EDITORIAL

Fantasmas inquietantes

jueves, 12 de julio de 2018 · 04:02

Las restricciones presupuestarias que apura el gobierno nacional, contenidas explícitamente en el acuerdo que firmó con el Fondo Monetario Internacional, tienen como objetivo declarado reducir el déficit fiscal. El decreto dictado por el presidente Mauricio Macri, publicado este martes en el Boletín Oficial, está enderezado hacia ese propósito. 

La gestión de Cambiemos, que asumió con un déficit del 5,1 por ciento del PBI, fracasó en sus primeros dos años en los intentos de reducirlo. El año pasado alcanzó, según las cifras oficiales, el 6,0 por ciento. Se espera que en lo sucesivo el gasto público baje considerablemente. 

Pero tales afanes de austeridad, necesarios por cierto, apenas sirven para compensar los recursos que se van de las arcas del Estado vía fuga de capitales y creciente pago de intereses de la deuda. La ecuación se explica porque, así como el gobierno kirchnerista se financió a través de la emisión monetaria, mecanismo que tiene su costo, el actual gobierno lo hace mediante abusiva emisión de deuda, que también lo tiene.

Si en el 2015 los servicios de la deuda implicaban el 6 por ciento del gasto total, en 2018 alcanzarán casi el 14 por ciento. Lo que equivale a la suma de los presupuestos de las áreas de Salud, Promoción y Asistencia, Educación y Cultura, Ciencia y Técnica y Trabajo. 

El ajuste de las cuentas impulsado ahora con más énfasis, previsiblemente restringirá la actividad económica, y consecuentemente generará, en el corto plazo, menores ingresos tributarios al Tesoro nacional. De modo que las pretensiones de achicar el déficit fiscal encontrarán en esa mengua su propia restricción. Bajan los gastos, también los ingresos y aumenta el pago de intereses de la deuda que se contrae para lograr el equilibrio. Para muchos economistas críticos del actual modelo, se trata de un círculo vicioso en el que el déficit se mantendrá, pero con una economía reducida y el deterioro de los índices sociales.

No deja de sorprender, al mismo tiempo, que el Fondo Monetario Internacional, organismo manejado por los países centrales, recomienden para nuestras naciones subdesarrolladas recetas de austeridad fiscal que los propios países centrales no practican. Según los datos del propio FMI, durante 2017 Estados Unidos tuvo un déficit del 4,6 por ciento del PBI. Francia alcanzó el 2,6 por ciento, Japón el 4,2 por ciento, el Reino Unido el 2,3 por ciento y China el 4 por ciento. La exigencia de no gastar más de los ingresos al parecer no corre para los poderosos.

Llama la atención que entre las estrategias concebidas para achicar y, en lo posible, eliminar el déficit fiscal, no se ponga énfasis en la necesidad de revertir la tendencia de la balanza comercial, cuyo saldo negativo es en lo que va del año histórico. 

Reactivar la economía fomentando la producción nacional, incrementar las exportaciones y regular el ingreso de productos importados, sobre todo los que se producen en el país, son recetas ni siquiera contempladas por el equipo económico nacional. La apuesta es siempre según los criterios de la ortodoxia económica, la misma que llevó a la Argentina a debacles que perduran como fantasmas inquietantes en la memoria de todos.
 

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