lunes 6 de abril de 2026

Recordando a Mons. Gerardo Sueldo

Señor Director:

En las primeras horas de la mañana del 4 de setiembre de 1998 una gran congoja invadió el espíritu a los fieles católicos de todo el país. En un extraño y no aclarado accidente automovilístico, había perdido la vida el Padre Sueldo, conocido así por los fieles cristianos de Catamarca.



A 15 años de la desaparición física de nuestro distinguido sacerdote, quiero recordarlo con estas líneas. Conociendo los rasgos que conformaron su personalidad, no hubiere visto con agrado que se resaltara las muchas virtudes con las que fue bendecido y que con humildad las practicó, sobre todo en el servicio que supo entregar a las comunidades que perteneció.



Toda la labor pastoral de este sacerdote tuvo como mira a Cristo. Pero a un Cristo encarnado en cada uno de los hombres. Sobre todo en los más débiles. En los hermanos para los que no hay justicia, como lo sintió y compartió con los originarios del Chaco salteño o los excluidos de Santiago del Estero. Allí pagó el costo de predicar el evangelio. De haber llevado una vida cómoda, recluido en su palacio episcopal y sirviéndose de su condición de obispo, seguramente que no hubiere tenido el fin que tuvo.



Para Monseñor Sueldo, la vida era un compromiso permanente con sus hermanos. El estudio serio y concienzudo de la realidad de la gente, lo sentía como insoslayable para predicar la Palabra de Dios. Ella nutrió su vida de sacerdote. Su ministerio sacerdotal tenía sentido solo en la interpretación y predicación del Mensaje de Cristo. Por ello, nunca silenció las injusticias. Jamás calló ninguna conducta contraria a los principios propuestos en el evangelio. Esto acarreó, por cierto, incomodidad en algunos sectores del poder, que no dejaron de hacerlo aparecer como un hombre con ideas peligrosas.



La vida de este insigne sacerdote nos hace pensar a los cristianos que -como decía Teresa de Calcuta- si no vivimos para servir, no servimos para vivir. En realidad, este es un principio evangélico, que es como un eje central en la vida del que quiere vivir este mensaje. No hay otra. Si uno quiere seguir a Cristo, tiene que hacerse un servidor de los demás. Este principio de vida cristiana, lo encarnó nuestro querido Padre Sueldo. En él, la idea era meridianamente clara: sintiéndose guía o conductor de la comunidad, fue su primer servidor. Esto no es una tarea sencilla. Es una exigencia por demás dura. En el contexto del evangelio, es una condición para ser cristiano. Por eso su suerte fue la de su Maestro. Murió como fiel testigo del mensaje que predicó.



Mirando el espectro social en relación al servicio que deben prestar quienes son los guías de la comunidad, me pregunto: ¿son verdaderos servidores o se sirven de esa condición? Quienes ejercen el poder político hasta los sacerdotes, ¿en qué dirección están? ¿Tienen algún paradigma que direccione el quehacer de conductores? Al fin son asuntos que se deben plantear permanentemente los responsables de estar al frente de una comunidad. Si no se hace, quien sabe si se están haciendo bien los deberes.



Monseñor Sueldo vivió en total compromiso con el hombre y la realidad en el lugar que le tocó actuar. No fue por otra razón el impacto que causó en la comunidad nacional la noticia de su muerte. Por otra parte, esta actitud de vida molestó a ciertos hombres del poder político como también a determinados sectores de la Iglesia. A quienes hemos leído la Biblia alguna vez, esta situación nos retrotrae a la experiencia de vida en los profetas del Antiguo Testamento. Denunciar la injusticia padecida por los pobres era el delito de estos hombres de Dios.



Por cierto que sobran los méritos para recordar al distinguido sacerdote catamarqueño. Sobran las razones para no olvidar a este hombre de bien, a este estudioso de la realidad regional, al sacerdote comprometido con la realidad humana y a un ser que amó profundamente al hombre, al que sintió como verdadero hermano. Fue un fiel intérprete y predicar del Mensaje de Cristo. Monseñor Sueldo fue nada menos que un predicar del amor entre los hombres, que no es otra cosa que el amor a Dios. ¡Cómo no recordarlo!

Lorenzo Aybar



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