Las anclas nominales del arranque
Desde el inicio de su gestión, el gobierno implementó un conjunto de medidas orientadas a estabilizar nominalmente la economía.
De las anclas ficticias al virreinato financiero: cómo la economía argentina se sostiene sobre dólares prestados, expectativas desalineadas y una política sin reputación.
Por Guillermo Andrada. Senador nacional
Desde el inicio de su gestión, el gobierno implementó un conjunto de medidas orientadas a estabilizar nominalmente la economía.
El programa comenzó con una fuerte devaluación inicial, seguida por la licuación de pasivos del Banco Central, trasladados luego al Tesoro mediante instrumentos como las LEFI (Letras Fiscales del Tesoro) y la reestructuración de la deuda comercial a través de los BOPREAL (Bonos para la Reconstrucción de una Argentina Libre).
A esto se sumó un ajuste fiscal concentrado en partidas sensibles: transferencias a provincias, jubilaciones y universidades.
Detrás de esta ingeniería financiera subyace una lógica clara: la búsqueda simultánea de un ancla cambiaria y un ancla salarial permanente, con restricción de paritarias libres, sostenida en la entrada transitoria de dólares y sin abordar los problemas estructurales de competitividad y productividad.
Con una política de minidevaluaciones controladas (crawling peg), el gobierno logró surfear los primeros meses, manteniendo un tipo de cambio bajo sostenido por ingresos extraordinarios.
El primer tramo del plan mostró cierta coherencia: una balanza comercial positiva en torno a los USD 18.000 millones (que este año se estima en solo USD 6.000 millones) y un blanqueo por cerca de USD 30.000 millones.
Pero ese oxígeno se utilizó para reforzar anclas nominales, sin corregir el desalineamiento cambiario estructural.
Luego llegaron los ingresos de dólares no genuinos: BONTE, REPO e incluso la entrega de oro.
Así se consolidó el principal desalineamiento actual: un tipo de cambio artificialmente bajo, sin relación con los fundamentos de la economía real.
Cada vez que el desequilibrio cambiario amenaza con manifestarse, el gobierno recurre a una nueva fuente transitoria de divisas para contenerlo:
Desahorro privado. La combinación de devaluación inicial y caída de ingresos forzó a empresas y familias a vender dólares para cubrir gastos corrientes. Menor ahorro es menor inversión futura, menor stock de capital y menor productividad.
“Carry trade”. La bicicleta financiera atrajo divisas especulativas: los capitales golondrina bajaron el dólar paralelo de $1.500 a $1.050 hacia fin de año. Fue calma efímera.
Blanqueo. Sostuvo transitoriamente la calma, sin impacto real en inversión ni empleo.
FMI y REPOs. El paquete por USD 20.000 millones prometía paz cambiaria hasta 2026, pero se agotó en apenas cuatro meses. El “prestamista de última instancia” devino respirador artificial.
Liquidación extraordinaria de exportaciones. Ingresaron USD 7.000 millones que contuvieron la presión cambiaria por solo diez días.
Agotadas estas vías, el gobierno acudió al prestamista de “recontra última instancia”: el Tesoro de Estados Unidos, sumado a un nuevo puente de swap.
Una escena inédita: el Banco Central y el Tesoro convertidos en un virreinato financiero, sostenido por dólares prestados y decisiones ajenas.
Lejos de ser una señal de éxito, el atraso cambiario es incompatible con una estructura productiva que arrastra un bajo stock de capital físico y una productividad estancada.
Las máquinas que se rompen no se reemplazan, las que se desgastan no se reparan y cada vez hay menos capital funcionando.
Además, la principal fuente de divisas del país continúa concentrada en sectores primarios commodities y energía, de rentabilidad volátil y bajo valor agregado.
El deterioro del capital no es lineal: posponer mantenimiento y reposición encarece las correcciones de manera exponencial.
Por eso, en economías como la argentina, un tipo de cambio real alto no es una preferencia ideológica, sino una condición necesaria para el equilibrio macroeconómico y la competitividad internacional.
En síntesis, cada vez cuesta más ser productivos.
Y esa dificultad se agrava en un contexto de recesión ya indisimulable, donde el consumo —que históricamente representa cerca del 70% del PBI— se contrae, afectando el corazón mismo de la demanda interna y dejando en evidencia el agotamiento financiero de los hogares, reflejado en la creciente morosidad de tarjetas de crédito y préstamos personales.
Toda política económica se financia con crédito a la expectativa: la confianza social.
Pero cuando el Ejecutivo insiste en un dólar “de equilibrio” que la sociedad juzga inviable, las decisiones privadas se mueven en sentido contrario: se demandan divisas, se adelantan coberturas y el programa pierde reputación.
Y sin reputación, no hay ancla: hay parches.
La política económica deja entonces de coordinar expectativas para convertirse en una fuente de incertidumbre.
La confianza, que alguna vez fue su principal activo, se transforma en pasivo.
Los pueblos que olvidan su historia financiera están condenados a revivirla, pero siempre con menos ahorros y más promesas.
Argentina repite una secuencia conocida: querer vivir con un dólar barato que se escurre por múltiples vías —importaciones, turismo emisivo y ahorro no bancarizado que se transforma en activos externos.
No hay estabilización posible sin recuperación del capital físico, mejora del capital humano y asignación eficiente de recursos.
Atrasar la obra pública no es ahorro: si una ruta no se arregla, por cada dólar “ahorrado” hoy se necesitarán diez mañana para reconstruirla.
Ese mismo principio aplica a la economía: cuanto más se pospone la corrección, más costosa será la crisis.
Estamos ante un plan que promete un horizonte que nunca llega.
La zanahoria siempre se aleja, mientras los costos se acumulan y la paciencia social se agota.
Los esfuerzos exigidos no se traducen en resultados: el tiempo pasa, pero las promesas no se cumplen.
Toda política económica se financia con crédito a la expectativa. Pero cuando ese crédito se malgasta, se rompe el contrato implícito con la sociedad. Se pidió esfuerzo a cambio de estabilidad; lo que llegó fue frustración sin horizonte.
Hoy el problema ya no es solo económico: es político. La inconsistencia que comenzó en los balances del Banco Central se trasladó al corazón del poder.
Un modelo sostenido con dólares prestados, salarios comprimidos y una economía real en retroceso agota no solo las reservas, sino también la legitimidad.
La historia argentina enseña que ningún gobierno puede mantener indefinidamente un tipo de cambio artificial, un salario deprimido y una promesa de futuro que no llega.
Tarde o temprano, la política choca con la economía —y cuando eso ocurre, la economía siempre tiene la última palabra.