El surco de los niños olvidados: memoria de la zafra
Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo
A finales de mayo, el aire del Valle Calchaquí comenzaba a cortarse con un filo distinto. No era solo el invierno; era el anuncio. El patrón o el capataz llegaban al monte de Santa María para marcar el inicio del éxodo: había que partir hacia la zafra tucumana. Pero el viaje no empezaba en el camión, sino días antes, en el ritual de la despedida y el resguardo.
El rancho en espera
Antes de marchar, la casa se "tortiaba" con barro fresco. Ese sellado era una promesa de regreso; la vivienda permanecería cerrada, envuelta en ese abrazo de tierra seca, hasta que la familia volviera de los cañaverales.
En las alforjas se apretaba la supervivencia: pan casero, charqui y pasas, alimentos curtidos por el sol que debían resistir hasta el primer sobre de la quincena. Una quincena que se cobraría con el sudor del corte día y noche, donde el pago por tarea obligaba a juntar abrazaderas de caña hasta que los hombros no daban más.
Nadie se iba solo. Una familia del monte no abandona lo que ama ni lo que le da de comer: las mascotas y las gallinas subían al transporte, integrándose a ese caos de esperanza y necesidad.
La Quebrada del Indio: un viaje al borde del abismo
El trayecto era una herida abierta en la montaña. Los camiones de los Nievas o los Arjona desafiaban las curvas de la Quebrada polvorienta del Indio. Los hombres como mi abuelo, centinelas de la precariedad, viajaban en el "buche" del camión, sobre la cabina, aferrados a cañas huecas improvisadas mientras el vacío les respiraba en la nuca.
Atrás, el frío de la zona de Tafí congelaba los huesos. En los años 69' 70' 80', la dignidad se refugiaba bajo una carpa de lona cuando la lluvia arreciaba. Mi madre recuerda las lágrimas corriendo por rostros curtidos y el dolor de los calambres en las piernas pequeñas, entumecidas por la estrechez de un camión que trasladaba a varias familias a la vez.
Al bajar en alguna despensa-rancho antes de llegar a los valles bajos de Tafí, muchos caían de rodillas, no por devoción, sino por el rigor de un viaje que superaba cualquier límite.
Las cocinas de humo y mora
Una vez instalados en el destino, el eje de la vida era la cocina de mi Abuela. Allí, entre paredes improvisadas de cañas de bambú, ella libraba su propia batalla contra la leña de mora húmeda. La mora, caprichosa cuando tiene savia o rocío, no entrega su llama fácilmente; exhala un humo blanco, denso y punzante que envolvía a mi abuela hasta hacerla parecer un fantasma entre las ollas.
Con los ojos enrojecidos por el vapor, ella vigilaba el guiso que alimentaría a la peonada. Yo, yo la ayudaba a recorrer los zurcos cargando las viandas, llevando ese sabor a hogar en medio del aroma rancio del azúcar quemada.
Mi abuela no usaba el machete, pero con sus manos tiznadas y su temple, sostenía el hambre de todos mientras el mundo afuera solo hablaba de toneladas y mulas.
La infancia entre hojas de vidrio
En el cañaveral, el tiempo no se medía en horas, sino en heridas. La hoja de la caña es un cuchillo verde que tajea la piel; por eso las manos se envolvían en trapos, simulando guantes que nunca alcanzaban.
Mi madre las conoce bien desde niña, su destino fue ser cañera. A los siete años, mientras otros conocían juguetes, ella ya dominaba el machete y sentía cómo su espalda se deformaba bajo el peso de la carga. Ella, junto a otros niños, los pies descalzos subían las escaleras de madera para llenar los carros tirados por mulas o bueyes, animales de mirada triste que compartían el sacrificio en el barro pesado. No había otra forma, la Prole y su trabajo era otra forma de supervivencia.
Mi propio desafío era otro, en otro tiempo de la zafra, en los 80/ 90 atravesaba esos mismos cañaverales para llegar a la Escuela San José de Piedra Buena, en el kilómetro 5. Allí, el rigor no era el machete, sino la mirada ajena; la discriminación hacia los "niños cañeros" era un surco tan hondo como el de la plantación.
Y los fines de semana o en la tarde mi tarea como la de otros niños, eran juntar afata para limpiar el horno para el pan, o leña para hacer las empanadillas de batata que llego salíamos a vender a la vieja estación de Famaillá, donde el único disfrute era ver un tipo de zoológico que existía improvisado de animales exóticos.
El regreso
El retorno al Valle era el premio. El camión volvía cargado de naranjas, limas, pomelos y la preciada caña 4/13, la más blanda. Mi abuelo la enterraba en el suelo seco de Santa María para que conservara su jugo, esperando que el tiempo le diera ese color morado que era el manjar de nuestra tierra calchaquí.
En algún momento de los 80' el trasladarse en camión había dado fin con la tragedia, que dictó el fin de una era. Tras un accidente fatal en la "Vuelta del Fin del Mundo", se prohibió el transporte de personas en camiones. Empezamos a viajar en la Empresa Aconquija. El boleto lo pagaba el patrón, en aquel entonces los, Bartaburu.
Madrugábamos por el monte hacia la ruta provincial 17 para alcanzar el micro, llevando nuestras colchas para el frío del trayecto. Al llegar a la rotonda y transbordar al urbano "El Centauro" en Famaillá, seguíamos siendo "los otros", los extraños que venían del monte con el aroma del pimiento y la zafra pegado a la piel.
Aquella Crónica de la Cosecha comenzaba durante los meses de verano, cuando la comunidad entera se volcaba al trabajo del pimiento para pimentón. Era un esfuerzo colectivo; ahorrábamos con el único fin de poder trasladarnos y trabajar en las zafras.
La zafra, esa labor extenuante que se prolongaba durante meses, con una paga exigua cada quince días, pero allí habíamos conocido otra forma de salario: el salario familiar, que aseguraba el sustento de los hijos, aportes que decía mi abuelo a la larga podría soñar con jubilarse y otra forma, aquel aguinaldo final.
En ese entonces, viviendo en el monte, no sabíamos de leyes laborales ni de otra justicia que ese pago nos daba al terminar la temporada.
A pesar de quedar con las manos lastimadas por el rigor del clima y la tarea, sabíamos que, aunque el sistema nos olvidara, nuestra historia y nuestro sacrificio permanecerían vivos en los relatos que heredarían nuestros hijos.