miércoles 1 de abril de 2026
Algo en qué pensar mientras lavamos los platos

Decepciones giratorias

Por Rodrigo L. Ovejero

Es curiosa la manera en la que el universo se empecina en decepcionarnos una y otra vez. En mi caso, reflexiones de los últimos días me han llevado a advertir que tengo una llamativa racha de desilusiones muy específicas a las que daré a llamar - al menos a efectos de esta columna - decepciones giratorias.

Corría el año 1987 - o caminaba, no me consta que estuviera apurado - cuando sufrí la primera de mis decepciones giratorias. En ese año fuimos de vacaciones a Bariloche, y en la cima de un cerro visitamos una confitería. No era una confitería cualquiera, tenía la cualidad de girar sobre sí misma para facilitar la apreciación del paisaje a sus comensales. En la inocencia de aquella edad, yo imaginé un movimiento más veloz, esperaba encontrarme con mozos haciendo equilibrio y comensales cuanto menos atentos a los vaivenes de la gravedad. En lugar de eso me di con que solo el anillo en el que se ubicaban las mesas giraba, y a una velocidad que, a ojos ansiosos, equivalía casi a la inmovilidad.

Más de una década después, conozco la casa giratoria de Córdoba. Su nombre es engañoso, en todo caso sería más correcto la casa que giraba, pues su mecanismo ya no funciona. Poco tiempo después, un día soleado mientras camino por las calles aledañas me encuentro con la casa montada en un camión enorme, una casa que se cambia de lugar, la mudanza de Schrodinger. Ahora la casa ya no gira pero se desplaza. La última vez que la vi giró - es un decir - por calle San Lorenzo.

Empiezo a advertir un patrón: las cosas que giran me decepcionan, no giran con la energía que espero, o no giran en absoluto.

Unos años después mis sospechas se ven ratificadas por la que es, hasta la fecha, mi última decepción giratoria. Se acerca mi regreso definitivo a Catamarca y caigo en la cuenta de que no puedo irme de Córdoba sin conocer el zoológico, así que una tarde de esas me llego hasta ahí, y ese mismo día conozco la noria construida por Gustave Eiffel en esa zona. Esta vuelta al mundo tampoco gira, al contrario, su abandono es total, apenas unos carteles empalidecidos refieren su condición histórica y la salvan de lo que sería una ruina total. Tiene esa quietud particular de las cosas que están quietas hace muchos años. Me decepcionan las cosas que giran, otra vez.

Pero soy empecinado y considero que el éxito es cuestión de insistencia, así que está en mis planes conocer Londres, la capital inglesa, y emulando a los héroes de esa fenomenal obra literaria llamada Las cenizas de Stephen, subir al London Eye, la tradicional noria ubicada junto al Támesis.

Si ese día ocurre algo inusual, cualquier contratiempo que le impida girar como de costumbre, ya sea un atentado terrorista o un desperfecto sencillo, empezaré a pensar que mis decepciones giratorias no tienen remedio.

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