La expansión de la fiebre chikungunya en el NOA, con un crecimiento sostenido de casos y la confirmación de transmisión local en varias provincias, constituye una señal de alerta que no admite dilaciones.
La expansión de la fiebre chikungunya en el NOA, con un crecimiento sostenido de casos y la confirmación de transmisión local en varias provincias, constituye una señal de alerta que no admite dilaciones.
El escenario actual presenta elementos que agravan la preocupación. No se trata ya de una serie de casos importados, sino de una circulación autóctona que se afianza en territorios donde las condiciones ambientales favorecen la proliferación del vector. La coexistencia con el dengue -en un contexto que las propias autoridades describen como de “cambio de patrón de circulación viral”- incrementa la complejidad epidemiológica y exige una respuesta integral, coordinada y sostenida en el tiempo.
En este punto, resulta indispensable enfatizar que las acciones de emergencia, aunque necesarias, son insuficientes si no se articulan con una estrategia de mediano y largo plazo. Los operativos territoriales, la vigilancia epidemiológica y la asistencia sanitaria deben ir acompañados de políticas públicas orientadas a modificar conductas sociales y hábitos cotidianos. La eliminación de criaderos no puede depender exclusivamente de intervenciones estatales esporádicas, sino que requiere de una ciudadanía informada, comprometida y consciente de su rol en la prevención.
Es aquí donde la experiencia acumulada en los operativos contra el dengue adquiere un valor central. En numerosas ocasiones, las campañas de descacharrado, los controles domiciliarios y las acciones comunitarias lograron contener brotes y reducir significativamente la incidencia de la enfermedad. Ese aprendizaje no puede ser desestimado ni dilapidado, sino sistematizado, replicado y perfeccionado frente a este nuevo desafío sanitario.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión radica en comprender que la prevención no es estacional. La lógica reactiva, que concentra esfuerzos únicamente durante los meses de mayor circulación viral, ha demostrado sus limitaciones. El invierno, lejos de ser un período de inacción, debe convertirse en una etapa clave para la erradicación de criaderos y larvas del mosquito vector. Es en ese momento cuando resulta posible intervenir con mayor eficacia sobre el ciclo biológico del Aedes aegypti, reduciendo de manera significativa la población de mosquitos antes de la llegada de las temperaturas más altas.
Esta perspectiva exige planificación, recursos y continuidad en las políticas públicas. Implica sostener campañas de concientización durante todo el año, fortalecer la educación sanitaria en escuelas y comunidades, y garantizar la coordinación entre los distintos niveles del Estado. También demanda un enfoque territorial inteligente, capaz de identificar zonas críticas y actuar de manera focalizada.
La situación actual, con el NOA como epicentro de un brote en expansión, ofrece una oportunidad y al mismo tiempo una advertencia. La Argentina cuenta con el conocimiento y la experiencia necesarios para evitar que el chikungunya se convierta en un problema sanitario de mayor envergadura. Pero para ello será imprescindible abandonar la lógica de la urgencia permanente y avanzar hacia una estrategia preventiva, sostenida y basada en la corresponsabilidad social.