Los acuerdos comerciales que Mauricio Macri empezó a pergeñar con Estados Unidos durante la presidencia de Barack Obama y siguió con la de Donald Trump, son presentados por el Gobierno nacional como una evidencia de la inserción exitosa de la Argentina en el mundo luego de tantos años de presunto aislamiento.
Sin embargo, estos tratados no están teniendo los réditos esperados. Esta semana se conoció que al logro del ingreso de limones argentinos al país del norte que implicarán para los productores argentinos 50 millones de dólares al año, hay que contraponerle el perjuicio que significa para los criadores locales la autorización luego de muchos años del ingreso de carne de cerdo estadounidense.
Pero el menoscabo más importante para la economía nacional se relaciona con la decisión adoptada por el gobierno norteamericano a pocos días de la visita del vicepresidente Mike Pence, respecto la imposición de aranceles de 57% promedio a la importación de biodiésel argentino, medida que pone en peligro 6.000 puestos de trabajo directos en el país y 1.300 millones de ingresos por la exportación de ese producto.
Las experiencias de otros países latinoamericanos no han sido mejores. En 2012 Colombia firmó un tratado de libre comercio con Estados Unidos, convenio que fue caracterizado por el presidente Juan Manuel Santos como “una gran oportunidad”. Sin embargo, al cabo de un año las exportaciones colombianas a EE.UU. se habían reducido en un 8% mientras que las ventas de EE.UU. a Colombia habían registrado un aumento del 15%.
La política “aperturista” con escasas restricciones en materia de comercio exterior del Gobierno nacional ha surgido en diciembre de 2015, que además aspira a celebrar Tratados de Libre Comercio (TLC) con las principales potencias mundiales, tiene pocos éxitos que exhibir. La caída de las exportaciones y el incremento de las importaciones en términos globales han provocado que el déficit comercial de la Argentina en el primer semestre del corriente año alcance los U$D 2.613 millones, el más alto desde 1994, cuando llegó a los U$D 2.909 millones.
Incluso hay documentos oficiales que advierten sobre los perjuicios del libre comercio con países cuya economía es mucho más desarrollada. Un paper de Cancillería filtrado hace unos meses alertó que un eventual tratado de esas características con la Unión Europea le podría acarrear a la Argentina una pérdida cercana a los U$D 1.000 millones.
Especialistas en comercio exterior señalan también que los TLC tienen consecuencias que exceden lo económico, pues suelen incluir temáticas relacionadas con la propiedad intelectual de patentes de medicamentos, semillas, software, telecomunicaciones, servicios y compras públicas, en las que siempre lleva las de ganar la potencia más poderosa.
Tal vez sea hora de reflotar el Mercosur como herramienta que les permita a los países que lo integran negociar los acuerdos comerciales con más espaldas políticas y recursos económicos. Pero las conducciones políticas de los principales países que lo integran -Brasil y Argentina-, no han mostrado mucho entusiasmo en fortalecer esta estructura surgida hace ya casi tres décadas.