Crisis. El comercio es uno de los sectores que pierde con el actual modelo económico.
Quien observe con detenimiento los gráficos que ilustran la evolución en los últimos meses de la economía argentina, sometida a la motosierra desde diciembre de 2023, no podrá evitar asociarlos con la imagen de un serrucho: una línea que sube, luego baja, luego vuelve a subir, describiendo un zigzag.
La actividad económica creció un 5,5% interanual durante el mes de marzo y el dato fue celebrado con entusiasmo por el gobierno nacional. Los funcionarios no escatimaron en adjetivos para describirlo como una señal de la recuperación en marcha. Sin embargo, el mes de marzo vino precedido por una caída pronunciada en febrero, y las consultoras privadas ya anticipan que abril trajo consigo un nuevo retroceso. El serrucho continúa su marcha.
El problema de fondo es que mientras el agro, el sector financiero, el energético y la minería exhiben crecimientos sostenidos, el resto de la economía atraviesa una situación bien distinta. La construcción se ubica un 20% por debajo de los niveles de noviembre de 2023, cuando asumió la actual administración. La industria acumula una caída del 3,2% en el mismo período. El comercio retrocedió un 3%.
Mientras el agro, el sector financiero, el energético y la minería exhiben crecimiento, el resto de la economía atraviesa una situación de caída sostenida. Mientras el agro, el sector financiero, el energético y la minería exhiben crecimiento, el resto de la economía atraviesa una situación de caída sostenida.
Es importante señalar el impacto que cada sector tiene en la actividad económica en general. Los sectores "ganadores" —agro, energía, minería y finanzas— representan apenas el 30% de la actividad económica total del país. Son, además, los que menor demanda de mano de obra generan. No derraman, es decir, su prosperidad no se traduce, en empleo genuino en cantidades importantes, en consumo popular y en bienestar social. Los "perdedores", en cambio, concentran el 70% restante de la actividad y son precisamente los sectores que, cuando funcionan bien, traccionan el mercado de trabajo, sostienen el consumo y mejoran de manera concreta la vida de la mayoría de los argentinos.
Otro dato a considerar es el impacto fiscal de esta bonanza sectorial. El 30% que sí crece lo hace en buena medida al amparo de los incentivos aprobados por el actual gobierno, como el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) y otras normas sancionadas durante esta gestión, que contemplan rebajas impositivas y reducciones de retenciones que hacen más atractiva la inversión en esos rubros. Es claro que si los sectores más dinámicos tributan menos, el impacto en la recaudación fiscal se atenúa y esa limitación tiene efectos negativos sobre las posibilidades de inversión pública y transferencias a las provincias.
Las provincias argentinas, con la excepción de Neuquén, epicentro de Vaca Muerta, integran el bando de los perdedores del modelo. Los recursos de coparticipación cayeron un 5,7% en el primer cuatrimestre de este año respecto del mismo período de 2025, y los aportes no reintegrables se desplomaron un 57%. Catamarca dejó de percibir $31.545 millones en el primer cuatrimestre de este año en comparación con el mismo período del año anterior.
El gobierno nacional enfrenta, en consecuencia, como desafío prioritario, romper la lógica del serrucho. Esto es, sostener un período extendido de crecimiento genuino de la actividad, sin los rebotes estadísticos que caracterizan a los últimos meses. Pero ese objetivo, siendo necesario, es insuficiente si el crecimiento no logra penetrar en los sectores que verdaderamente mueven el empleo y distribuyen bienestar.
Una economía que crece concentradamente en el 30% menos intensivo en trabajo, mientras el 70% que sostiene el mercado laboral retrocede o se estanca, no está en condiciones de prometer una mejora sostenida para el conjunto de la sociedad. Es, en el mejor de los casos, una recuperación incompleta. Y en el peor, una ilusión estadística.