Cuando se piensa en la producción agropecuaria en la Argentina se habla de "el campo”. Pero "el campo” es una entelequia, un concepto difuso que requiere de precisiones que raramente se hacen.
Cuando se rememora el conflicto entre el gobierno de Cristina Kirchner y "el campo” por la resolución 125, hay que decir que ese "campo” era el de los productores a gran escala de soja u otros cultivos de exportación, mayoritariamente situados en la zona núcleo de la Pampa Húmeda.
Es el mismo "campo” que hoy obtiene ganancias extraordinarias gracias a la política de baja o eliminación de retenciones implementada por el gobierno de Cambiemos.
Hay otro "campo” del que se habla mucho menos y que está padeciendo una profunda crisis. Son los productores a pequeña escala, los que practican agricultura familiar y tienen enormes problemas vinculados a la propiedad de la tierra, a la comercialización, al acceso al crédito y la tecnología, y a la rentabilidad en general.
En Catamarca esos productores son amplia mayoría, miles de familias que habitan tierras marginales en los departamentos del interior provincial.
Tanto en nuestra provincia como en el resto de las jurisdicciones, los agricultores familiares son los que producen mayoritariamente los alimentos para el consumo interno.
Por los problemas estructurales que padecen, requieren de un permanente acompañamiento estatal. Pero en los últimos años, el área de Agricultura Familiar del gobierno nacional –en los últimos meses se decidió desjerarquizarla, bajándola de Secretaría a Subsecretaría- ha sido desfinanciada, de modo que el apoyo hacia los productores ha decaído sustancialmente, haciendo peligrar en muchos casos la sustentabilidad de los emprendimientos.
Esta política ha merecido la calificación de "vaciamiento” por parte de los trabajadores de la propia subsecretaría, porque no solo han visto decaer los fondos orientados a asistir a los pequeños productores sino que también se han producido despidos que han resentido el factor recursos humanos, tan o más importante que el financiero.
A estos factores sectoriales deben sumárseles otros relacionados con la situación general del país: el incremento sostenido de los costos de producción, la caída general del consumo y la apertura de importaciones de productos agropecuarios de países vecinos e incluso de otros continentes, han resentido aún más la rentabilidad de este sector históricamente vulnerable.
El combo nocivo se completa con el escaso dinero que reciben los productores primarios de alimentos en comparación con lo que ganan eslabones que se encuentran en las etapas de intermediación de la cadena que va desde la producción a la góndola.
Cuando el Presidente de la Nación habla del objetivo de convertir a la Argentina en el supermercado del mundo, debería pensar en cómo promocionar la actividad productiva de los agricultores pequeños o familiares, porque si bien resulta ambicioso pensar en cómo nuestro país le venderá alimentos a los otros países, es necesario como paso previo garantizar la rentabilidad de los que comercializan esos productos en el mercado interno.