Poco después de finalizada la Guerra de Malvinas, en 1983 Borges escribe un maravilloso poema, en el que, fiel a su estilo, lo dice todo sin decir nada; ni siquiera nombra al conflicto bélico.
Jorge F. Chayep
Poco después de finalizada la Guerra de Malvinas, en 1983 Borges escribe un maravilloso poema, en el que, fiel a su estilo, lo dice todo sin decir nada; ni siquiera nombra al conflicto bélico.
Se trata del poema “Juan López y John Ward”, que aparece en el libro “Los Conjurados” de 1985, pero su redacción corresponde a ese período inmediato en que la guerra aún estaba fresca en la conciencia colectiva, y las heridas abiertas:
JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
El poema es una joya literaria perfecta: breve, transparente en su relato, pero con una densidad moral y simbólica extraordinaria. Pertenece a lo que se denomina “literatura sumergida”, según me comentó la Prof. H.A. García, en que el autor sólo muestra la punta del iceberg.
Borges elige la economía expresiva para decir su mensaje: la fraternidad trágica entre dos hombres que, sin conocerse, comparten más de lo que los separa, su amor por la literatura, y que la guerra los condena a enfrentarse hasta la muerte de ambos.
El poema avanza como una elegía disimulada. Juan López y John Ward no son héroes épicos ni figuras excepcionales; son vidas cotidianas, posibles, intercambiables. Uno es argentino, de Buenos Aires, que estudia a Joseph Conrad, el gran autor británico de “El corazón de las tinieblas”, en un colegio de la calle Viamonte; el otro británico, que camina por las calles de Essex, tal el padre Brown, el icónico personaje de Chesterton, y lee a Cervantes en castellano.
Esa analógica simetría, deliberada, casi matemática, desarma cualquier tentación de patriotismo simplista. Ambos habitan el mismo territorio invisible de la cultura, del nuevo idioma aprendido, de los libros que los han formado.
Borges los sitúa en un plano donde la identidad es un accidente y no un destino fatal.
La guerra irrumpe como una fuerza absurda que rompe esa posible afinidad. En lugar de un encuentro, hay un enfrentamiento; en lugar de diálogo cultural, hay destrucción y muerte.
El poema no narra el combate: lo elude. Y en esa omisión reside su potencia y belleza. Y entonces se convierte, también, en un formidable alegato antibélico.
Borges no necesita describir la violencia; le basta con sugerir la ironía trágica: dos hombres que podrían haber sido amigos, lectores, el argentino de buena literatura en inglés, el británico, de un clásico de las letras españolas, en un claro mensaje de universalidad, terminan destruyéndose mutuamente en nombre de banderas que no eligieron enfrentar.
La palabra implícita respira un tono de fatalidad serena. No hay indignación explícita, pero sí una piedad profunda. Borges contempla a sus criaturas como si ya fueran memoria, como si la historia los hubiera reducido a un símbolo: “Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez en unas islas…” Esa frase, seca, casi indiferente, contiene todo el dolor. Las islas son “demasiado famosas” porque la historia las ha cargado de un peso que excede a los hombres comunes.
En cuanto a su posición ante esta guerra, Borges, que, como sabemos, tenía tanto raíces argentinas como británicas (su abuela paterna era inglesa) y hablaba ambas lenguas como nativas, se sitúa con claridad en un plano ético más que político.
Fue crítico del conflicto, al que consideraba una empresa absurda y trágica, impulsada por intereses ajenos a los individuos que la padecieron.
Su mirada es coherente con una tradición literaria que desconfía de los nacionalismos y de la épica bélica.
En lugar de exaltar la gesta, la desmantela; en lugar de glorificar la muerte, la humaniza.
Así, el poema no toma partido por una nación, sino por el individuo. No hay vencedores ni vencidos, sino dos derrotados, muertos inocentes, idénticos.
Borges parece decir, con su sobriedad característica, que toda guerra es, en última instancia, un error de la moral: una incapacidad de reconocerse en el otro.
Y en ese reconocimiento fallido, en esa amistad que no llegó a ser, resuena el verdadero centro del poema: la certeza de que, más allá de las fronteras, los hombres comparten un destino común, que la historia, obstinadamente, se empeña en olvidar.
Su posición pública sobre la guerra no se limitó al poema; fue contundente en entrevistas y declaraciones periodísticas:
Calificó el conflicto como una “pelea de dos calvos por un peine”, frase que se volvió célebre por su ironía demoledora.
Criticó tanto al gobierno militar argentino como a la conducción política británica, considerando la guerra un acto inútil, trágico y evitable.
Se mostró abiertamente antibelicista, coherente con su visión general: la guerra como fracaso moral e intelectual.
Rechazó el nacionalismo exaltado, al que veía como una forma de ceguera que sacrifica individuos concretos en nombre de abstracciones.
En entrevistas posteriores insistió en esa idea: los jóvenes enviados a combatir, como Juan López y John Ward, eran víctimas de decisiones políticas que los excedían.
En síntesis, el poema funciona como una cristalización estética de una postura ya asumida: Borges no discute la soberanía territorial ni los argumentos geopolíticos; desplaza el foco hacia el plano humano. Allí, su juicio es inequívoco: la guerra no produce héroes, sino inocentes víctimas y pérdidas simétricas.
La posición de Jorge Luis Borges ante la violencia y el nacionalismo no es episódica ni coyuntural. Lo que en el poema aparece como elegía ética, en otros textos se manifiesta como reflexión metafísica, ironía o desmontaje de mitologías colectivas.
En cuentos como “El Sur”, la violencia no es gloriosa: es inevitable, casi absurda, una aceptación de un destino impuesto por códigos culturales más que por decisiones libres y carece de justificación moral.
En “Deutsches Requiem”, uno de sus textos más perturbadores, narrado por un oficial nazi antes de ser ejecutado, el cuento explora la lógica interna de la violencia ideológica: cómo alguien puede creer en la violencia como destino superior.
Para Borges, las guerras, incluida la de Malvinas, no son sólo conflictos políticos, sino igualmente errores de percepción moral. Esto coincide con una intuición profunda de su obra: la dificultad de distinguir entre el yo y el otro.
Si hubiera que sintetizar su pensamiento, podría decirse que Borges propone una ética sin grandilocuencia:
Desconfianza ante las abstracciones colectivas.
Escepticismo frente a la glorificación de la violencia.
Defensa implícita de una fraternidad humana más allá de las fronteras.
En el fondo, su mirada es trágica pero serena: sabe que la humanidad reincide en los mismos errores, pero aun así insiste en señalarlos. No con discursos, sino con formas breves, casi invisibles, donde dos nombres, Juan López y John Ward, bastan para revelar la falacia y atrocidad de toda guerra.