Hay un instante, breve pero decisivo, que se repite todos los días.
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El 24 de marzo también es tu día
Por Mayco Alejandro Macias. Desde Fray Mamerto Esquiú - 24 de Marzo de 2026.
Sucede cuando encendés la moto para ir a trabajar. Cuando encontrás el equilibrio y empezás a pedalear. Cuando te calzás lo que tengas y salís a caminar. O cuando girás la llave del auto y esperás ese segundo en que el motor responde.
Ese momento —mínimo, cotidiano— es una pequeña explosión. Un inicio. Una decisión.
Y sin embargo, este 24 de marzo de 2026 no es un día más. Es tu día.
Es el día para detener esa inercia diaria y hacer una síntesis. Para mirar de frente lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía nos debemos. Para dejar atrás lo que pesa… aunque sepamos que lo viejo no es sólo pasado: es estructura. Es esa maquinaria pesada que no se ve, pero condiciona. Que no se mueve, pero define. Que no estalla, pero oprime.
Porque la historia no es liviana. Y mucho menos en Argentina.
A 50 años del golpe empresarial, cívico y militar de 1976, no hablamos sólo de una fecha. Hablamos de medio siglo de lucha persistente, contradictoria, profunda. Una lucha que no fue lineal ni cómoda, pero que se sostuvo con una convicción inclaudicable: que el terror no puede ser norma, que la desaparición no puede ser política, que el silencio no puede ser destino.
Durante la dictadura, el Estado secuestró, torturó, violó, asesinó. Pero también intentó imponer algo más profundo: el “no”.
El no a la memoria.
El no a la verdad.
El no a la historia.
Ese “no” que todavía resuena en frases que buscan relativizar lo irrefutable. Ese murmullo que intenta negar lo que está escrito en la sangre y en la memoria colectiva.
Y desde Catamarca, esa memoria también tiene nombre propio.
No se puede hablar del 76 sin mirar el 74. Sin recordar Capilla del Rosario. Sin preguntarnos qué fue lo que realmente se intentó borrar. Porque no se trató sólo de eliminar personas: se buscó desarticular proyectos, cortar procesos, desactivar sueños colectivos.
¿Fue sólo un genocidio o también un intento de borrar una forma de pensar, de organizarse, de imaginar otro país?
¿Desaparecen las ideas cuando desaparecen los cuerpos?
¿O sobreviven, transformadas, en cada generación que se anima a preguntar?
Las preguntas incomodan. Y está bien que así sea.
¿Qué hubieras hecho vos si sabías que venían por vos?
¿Y si era por alguien que amabas?
¿Qué decisiones hubieras tomado?
¿Hasta dónde hubieras resistido?
No son preguntas del pasado. Son preguntas del presente.
Porque el pasado no está muerto. Está latente. Se filtra en nuestras instituciones, en nuestra economía, en nuestras desigualdades. En las deudas que se repiten. En los condicionamientos externos. En las decisiones que parecen inevitables.
Por eso, este 24 de marzo no es sólo memoria. Es también disputa.
Es preguntarnos qué futuro queremos.
Si el que proyectaron quienes gobernaron con el terror…
o el que siguen reclamando, con una dignidad intacta, las Madres y Abuelas.
Es entender que la historia no se recuerda para quedarse en ella, sino para intervenir en el presente.
Y entonces sí: este día tiene tu nombre.
Porque no alcanza con mirar.
No alcanza con saber.
No alcanza con repetir.
Hace falta responder.
Desde donde estés. Con lo que tengas. Como puedas.
Pero responder.
Porque la memoria no es un acto pasivo: es una decisión política, ética y colectiva.
Y porque, al final, las grandes transformaciones empiezan igual que ese gesto mínimo de todos los días:
Con una chispa.
Con un movimiento.
Con alguien que decide avanzar.
Justicia social. Independencia económica. Soberanía política.
No como consignas vacías, sino como horizonte.
El 24 de marzo no es sólo una fecha en el calendario.
Es una interpelación.
Y hoy —más que nunca— también es tu día.