¿Baja la pobreza o baja nuestra capacidad de medirla? Agnotología, dato oficial y el arte de producir ignorancia
Por Martín Altamirano, Natalia Martini y Marcelo Altamirano. IIEF – FCEyA - UNCA.
El gobierno argentino acaba de anunciar que la pobreza tocó su nivel más bajo en muchos años. Al mismo tiempo, celebra el aumento del empleo privado. Los datos son oficiales, provienen del INDEC y están respaldados por metodologías estadísticas. Sin embargo, al escuchar estas noticias, muchos sentimos una incomodidad difícil de explicar. Esa incomodidad tiene un nombre: agnotología.
La agnotología es el estudio de la producción cultural de la ignorancia. No se trata de mentiras directas, sino de cómo ciertos discursos, metodologías o encuadres generan dudas legítimas que terminan nublando el entendimiento público. La ignorancia no es solo ausencia de información, sino algo que puede fabricarse, incluso involuntariamente, a través de la forma en que se presentan los datos.
El gobierno publica una cifra exacta: el porcentaje de hogares por debajo de la línea de pobreza bajó drásticamente. El dato es formalmente cierto bajo las reglas del INDEC. Pero el problema no está en los números, sino en la regla con la que se miden. Aquí aparecen varios puntos centrales que alimentan la duda metodológica:
1. Ayudas sociales vs. salario real
El INDEC mejoró la captación de ingresos, especialmente de planes y transferencias sociales (AUH, Tarjeta Alimentar, Potenciar Trabajo). Eso hizo que muchos hogares declararan ingresos que antes no declaraban, inflando estadísticamente el ingreso familiar. Pero el problema de fondo es que los salarios y jubilaciones perdieron poder adquisitivo frente a la inflación. La baja de la pobreza no se explica porque la gente consiga mejores empleos, sino porque el Estado aparece como sostén directo del ingreso. Es decir: se depende más de la asistencia para no ser pobre, no de un salario digno.
2. El fantasma del alquiler
La canasta básica del INDEC supone que las familias ya son dueñas de su vivienda. Pero en la Argentina actual, alrededor del 20% de los hogares alquila, y los precios de los alquileres vienen subiendo muy por encima de la inflación general. Al no incluir este gasto, la canasta básica total es artificialmente más baja. Si se incorporara el alquiler, estudios privados estiman que la pobreza real sería mucho más alta que la publicada.
3. El timing del dato (efecto foto)
El INDEC mide por semestres. El gobierno mostró el promedio de un semestre que arrancó bien, pero consultoras privadas detectaron que la pobreza volvió a subir fuertemente en el último trimestre de ese mismo período. El dato oficial llega entonces como una "foto vieja": técnicamente correcta, pero desactualizada respecto de la tendencia actual.
4. La canasta desactualizada (el problema de fondo)
A todo esto, se suma el problema estructural: la canasta básica del INDEC se basa en un relevamiento de consumo de hace casi 20 años (2004/2005). Desde entonces, la estructura de gastos de los hogares argentinos cambió por completo. Al usar una canasta vieja, se subestima sistemáticamente el costo real de vida.
El mismo mecanismo, otro ejemplo: cuando ser cuentapropista "es mejor" que ser empleado formal
El gobierno también anuncia que aumentó el empleo privado. La afirmación es técnicamente cierta: creció la cantidad de personas con ingresos registrados. Pero ese crecimiento se explica casi exclusivamente por el aumento de monotributistas, muchos de los cuales son cuentapropistas de baja facturación.
Aquí aparece la trampa agnotológica en su máxima expresión: a efectos de la métrica oficial, resulta "mejor" ser cuentapropista que empleado formal. ¿Por qué? Porque un trabajador en relación de dependencia que pasa al monotributo sigue contando como "empleo registrado", pero ahora aporta mucho menos al sistema de seguridad social. El número total de ocupados registrados sube o se mantiene, mientras que el empleo asalariado formal (el que realmente financia las jubilaciones) cae.
El problema no es que el cuentapropista sea malo. El problema es que la estadística los vuelve indistinguibles: un monotributista que perdió su empleo formal y hoy factura servicios por dos pesos aparece en la misma casilla que un trabajador estable con aportes plenos e incluso puede decir que gana más dinero en el corto plazo.
La consecuencia concreta es el desfinanciamiento del sistema previsional. A corto plazo, el gobierno muestra una curva ascendente del "empleo privado" y de los ingresos. A largo plazo, hay menos recursos para jubilaciones y pensiones. Pero esa relación de causa-efecto queda enterrada bajo la buena noticia.
¿Dónde aparece la agnotología en todo esto?
En ambos casos, el gobierno no miente. Publica datos verdaderos bajo metodologías públicas y conocidas. Pero al hacerlo, genera un estado de duda razonable en la ciudadanía. La discusión se vuelve técnica: ¿es válida la canasta? ¿debería actualizarse? ¿el ingreso por planes es lo mismo que el ingreso por trabajo? ¿un monotributista es equivalente a un empleado formal?
El resultado práctico es que la población no sabe si creer o no. La ignorancia no es falta de datos, sino exceso de ruido metodológico. Y en ese ruido, el relato del gobierno gana tiempo, aunque la realidad social no haya cambiado tanto o incluso haya empeorado en dimensiones clave.
Conclusión
La agnotología no denuncia una conspiración. Señala un mecanismo sutil: cuando una verdad estadística convive con una metodología deficiente, el debate público se empantana. Lo que debería ser una noticia clara (la pobreza bajó, el empleo creció) se convierte en una grieta interpretativa (¿bajó de verdad? ¿creció de verdad?).
Por eso, ante los anuncios oficiales, no está mal sentir dudas. No es negacionismo. Es haber aprendido que, a veces, el dato más preciso puede ser también el más engañoso. Y que el indicador que mide no es neutral: cuando la métrica se redefine silenciosamente, lo que antes era "peor" puede aparecer como "mejor" sin que la realidad haya cambiado un solo milímetro.