jueves 2 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Bajo este mismo sol catamarqueño

Rodrigo L. Ovejero

Algunas mañanas tienen más posibilidades que otras, y en ésta que les voy a relatar no imaginaba yo, al momento de abrir mis ojos, que mis pasos me iban a llevar a tropezar con la magia de lo inesperado. Parecía una mañana normal, igual que cualquier otra, la mayoría de las mañanas se parecen entre sí.

Habiendo transitado unos cuantos años de este despropósito llamado adultez, puedo afirmar sin temor a equivocarme que pocas cosas que te cambian la vida ocurren de camino a la carnicería. No existe un relato épico ni una novela amorosa, ni tan siquiera un drama de hondo contenido humano que se inicie con el protagonista en búsqueda de un matambre de kilo, kilo y medio. Así que mientras me dirigía al comercio en cuestión, mis expectativas eran moderadas, el lastre de tantos atardeceres aquietando mi ilusión.

Entonces, cargando con esta sensatez propia de rutina, doblé por una esquina, y allí, bajo este mismo sol catamarqueño, encontré a Herbie, también conocido como Cupido Motorizado, estacionado por el destino en frente de mis ojos. El auto que fuera protagonista de una serie de películas de éxito mundial desandaba los estertores de la fama en el asfalto de mi ciudad. Lo miré un segundo, entusiasmado, y cuando mi vista se acomodó al resplandeciente mediodía advertí que, una vez más, la vida me había engañado.

Herbie era un Volkswagen Beatle –un modelo que además tuvo el honor de ser el vehículo de Francesco Dellamorte- y este auto que se presentaba ante mí ostentando el número 53 sin amague de vergüenza era un Fiat 600 –popularmente conocido como Fitito-. Otra decepción más, otro desengaño. Entendí entonces cómo debió sentirse un amigo muy cercano cuando me contó, muchos años antes, que había entrado a un kiosco porque estaba seguro de haber visto a Paul McCartney comprando un Termidor, y comprobó luego que se trataba de un vecino muy similar.

Fue una pena descubrir que no se trataba de una celebridad, de inmediato comprendí que una anécdota que tenía potencial para ser repetida incontables veces hasta el día de mi muerte (“El día que encontré a Herbie”) se había convertido, en una fracción de segundo, en otro sábado más (“El día que pensé que había encontrado a Herbie”) y que su destino inevitable era terminar en esta columna, el triste y solitario final de tantos otros sucesos mundanos. Pero lo que más lamenté fue no haber elegido otro lugar para estacionar, porque quizás, desde el ángulo correcto, solo habría alcanzado a advertirlo de reojo, con el auto en movimiento, y obviamente habría desechado la posibilidad enseguida, qué absurdo pensar en Herbie recorriendo las calles de mi barrio. Pero luego, haciendo el fuego, habría dudado por un segundo, y me habría preguntado si, al fin y al cabo, no habría sido posible. Entonces, la historia, gracias a la combinación de ficción y realidad, habría alcanzado su cenit (“El día que quizás encontré a Herbie”).

Seguí leyendo

Te Puede Interesar