Que el gobierno festeje cómo un éxito que durante el mes de abril la inflación fue del 3,4 por ciento es una cabal demostración de cómo se han deteriorado las expectativas del gobierno respecto del rumbo económico. Hay, en realidad, muy poco para festejar. Anualizado, ese porcentaje supera el 40%, que es menor que los niveles actuales –más del 50%-, pero inmensamente superior a la meta inflacionaria que hace apenas dos años se había fijado la propia gestión de Cambiemos, que era de inflación de un dígito para 2019.
Desde la salida de la convertibilidad que la Argentina no tiene inflación de un dígito. El período kirchnerista fue criticado porque su inflación promedio fue de poco más del 25 por ciento. Hasta el 2011, salvo 2009, el resto de los años hubo un marcado crecimiento de la economía, lo que servía como argumento, según la visión de las autoridades, para explicar el incremento sostenido de los precios. El problema actual es que los elevadísimos índices de inflación se producen en el contexto de una recesión profunda, lo que agrava el problema, y con aumentos salariales muy exiguos, de lo que resulta una pronunciada caída del poder adquisitivo del sector de los trabajadores.
En el gobierno ni siquiera se molestan, a esta altura, en prometer mejoras salariales –siempre respecto de la inflación- para los próximos meses. El propio ministro Nicolás Dujovne opinó que una mejora en la distribución de los ingresos “llevaría a una pérdida de confianza de los depositantes y de quienes financian a la Argentina y entraríamos en una grave crisis macroeconómica. Creo que lo que hay que hacer es seguir por el camino de corregir los desequilibrios”.
El gobierno aspira a que la inflación se siga moderando en los próximos meses como consecuencia del freno al aumento de las tarifas y un dólar más estable que en el último año. Si esto se consigue, la inflación anual continuará siendo muy alta –entre el 30 y el 40 por ciento anual- pero tampoco habrá mucho para festejar si la atenuación en la disparada de los precios no va acompañada de una reactivación económica.
El escenario no parece propicio para que vuelva a crecer la economía, entre otras cosas porque la recesión es un daño autoinfligido por el gobierno para aplastar la inflación y lograr el equilibrio fiscal acordado con el Fondo Monetario Internacional. Y en matera económica no hay plan B, como ya se han encargado de señalarlo las autoridades del Ministerio de Hacienda.
Las elevadas tasas de interés no son propicias para estimular la inversión productiva. Por el contrario, significan un gran negocio para los bancos y el capital financiero especulativo
De modo que el horizonte más propicio para el gobierno y sus pretensiones electorales es el de una economía paralizada pero con inflación a la baja. El problema es que ese objetivo oficial no es el mismo del resto de los argentinos, que aspira a que la reducción de los índices inflacionarios vaya acompañada de mejoras salariales, reactivación económica y generación de empleo.