Basados en análisis cuyo origen son las escuelas de la ortodoxia económica, uno de los problemas centrales de debate en la Argentina por estos días es cómo bajar el gasto público. El problema, para ser rigurosos, es el alto déficit fiscal. Es decir, que los ingresos del país son bastante menores que los gastos. El déficit primario fue achicándose desde que asumió el gobierno de Cambiemos, pero en cuanto se contabiliza el pago de los intereses de la deuda, que aumentaron significativamente en los últimos dos años, la brecha entre ingresos y egresos vuelve a ensancharse.
Por cierto, una de las herramientas para tender al equilibrio fiscal, y, de ser posible, avanzar hacia metas superavitarias, es reducir el gasto público. Para lo cual, por supuesto, se debe realizar un “ajuste”. Una elevada proporción de los esfuerzos del gobierno desde diciembre de 2015 estuvieron orientados precisamente a bajar el gasto. Y hoy, en medio de la crisis cambiaria, el debate pasa casi exclusivamente por esta variante de reducir el déficit.
Pero otra herramienta para reducir el déficit es, como lo indica el sentido común, aumentar los ingresos. Sin embargo, escasea el debate en torno a esta arista del problema, y no son muchas las políticas activas desplegadas por el actual gobierno para alcanzar tal cometido. Al contrario, muchas de las decisiones adoptadas han generado en la práctica restricciones a las posibilidades de crecimiento.
La apertura de importaciones de bienes -primarios e industrializados- que se producen en la Argentina, sumada a la caída del consumo por el achicamiento del mercado interno, son síntomas de un modelo que, por lo menos hasta el momento, no ha promovido el desarrollo sustentable.
El caso de la industria es emblemático. En 2016 tuvo una caída en su producción de alrededor del 6%, y el año pasado se recuperó apenas un 1%, por abajo incluso del crecimiento vegetativo de la población, que es del orden del 1,5%.
Y mientras las importaciones suben, las exportaciones suben mucho menos o caen, según los períodos analizados. En el primer bimestre de este año, el déficit comercial acumula 1.872 millones de dólares, muy por encima de los 268 millones del año pasado. En todo 2017, el rojo del comercio exterior mostró un récord absoluto de 8.471 millones de dólares. Y para este año se espera que aumente.
La escasez de recursos no solo se relaciona con un elevado gasto público en función de los ingresos, sino también con otras causas que el Gobierno no ha querido –o no ha podido- desbaratar. Por ejemplo, la fuga de capitales, que alcanzó los 88.000 millones de dólares en los últimos dos años, según el último informe del Observatorio de la Deuda Externa de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo.
Al momento de pensar la estrategia de achicar el déficit son tan importantes las políticas de reducción del gasto como las que propenden a aumentar los ingresos. La obsesión por la primera de las alternativas, despreciando la segunda, es una de las causas que explica el cuello de botella que vive la economía argentina actualmente.