El acelerado crecimiento del crédito otorgado por billeteras virtuales y entidades no bancarias comienza a exhibir con nitidez sus aristas más preocupantes. Lo que en un inicio fue presentado como una herramienta de inclusión financiera, capaz de ampliar el acceso al crédito a sectores tradicionalmente relegados del sistema bancario, se está transformando, para un número creciente de usuarios, en una trampa de difícil salida.
La morosidad en el segmento fintech ha escalado hasta niveles cercanos al 25%. Se trata de una proporción alarmante, especialmente si se la analiza en perspectiva temporal. En apenas un año, el índice de incumplimiento se triplicó, pasando de un 8% a un 24%, lo que revela un deterioro significativo de la capacidad de pago de los deudores.
Las consultoras EcoGo y 1816 han estudiado el fenómeno y coinciden en que no se trata de desajustes puntuales en determinadas plataformas, sino de una problemática extendida a todo el sector. La persistente pérdida del poder adquisitivo, la inestabilidad de los ingresos y la creciente precarización laboral configuran un escenario en el cual amplias capas de la población recurren al crédito no como instrumento de inversión o mejora patrimonial, sino como recurso para sostener gastos corrientes.
En ese contexto, las condiciones en que se otorgan estos préstamos agravan el cuadro. Las tasas de interés, que en muchos casos cuadruplican los índices inflacionarios, resultan claramente asfixiantes. Lejos de facilitar la recomposición financiera de los usuarios, contribuyen a consolidar un círculo vicioso de endeudamiento creciente. No sorprende, entonces, que una proporción significativa de estos créditos no esté simplemente en situación de atraso, sino que haya ingresado en una categoría más preocupante: la de deudas prácticamente impagables.
Los informes señalan, en este sentido, que alrededor de 8 de cada 100 créditos ya son considerados “irrecuperables”. A ello se suma un dato particularmente inquietante: las familias destinan, en promedio, un tercio de sus ingresos mensuales al pago de estos compromisos. Tal nivel de exposición financiera resulta, a todas luces, insostenible en el mediano plazo.
Otro rasgo distintivo de este fenómeno es el perfil de muchos de sus usuarios. La facilidad de acceso, con escasos requisitos, sin garantías y mediante procesos prácticamente instantáneos, ha abierto las puertas del crédito a segmentos jóvenes, en numerosos casos sin experiencia ni educación financiera suficiente para dimensionar los riesgos asumidos. La constante proliferación de ofertas y promociones, que presentan estos productos como soluciones rápidas y sin costos aparentes, contribuye a una toma de decisiones muchas veces irreflexiva.
En definitiva, el problema no radica en la existencia de nuevas formas de intermediación financiera —que, bien reguladas, pueden cumplir un papel positivo—, sino en el contexto en el que estas operan. Mientras no se verifique una mejora sustantiva en los ingresos reales de la población, y en tanto no se establezcan marcos regulatorios que eviten prácticas crediticias abusivas, la expansión de este tipo de endeudamiento continuará profundizando la vulnerabilidad de amplios sectores sociales.