Una lectura del cuento "Las ruinas circulares", de Jorge Luis Borges
Por Mabel Fantau
El comienzo de la narración describe la llegada azarosa de un hombre que ha venido desde lejos, en busca de un determinado lugar, al redondel de un templo en ruinas, sabiendo que es el adecuado para su propósito: quiere soñar un hombre e imponerlo a la realidad y para lograrlo se duerme voluntariamente.
El forastero, un ser taciturno que viene del Sur, poseedor de ciertos rasgos con los que podría identificarse con fidelidad al propio Borges, representaría al hombre creador, dispuesto a dar forma a su personaje e interpolarlo en el mundo. El recinto circular elegido sería el espacio virtual de la creación, el que comprende el solitario universo del escritor. Este concepto es emergente de signos reveladores del texto: “un templo que devoraron los incendios antiguos”.
El templo, como lugar íntimo y sagrado, es presa del fuego, un emblema de la pasión creadora, tan antigua, remota e indefinida en el tiempo. Ese sitio que “la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres” representaría el ámbito creador, mancillado por el materialismo fangoso del mundo.
La lectura define como no imposible, pero sí sobrenatural, el propósito del hombre, “ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma”; el soñador reconoce el olvido del propio nombre y de su vida anterior. Esas expresiones encierran claramente una metáfora de la entrega que el creador hace de sí mismo, apartado del mundo real y dedicado a su trabajo creativo, “consagrado a la única tarea de dormir y soñar”. Narra la elección del hombre entre las nubes de alumnos de su sueño, los personajes de su imaginación y señala, refiriéndose a los rasgos del elegido, que “repetían los de su soñador”. Esta frase comprende una posible alusión a la presencia latente del escritor en su obra.
En este punto de la trama el narrador comienza una descripción del fracaso: “Sin embargo la catástrofe sobrevino”. Y detalla los sentimientos consecuentes del mago ante ese fallido intento, el insomnio, las lágrimas de ira al comprender lo arduo de su empeño y la aceptación de “que un fracaso inicial era inevitable”. Luego el texto se refiere a la búsqueda de otro método de trabajo y a la reposición de fuerzas del hombre para reanudar su empeñosa labor. Todo el que ha emprendido un trabajo creativo conoce los momentos en que el objeto de la creación, ya modelado, es destruido parcial o totalmente y reconstruido tantas veces como fueran necesarias, durante ese proceso creador y crítico a la vez. El narrador señala el momento propicio para reanudar la obra, “esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río””. Esta frase sugiere un estado puro de espíritu en el creador y la iluminación perfecta y circular de su musa inspiradora.
El texto continúa con el nuevo intento del hombre, el comienzo definitivo, representado por un corazón que late, “con minucioso amor lo soñó durante catorce noches”. ¿Por qué catorce? Quizás como una representación del doble esfuerzo creativo, ya que catorce es duplo del número siete, signo bíblico de la Creación. Poco a poco el soñador completa un hombre que no habla aún, está dormido. Este Adán de sueño es comparado con el rudimentario Adán de polvo, amasado por dioses de antiguas cosmogonías, “que no logra ponerse de pie”. Para dar vida a su hombre el mago implora el auxilio de la efigie que corona el recinto circular, un dios sin forma definida, como sería la figura de la inspiración creadora, a la vez tigre y potro “y también un toro, una rosa, una tempestad”.
La lectura nos dice que “ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego”. En este punto es posible deducir que se refiere al fuego inspirador que da vida al personaje, y le promete animar al fantasma soñado. “De suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensarán un hombre de carne y hueso”. Esta afirmación puede ser un símbolo admisible de la obra viva, desprendida ya de la inspiración y de su creador, que llegará al pensamiento del lector como una realidad.
El texto refiere luego el proceso de aprendizaje del hijo y los sentimientos del soñador hasta llegar al instante de la separación, “comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer”. Continuando la semblanza anterior referida a Adán, la lectura posibilita la idea de un paralelismo entre el hombre mago y el Creador Supremo, cuando expresa que antes de enviarlo al mundo “para que se creyera un hombre como los otros le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje”; las últimas palabras indicarían una referencia al hombre que nace sin memoria consciente.
El propósito del soñador está colmado por un tiempo indefinido, hasta que comprende que su hijo podría descubrir “su condición de mero simulacro “; el mago teme entonces por el porvenir del hombre creado. “A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido)”. Aquí el narrador reitera la alusión factible a la Creación Universal, y también a una posibilidad apocalíptica cuando da a leer “las ruinas del santuario del dios del Fuego fueron destruidas por el fuego”.
En el desenlace el soñador, dispuesto a morir, comprende que él también es una apariencia y que otro lo está soñando. Esta expresión abre la posibilidad de un enfrentamiento del hombre con la muerte, como posible acceso a una realidad diferente, y que en ese otro estado, el alma llegara a descubrir que esta vida ha sido solo un sueño.
Si la propuesta fuera plasmar mi lectura en una única imagen, esta comprendería un círculo perfecto, con el signo de infinito en su centro, una forma simple y elemental de la Creación. Es curioso y difícil de creer casual que, considerando la extensión del texto en su totalidad, es precisamente en su centro gráfico donde Borges describe el corazón, centro a su vez de un sistema circulatorio, que late, un signo del principio creativo de vida: “un corazón que latía. Lo soñó activo, caluroso, secreto”.
A través de este cuento fantástico el lector, de cierto modo, podría ser conducido también por una línea circular hasta el fin, y al terminar su lectura, quedar suspendido en el espacio creador del autor, ante una onírica apertura de la imaginación, en la que el soñador a su vez soñado marcaría el comienzo de una sucesión infinita.