos como parte activa de la historia.

En medio de aquel clima incierto, también comenzaron a desmoronarse formas de legitimidad que durante siglos habían parecido inamovibles. El orden colonial dejó de parecer natural y la sociedad entró en un tiempo atravesado por disputas, tensiones e improvisaciones. No había un camino claro: convivían la incertidumbre, los intereses enfrentados y distintas maneras de imaginar el porvenir. Algunos intentaban conservar privilegios bajo nuevas formas; otros empezaban a pensar transformaciones más profundas.

Y en medio de esa crisis, las palabras cambiaron de sentido. “Patria”, “pueblo”, “libertad” o “representación” dejaron de ser términos lejanos para convertirse en banderas de disputa. Porque las revoluciones no solo transforman gobiernos, también cambian la manera de nombrar el mundo. Y cuando cambian las palabras, cambian también las posibilidades de imaginar otra realidad.

Tal vez por eso mayo sigue generando preguntas más de doscientos años después. Porque detrás de las imágenes escolares y los actos patrios existe una experiencia profundamente humana: una sociedad atravesada por incertidumbres que se anima, aun así, a intervenir en su tiempo. La Revolución de Mayo no fue perfecta ni plenamente democrática. Excluyó a muchos sectores y sostuvo desigualdades importantes. Pero abrió una puerta histórica difícil de cerrar, la idea de que el poder necesitaba legitimidad y de que los pueblos podían reclamar participación bajo este criterio.

La Revolución abrió, en realidad, una discusión que todavía sigue vigente en la contemporaneidad : quiénes toman las decisiones, quiénes quedan afuera y qué significa construir una comunidad política. Nada estaba resuelto. Todo comenzaba a debatirse en medio de tensiones, disputas e intereses enfrentados.

Porque el porvenir nunca nace de la quietud. Requiere movilización, discusión y participación colectiva. Las sociedades transforman su realidad cuando dejan de aceptar el silencio como una forma inevitable del destino. Tal vez allí permanezca una de las huellas más profundas de 1810: entender que lo colectivo no es solamente una manera de habitar el presente, sino también de disputar aquello que parece imposible de cambiar.

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