En un contexto de creciente pobreza (hay cuatro millones de pobres más en la actualidad que respecto de diciembre pasado), el desperdicio de los alimentos en la Argentina es un verdadero drama. La referencia no es solamente a los alimentos que el gobierno nacional dejó vencer en depósitos, o no entregó en tiempo y forma mientras la demanda crece exponencialmente, sino a un fenómeno que se da habitualmente por ineficiencia del sistema de producción, transporte y comercialización. Y que no es patrimonio exclusivo del país, sino que se repite, con mayor o menor gravedad, en todos los países.
Según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, según su sigla en inglés), Argentina pierde y desperdicia más de 16 millones de toneladas de alimentos por año. La diferencia entre pérdida y desperdicio es clara: las pérdidas ocurren en los niveles primarios de producción, en la poscosecha o en el procesamiento de las cadenas de producción. El desperdicio, en cambio, durante la comercialización y el consumo a nivel doméstico.
A nivel mundial, con los alimentos que se pierden o desperdician se podría alimentar a 2 mil millones de personas. La FAO calcula que aproximadamente unas 815 millones de personas son las que sufren hambre.
No hay en la Argentina solamente una descripción del problema. También algunos expertos están aportando elementos para ir morigerando estas pérdidas y desperdicios. Investigadores del Conicet señalan medidas que podrían contribuir a reducir esas cifras.
Ariel Vicente, uno de esos investigadores explica que “existen varias alternativas para evitar estos desechos. Una es reducir el consumo o pensar en un consumo responsable, como comprar acorde a lo que se va a consumir. Es cierto que existen varias metodologías para conservar los alimentos refrigerarlos, congelarlos, deshidratarlos, producir conservas o confituras y que no se deterioren. El secreto es avanzar en la incorporación de estas estrategias de conservación que a su vez suelen agregar valor tanto a nivel productivo como de los consumidores. Otras estrategias para reducir el impacto negativo ambiental derivado de las pérdidas y desperdicios incluyen la reutilización y el reciclaje”.
La pérdida y desperdicio de alimentos tiene además un impacto negativo sobre el ambiente: generan gases de efecto invernadero. Otro investigador, Rubén Olmedo, propone en este sentido cuidar el ambiente evitando invertir recursos para producir alimentos que después serán pérdida o bien, por el contrario, invertir en cambios, como utilizar un agroquímico menos nocivo para el suelo y modificar prácticas que aporten a un desarrollo sustentable de lo agrícola”.
Lo cierto es que la eficientización del proceso de elaboración, transporte y comercialización de alimentos requiere de aportes técnicos que deben atenderse. Pero también es central concientizar a la ciudadanía desde la educación inicial y a través de todo el proceso de escolarización respecto de la necesidad de reducir la cantidad de alimentos que se desperdician en un país y un mundo donde el hambre sigue siendo un flagelo.n