7.000 jóvenes por año y el modelo de provincia que no los espera
Por Hernán M. Colombo
“Si consigo trabajo en el Estado, me quedo. Si no, me voy”. Esta, desgraciadamente, es una escena recurrente en nuestra provincia. En Catamarca, por lo menos 7.000 jóvenes cumplen la mayoría de edad todos los años. Y, según los últimos datos demográficos, este número se reducirá a la mitad dentro de 15 o 18 años por la caída sostenida en la natalidad. La pregunta que surge a partir de esto es incómoda, pero necesaria: ¿qué respuesta tenemos como gobierno y como sociedad, que no sea el gasto público (planes, contratos, becas, etc.), para ofrecerles a esos jóvenes?
Esta responsabilidad recae sobre la clase dirigente —empresarios, gremialistas, partidos políticos, instituciones eclesiásticas, intelectuales, profesionales y universidad— y, por supuesto, sobre los gobiernos de Catamarca.
Si un joven solo tiene estos dos caminos, es la consecuencia directa de haber nacido en una provincia empobrecida. Pero vale aclarar algo fundamental: Catamarca no es pobre por falta de recursos; lo es por el sostenimiento de un modelo provincial incapaz de responder a las necesidades urgentes de las personas.
En este sentido, el economista Francisco Gatto, en un informe sobre descentralización fiscal en Argentina, describe con gran precisión lo que ocurre en muchas regiones del país. Señala que el crecimiento económico ha sido heterogéneo, poco inclusivo y escasamente sistémico. Esto provocó que muchas provincias no lograran aprovechar las oportunidades productivas que surgen —en momentos contados— en el país, porque no cuentan con las capacidades necesarias para “endogeneizar” ese crecimiento.
De esta manera, considero que Catamarca se encuentra inmersa, paradójicamente, en un valle que la aísla de la corriente sobre la cual se mece —o se arrastra, según el momento— el resto del país.
Esto, sin embargo, tiene consecuencias negativas. Al no tener un desarrollo productivo, Catamarca vive prácticamente de la coparticipación, la cual, según los últimos datos oficiales, se contrajo casi en un 18%. De esta manera, el aporte del sector privado al PBI de la provincia es mínimo, a diferencia de otras provincias como Córdoba, en la cual los privados aportan un 70%.
Este panorama también afecta en otras situaciones: cuando al país le va bien y se produce un ciclo de crecimiento económico, nuestra provincia no logra participar de ese impulso, como si permaneciera en una burbuja, completamente ajena a esas oportunidades.
En otras palabras, el crecimiento pasa por el territorio, pero no se transforma en desarrollo local. Cuando esto ocurre de manera sostenida, se genera una dinámica peligrosa: las regiones rezagadas no solo crecen menos en el presente, sino que también pierden capacidad para aprovechar las oportunidades futuras, ampliando así las brechas territoriales.
Catamarca es un ejemplo claro de este fenómeno. Posee recursos naturales estratégicos, pero no ha logrado transformar esas ventajas en un sistema productivo integrado capaz de generar desarrollo sostenido. La provincia cuenta con recursos importantes como cobre, oro y litio, además de agricultura especialmente favorable para la producción olivícola, ganadería y un importante potencial turístico. Y, sin embargo, estas condiciones no se reflejan plenamente en su estructura económica ni en las oportunidades que ofrece a su población.
“La experiencia internacional de política económica indica que, frente a estas situaciones estructurales, se requiere ‘quebrar’ este proceso, a través de una estrategia explícita, no convencional y sistémica, de múltiples dimensiones convergentes”.