ANÁLISIS

El Día Cero del agua: el drama de una ciudad

lunes, 2 de julio de 2018 · 04:00

Rodolfo Schweizer
Especial para El Ancasti


Si bien pensar sobre la posibilidad de que nos quedemos sin agua en nuestra región parece imposible debido a las tormentas que cayeron en verano, seríamos imprudentes creer que esto va a ser siempre así. Como ya lo dijimos varias veces en el pasado, el cambio climático puede darse en dos sentidos: o nos inunda o nos puede arrojar en una sequía que puede comprometer nuestro acceso al agua potable. Después de todo, no son pocas las veces en que sonó la alarma ante el nivel bajo de Las Pirquitas o ante la falta de suficientes pozos para abastecer de agua a una población en constante crecimiento como la nuestra. 
Justamente, para ilustrar este último caso dedicamos esta nota a Ciudad del Cabo, una ciudad sudafricana de unos 4 millones de habitantes que está a punto de quedarse sin agua por culpa de una sequía histórica.
Interesa lo que pasa en esta ciudad por razones geográficas e históricas, aunque esto último nada tiene que ver con lo climático. En lo que toca a lo primero, esta ciudad ubicada en la punta sur de África, ahí donde el Atlántico se transforma en el Océano Indico, está ubicada a la misma altura de Buenos Aires, o sea, más o menos, en el mismo paralelo y por lo tanto pasa por las mismas estaciones climáticas al mismo tiempo que nosotros. No pretendemos con esto establecer alguna conexión fatídica, pero nunca se sabe. 
Respecto a lo segundo porque Ciudad del Cabo nos recuerda a las invasiones inglesas allá por 1806. Según lo escribía nuestro distinguido escritor Paul Groussac a comienzos del siglo XX, la flotilla que invadió Bs. As. al mando de William Carr Beresford (el que hizo huir a Sobremonte) salió de allí, cuando ese lugar era dominio inglés. Es bueno recordarlo en estas épocas en que las fantasías del futuro pretenden borrar el pasado. 
Más allá de esto y como dice Sisa-Ntshona, directora de la Oficina de Turismo de Sudáfrica, la experiencia de cómo se maneja este problema en esta importante metrópoli va a aportar lecciones o experiencias para otros países que pasen o puedan pasar por la misma crisis, lo cual nos incluye obviamente. De esto se trata esta contribución al tema.
Ciudad del Cabo tiene hoy que enfrentar lo que ellos han bautizado como el “Día Cero”; el día en que la municipalidad probablemente se verá forzada a cerrar las llaves que permiten el ingreso de agua a la red pública, lo cual implicará que la población no tendrá agua en sus casas cuando abra las canillas. 
El “día cero” era el 22 de abril, que ahora, gracias a un trasvase solidario de millones de litros por parte de los agricultores que rodean la urbe se ha trasladado al 9 de julio. Esa agua proviene de diques privados que, curiosamente, están a unos 45 minutos de Ciudad del Cabo y fueron construidos por organizaciones de agricultores en el pasado, para hacer posible la labranza en esta zona árida.
Sin embargo, esos diques tienen dos límites. El primero es que no son grandes como para dotar de agua a una ciudad de 4 millones de personas. Fueron construidos para proveer riego, nada más. Lo segundo, que en todo dique no se utiliza toda el agua hasta la última gota, sino que siempre se debe dejar o simplemente queda un 13% de su capacidad sin usar por dos razones simples. La primera porque el agua de fondo es sucia y barrosa lo cual hace imposible su manejo y uso para la población; lo segundo porque puede estar contaminada con desechos orgánicos. Es bueno saber que esto es válido para cualquier dique en cualquier lugar del mundo, incluidos los nuestros. 
Por lo tanto, de no modificarse la situación, llegado el día fatídico, se cortará el suministro de agua a la ciudad totalmente, excepto a hospitales y puntos de abastecimiento comunitarios. Por eso ya se tienen previstos 200 lugares o bocas de suministro de agua controlados por el ejército. Los hoteles y escuelas serán cerrados. También se han preparado para enfrentar la aparición de enfermedades como el cólera e incluso disturbios.
La primera pregunta que la situación impone es cómo es posible que una ciudad como Ciudad del Cabo, moderna y europea en su estilo; una metrópoli el doble de grande de Córdoba o Rosario haya llegado al extremo de verse amenazada por la catástrofe de quedarse sin agua. La segunda es qué hicieron las autoridades para controlar la situación. La tercera cómo va respondiendo la población ante el problema.
Respecto a lo primero y según los medios las causas son claras: 1) La peor sequía del siglo. 2) El rápido crecimiento demográfico. 3) La velocidad del cambio climático. 
Al momento de reconocer la crisis la ciudad consumía 86 millones de litro por día. Para frenar el consumo se apeló primero a bajar la presión del agua en las cañerías de distribución. Lo segundo fue concientizar a la población sobre el problema y lo tercero imponer una restricción en el uso a partir del 1 de febrero. Esto último consistió en imponer un consumo máximo de 50 litros por día, por persona. 
La estimación sale de un cálculo simple: 18 litros para lavar platos y ropa; 15 litros para una ducha de 90 segundos; 9 litros para el inodoro; 3 litros para higienizarse; 2 litros para cocinar, 2 litros para beber y un litro para beber para un animal casero. El que se exceda recibirá una multa o una pena de cárcel o el escarnio público al revelarse la ubicación de los violadores. Suponemos que con la lectura remota de los medidores de agua ubicados en cada domicilio esto no es difícil de hacerlo. 
La respuesta de la población fue buena en general. Ahora todo el mundo tiene recipientes para medir el uso del agua y se ahorra en lo que se puede. Así, el agua usada en la cocción de alimentos o en la ducha es recirculada hacia las plantas. Otros individuos o familias con recursos y sin impedimentos físicos o de la edad prefirieron irse por un tiempo. Sin embargo, la situación ha expuesto las desigualdades sociales en este país, donde el 90% de la población es pobre. 
De todas maneras, el resultado de esta crisis es que hoy se consume la mitad del agua que se consumía un año atrás en la misma fecha. Esto hizo posible trasladar el “día cero” al 9 de julio. Mientras tanto, se espera con ansiedad que llegue mayo, que es cuando empieza la época de lluvias para salir de la crisis. El clima dirá.
El problema de Ciudad del Cabo no es nuevo. Grandes centros urbanos como Los Ángeles, San Pablo y Pekín ya lo han sufrido y tuvieron que restringir el uso del agua. California, que hoy todavía se está recuperando de la sequía de tres años entre 2012 y 2015, ahora parece que se encamina a otra. En aquella sequía la Sierra Nevada había llegado a acumular solamente un 5% de la nieve que debía tener, lo que obligó al gobernador de ese estado a requerir una reducción del 25% en el consumo humano. Ahora, a un mes de empezar la estación seca, ese cordón montañoso solo tiene acumulado un 30% de lo que debía tener, por lo que el desastre de otra sequía está a la vista. 
Volviendo a Sudáfrica, aquí la gente es optimista en un punto: creen que lo que están haciendo para enfrentar la crisis se va a transformar en solución de manual para el resto del mundo. Por lo pronto, la gente ya ha tomado consciencia de que no se puede ser descuidado con el consumo personal del agua; que todo tiene un límite en estos tiempos del calentamiento global; que si en una fecha del año se combinan un exagerado consumo de agua con una falta de lluvia, se va a tener que apelar a las reservas y a la imposición de una restricción en el consumo. Esto explica la reducción drástica impuesta a todos sus habitantes.
Que la gente haya aprendido a bañarse en 90 segundos ya ha trascendido del baño al cancionero popular, donde hasta las canciones de moda duran 90 segundos. Y no solo esto: la experiencia vivida por Ciudad del Cabo ha servido de lección a otras comunidades y ciudades cercanas y ha fortalecido a la sociedad demostrándole que cuánto más rápido se responde a una crisis, mucho mejor es la capacidad de la sociedad para superarla. 
Digno de mencionar también es que esta crisis con el suministro de agua ha impulsado la idea de innovar en el tema. Uno de los sectores que más ha aprendido de esta experiencia es el del turismo. En efecto, la gran hotelería que hasta ahora tomaba su consumo de agua de la red pública, ha empezado a construir sus propias plantas desalinizadoras de agua a partir del agua de mar. 
Este cambio de actitud se debe a una definitiva toma de conciencia sobre la importancia del turismo para un país donde 300.000 personas trabajan en el sector y que, en el pasado, se apoyaba económicamente en la explotación de materias primas u otros productos primarios. De lograr ese auto abastecimiento ya no tendrán que sugerirles a sus huéspedes que traigan sus propias botellas de agua cuando vengan a la ciudad, ni que dejen secar sus toallas al aire en vez de lavarlas para ahorrar agua.
Digamos, a modo de conclusión, que la experiencia que Ciudad del Cabo vive en estos momentos debe servir de ejemplo en dos aspectos. El primero, que el cambio climático y sus consecuencias es una realidad que no reconoce fronteras ni formas. Hoy una inundación, mañana una sequía es la norma. Segundo, que no todas las soluciones pasan por el Estado. Cerrar la canilla del agua mientras me lavo los dientes es una decisión personal ante la cual estoy yo solo, pero que repercute en todos.
La respuesta de esa gran urbe ante la crisis, además de alertarnos sobre la crisis climática y sus derivaciones, nos demuestra lo que la sociedad puede lograr cuando se combinan la honesta y capaz actitud del Estado con la voluntad de la gente para hacerse cargo de su situación. Dejamos para el lector reflexionar sobre dónde estamos parados en Catamarca y el país ante estos desafíos, personal y colectivamente.
 

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